El príncipe y la esfinge
El príncipe y la esfinge
Vivió una vez en Egipto un príncipe que se llamaba Tutmosis, hijo del faraón Amenhotep, nieto asimismo de Tutmosis III, el monarca que había sucedido a la reina Hatshepsut.
Tenía muchos hermanos y hermanastros que no cesaban de urdir tramas para dañarlo, porque era el hijo favorito del faraón.
Normalmente, el objetivo de estos planes perversos era convencer al faraón de que Tutmosis no valía para sucederle en el trono.
Otras veces, las tramas eran intentos de convencer a las gentes o a los sacerdotes de que Tutmosis era cruel, de que se comportaba de manera extravagante, de que no honraba a los dioses y de que iba a ser pésimo como gobernante.
Sin embargo, en una o dos ocasiones, las conspiraciones llegaron incluso a poner la vida de Tutmosis en peligro.
Todo esto causaba grandes preocupaciones al desdichado Tutmosis.
Cada vez pasaba menos tiempo en Tebas o Menfis, donde se hallaba la corte del faraón.
En cambio, emprendía expediciones por el Alto Egipto o a través del desierto, siguiendo la ruta de los siete grandes oasis.
Cuando el faraón requería su presencia, o cuando su posición le exigía asistir a alguna importante festividad, el joven se escabullía en cuanto le era posible, acompañado de unos pocos seguidores de confianza; incluso a veces se iba solo y disfrazado a cazar en las márgenes del desierto.
Tutmosis era muy diestro en el combate: cuando tomaba el arco, las flechas daban siempre en el blanco; a las riendas de un carro, hacía que los caballos volasen veloces como el viento.
A veces se internaba en las llanuras de arena del desierto y perseguía antílopes a lo largo de kilómetros y kilómetros.
Otras, iba a la busca de las guaridas de los leones salvajes, que se hallan entre lejanas rocas, muy lejos de las riberas del Nilo.
Un día en que la corte, reunida entonces en Menfis, se había desplazado unos kilómetros a Heliópolis, para celebrar la festividad de Ra, Tutmosis se evadió de toda la pompa y las celebraciones y se fue a cazar en la margen del desierto, llevando consigo solo dos sirvientes.
Condujo él mismo el carro por el empinado camino que cruza Saqqara, donde se alza la imponente pirámide escalonada de Djoser; continuó más allá de las tierras cultivadas junto al Nilo; se introdujo allí donde reinan la maleza y los árboles secos, donde el terreno se torna árido y pedregoso y comienzan las llanuras de piedra y arena del gran desierto de Libia.
Partieron apenas despuntaba el alba, para aprovechar las horas anteriores al abrasador calor del mediodía. Fueron siguiendo el rumbo de la gacela por el desierto, hacia el norte, de forma paralela al Nilo, pero a varios kilómetros de distancia.
Cuando el sol empezó a quemar demasiado para proseguir la caza, Tutmosis y sus dos sirvientes se hallaban cerca de las grandes pirámides de Guiza, que habían sido construidas mil doscientos años antes por los faraones de la IV Dinastía.
Hicieron una pausa para descansar bajo unas palmeras. Pero Tutmosis, que quería estar solo para dirigir sus plegarias al gran dios Harmajis, decidió tomar las riendas del carro e introducirse en el desierto, y ordenó a los sirvientes que le aguardaran donde estaban.
Tutmosis avanzaba rápidamente por una arena firme y sin obstáculos.
Al fin llegó a los parajes donde se recortan contra el cielo las tres majestuosas pirámides de Keops, Kefrén y Micerino.
El ardiente sol de mediodía se reflejaba centelleante en las tres cúspides recubiertas de oro.
Las superficies lisas de las pirámides reflejaban también la poderosa luz: parecían unos escalones lumínicos que condujesen a los cielos, a la barca de Ra que cruzaba el firmamento.
Tutmosis, anonadado, se quedó contemplando estas montañas pétreas que otros humanos habían construido.
Lo que más le llamó la atención, sin embargo, fueron una cabeza y un cuello de piedra, gigantescos, que se alzaban medio enterrados en la arena, entre la pirámide más grande y un templo mortuorio que el desierto casi se había tragado.
Este templo había sido construido con grandes bloques de piedra; algunos de los bloques yacían desperdigados a ambos lados de una avenida, que comunicaba el Nilo distante con la entrada de la segunda pirámide, la del faraón Kefrén.
La cabeza y el cuello eran parte de una estatua de proporciones colosales que representaba a Harmajis, el dios del sol naciente, bajo la forma de un león con cabeza de faraón de Egipto: la misma apariencia que había adoptado al dar caza a los secuaces de Set.
Kefrén había mandado que esculpiesen esta esfinge en un enorme bloque de piedra que afloraba en el terreno, justo al lado de la avenida que iba del Nilo a la pirámide y que solo recorrían las procesiones.
A los escultores les había ordenado que dieran a Harmajis una cabeza y un rostro iguales a los suyos.
En las largas centurias que habían transcurrido desde el enterramiento de Kefrén, las arenas del desierto habían