La princesa y el demonio
La princesa y el demonio
Habían transcurrido unos cien años desde que Tutmosis IV mandara construir el templo de Harmajis entre las garras de la esfinge de Guiza.
Ramsés II gobernaba en Egipto y también dominaba todos los territorios que iban desde Libia, por el oeste, a Persia, por el este; de la tierra de los hititas, al norte de Siria, hasta el sur de Babilonia.
Cinco años después de su coronación, Ramsés venció a los hititas en la cruenta batalla de Kadesh.
En los sesenta y dos años que aún se prolongó su reinado, cada cierto tiempo el monarca emprendía viajes a lo ancho de su vasto imperio.
En tales ocasiones, fijaba su residencia temporalmente en alguna ciudad de sus territorios.
Los príncipes que le debían obediencia y habitaban cerca acudían entonces con sus presentes y ofrendas, para demostrarle su lealtad.
En una determinada ocasión, no muchos años después de la batalla de Kadesh, la corte de Ramsés se hallaba establecida en la gran ciudad de Babilonia, capital de Mesopotamia, que los egipcios llamaban Nehern.
Mesopotamia también era conocida como «la tierra de los dos ríos».
Los reyes y príncipes de todos sus confines acudieron a rendir pleitesía al faraón.
Todos le traían ricos presentes: oro, lapislázuli, turquesa y finas maderas; todos querían que su ofrenda superase a las demás en magnificencia y singularidad.
Le llegó el turno al príncipe de Bejten, que traía algo más que los acostumbrados metales preciosos y aromáticas maderas: traía a su hija mayor. La mandó colocarse ante Ramsés y le dijo al faraón:
—¡Oh, faraón de todas las tierras, a quien deseo larga vida y fortaleza! He aquí que os ofrezco a lo más hermoso que ha dado mi reino: esta princesa, mi propia hija.
Ramsés contempló a la muchacha y quedó en efecto hechizado por su hermosura sin par, por su exquisita apariencia, pues era alta y esbelta como una palmera. Una mirada fue suficiente para cautivarlo; al instante proclamó su voluntad:
—Acepto vuestra ofrenda, príncipe de Bejten: el más hermoso regalo y de más incalculable valor que jamás he recibido de un monarca súbdito.
He aquí que le impongo un nuevo nombre: se llamará Neferu-Ra, la hermosura de Ra; hago saber que la tomo como primera esposa, y que como tal será reconocida en Egipto y en todos mis territorios.
Escribas: ¡esculpid el nombre de la hermosa reina Neferu-Ra en los cartuchos y sellos reales!
¡Cinceladlo bajo el mío en los lugares de honor de mi templo de Abu Simbel, que mis arquitectos acaban de excavar en la roca!
Sus deseos fueron cumplidos; de vuelta en Egipto, Ramsés continuó honrando a su primera esposa, la hermosa reina Neferu-Ra, del mismo modo que si hubiese accedido al trono de Egipto por derecho propio.
Transcurrieron varios años. En el decimoquinto de su reinado, Ramsés se hallaba en la fabulosa ciudad de Tebas, porque allí se iban a celebrar las fastuosas festividades en honor de Amón-Ra, ocasión en que las barcas surcan el Nilo provistas de lámparas y antorchas; surca las aguas la sagrada barca de Ra, ornada de oro y piedras preciosas; se lleva la embarcación de templo en templo y así las gentes contemplan la imagen viajera de Amón-Ra.
La reina Neferu-Ra se hallaba junto a Ramsés, sentada a su lado en el grandioso templo que hoy conocemos como Karnak. Allí recibían ambos las ofrendas y adoración de las gentes, y también atendían a las peticiones que los súbditos quisiesen hacerles.
De pronto, el jefe de la casa real apareció ante los monarcas, se inclinó ante ellos humildemente y exclamó:
—¡Oh, mi faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza! ¡Ha llegado un emisario del príncipe de Bejten, que trae ricos presentes para la reina de los egipcios, Neferu-Ra!
—Que acuda a nuestra divina presencia y deposite los presentes a nuestros pies —dijo Ramsés.
Cuando entró el emisario, se postró ante el faraón y besó el suelo como muestra de obediencia. Cuando hubo mostrado los presentes que traía de parte de su señor real dijo:
—¡Oh, faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!
Traigo un mensaje de vuestro súbdito, el príncipe de Bejten, acerca de su hija la princesa Bentresht, hija de la alegría, hermana menor de vuestra esposa primera, la reina Neferu-Ra.
Una enfermedad se ha apoderado de su cuerpo; unos males extraños la afligen y nadie en la tierra de Nehern puede curarla ni adivinar el origen de su dolencia, y eso que Babilonia es reputada por sus sabios.
Por tanto, mi señor os pide que le enviéis a los hechiceros egipcios más sabios y expertos, ya que no hay nadie en el mundo más versado en todo lo oculto que los sacerdotes de las tierras negras que baña el Nilo.
El faraón Ramsés se volvió hacia sus cortesanos y dijo:
—Haced venir a los escribas más doctos de la casa de la vida y a los más sabios de los que conocen el saber que se oculta en las cámaras secretas de los templos divinos.
Cuando los tuvo ante su presencia, Ramsés dijo:
—Oíd la petición del príncipe de Bejten; cuando la hayáis oído, elegid de entre vosotros al más docto y sabio, que irá a Nehern para curar a Bentresht, la hermana menor de mi primera esposa, la reina Neferu-Ra.
Una vez hubieron departido entre ellos, los sabios de Egipto eligieron a Tehuti-em-heb, el escriba real.
Este partió de inmediato con el emisario del príncipe de Bejten; al cabo de un viaje de muchos meses, llegó a la tierra de Nehern y al palacio donde yacía enferma Bentresht, la hermana menor de la primera esposa del faraón, la reina Neferu-Ra.
Al poco tiempo, gracias a sus artes mágicas, Tehuti-em-heb descubrió que un demonio se había introducido en el cuerpo de la princesa Bentresht y que todos sus poderes eran inútiles contra la maligna criatura, ya que se trataba de un demonio feroz que se negaba a salir del cuerpo de la princesa.
Tehuti-em-heb le dijo entonces al príncipe de Bejten:
—No hay ser humano capaz de expulsar este demonio. Pero os aconsejo que mandéis de nuevo un emisario a Egipto y pidáis la ayuda del poderoso dios Jonsu, el que libera de los demonios, cuyo templo se halla en Tebas.
El príncipe de Bejten envió a Tehuti-em-heb enseguida a Egipto como emisario, acompañado de un guarda fornido y digno de confianza, amén de numerosas y ricas ofrendas para Jonsu.
Cuando el faraón Ramsés supo del mensaje que el príncipe de Bejten le enviaba, y dado que su primera esposa, la reina Neferu-Ra, le pedía implorante que ayudase a Bentresht, su hermana menor, acudió personalmente al templo de Jonsu, que se hallaba en la parte de Tebas que hoy conocemos como Luxor.
En el santuario más recóndito de este templo lleno de esplendor, el santuario en el que solo el faraón y los sumos sacerdotes podían entrar, había una imponente estatua de Jonsu, el dios de la luna que libera de los demonios.
En ese mismo santuario se hallaba también otra estatuilla del dios, que los sacerdotes sacaban en procesión por las calles de Tebas para que la vieran las gentes, y que luego embarcaban por el Nilo.
El poderoso Ramsés se detuvo ante la magnífica estatua de Jonsu y entonó la siguiente plegaria al dios:
—Jonsu, benévolo señor, acudo a ti para implorarte que salves la vida de Bentresht, hermana menor de mi esposa primera.
Haz que el ka de tu espíritu entre en la estatuilla para viajar a Bejten; que una vez allí libere a Bentresht del demonio que la posee, contra el que los conjuros de mi docto escriba y hechicero Tehuti-em-heb nada pueden.
Entonces, la grandiosa estatua de Jonsu le inclinó dos veces la cabeza, para señalar que la plegaria del faraón había sido atendida; después la inclinó otras dos veces en dirección a la estatuilla, y así los poderes de Jonsu, el que libera de los demonios, entraron en ella.
Ramsés salió del templo y les refirió todo lo que había acontecido a Tehuti-em-heb y a los emisarios del príncipe de Bejten, que emprendieron jubilosos la marcha. Los emisarios llevaron la estatuilla de Jonsu con los honores que esta merecía.
Su viaje duró muchos meses, pero al fin llegaron a Bejten. Al ver la estatuilla, el príncipe de Bejten cayó de rodillas y, con la frente en el suelo, exclamó:
—¡Gloria a Jonsu, el que libera de los demonios, que ha venido hasta nosotros! ¡Favorécenos con tu poder y atiende a las peticiones y súplicas que te ha hecho Ramsés, el buen dios, faraón de Egipto!
Llevaron a Jonsu, el que libera de los demonios, a la alcoba de Bentresht, la hermana menor de la esposa primera, la reina Neferu-Ra. En un abrir y cerrar de ojos, el demonio que la poseía abandonó su cuerpo y enseguida se sintió la princesa como si nada le hubiese sucedido.
El demonio que había poseído a la princesa Bentresht se apareció ante Jonsu y le dijo:
—Habéis venido en son de paz, gran dios egipcio, magnífico Jonsu.
La ciudad de Bejten os pertenece ahora; sus gentes se postrarán a vuestro paso.
¡Me arrodillo ante vos, pues también yo soy vuestro esclavo!
Me retiro ahora a mi lugar de origen y ya no causaré mal alguno a Bentresht, hermana menor de la reina de Egipto.
Pero antes de retirarme, gran Jons, quiero pediros que me reservéis un día festivo al año, en virtud del poder que poseéis en Bejten.
—¡Que el príncipe y las gentes de Bejten hagan un gran sacrificio en honor de esta criatura —exclamó Jonsu—, y que, de ahora en adelante, le honren un día al año!
El príncipe y las gentes fueron presa del pánico cuando vieron que Jonsu y el demonio departían entre ellos, y muy grande fue su temor. Enseguida instauraron un día de fiesta para el demonio, le cantaron himnos de alabanza y le hicieron sacrificios.
La princesa Bentresht volvía a estar sana y llena de gozo, y el demonio no regresó para molestarla.
Pero el príncipe de Bejten quería quedarse con la estatuilla de Jonsu, el que libera de los demonios, ya que así protegería a la ciudad y atraería muchos peregrinos. Ladinamente le dijo a Tehuti-em-heb:
—Parte deprisa a Egipto y dile al faraón Ramsés, a quien deseo larga vida y fortaleza, que Bentresht, la hermana menor de la reina Neferu-Ra, se halla libre del demonio gracias a los poderes y el exorcismo de Jonsu.
Cuando le haya rendido al dios los honores necesarios os mandaré a su debido tiempo su estatuilla, con ricos presentes, para que así las gentes que se vaya encontrando la comitiva de Jonsu a su paso, de camino a Tebas, se inclinen ante él y lo adoren.
Tehuti-em-heb regresó presuroso a Egipto. Pero el príncipe de Bejten no devolvía la estatuilla de Jonsu. Se la quedó en Bejten tres años, cuatro meses y cinco días.
Al final de ese período, un día en que el príncipe estaba arrodillado rezándole a la imagen, Jonsu cobró repentinamente la voz y le dijo:
—Egipto es mi tierra, y mi morada la ciudad sagrada de Tebas. Allí me dirijo en este mismo instante.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, el ka de Jonsu salió volando de la estatuilla, bajo la forma de un halcón con plumas de oro. A la velocidad del rayo cruzó el ave montañas y desiertos hasta llegar a Egipto.
El miedo se apoderó del príncipe de Bejten, ya que temía sobremanera la ira de Jonsu y los demás dioses egipcios. Así pues, inmediatamente dio la siguiente orden:
—Como el dios Jonsu nos ha abandonado y ha vuelto a Egipto, devolved presto la imagen que le ha dado cobijo durante este tiempo.
La estatuilla fue colocada en un carro rebosante de presentes y maravillosas riquezas; una fastuosa comitiva se encargó de conducirla a Egipto.
Muchos meses duró su viaje, pero al fin llegaron a Tebas y entraron en el espléndido templo de Jonsu, en la parte oriental de la ciudad que hoy se conoce como Luxor.
El faraón Ramsés y su primera esposa, la reina Neferu-Ra, dieron la bienvenida a la estatuilla de Jonsu.
Entre los dos, volvieron a colocarla en el lugar sagrado que le correspondía en el templo, donde también depositaron los ricos presentes de Bejten: todas las riquezas fueron consagradas a Jonsu, y los faraones no se reservaron nada para ellos.
El gran dios Jonsu, que libera de los demonios, esbozó una benevolente sonrisa desde su posición.
A partir de aquel día, su protección acompañó siempre a Ramsés, el magnífico; a Neferu-Ra, la primera esposa, y a Bentresht, la hermana menor que residía en la lejana Bejten, y los colmó de ventura y prosperidad por el resto de sus días.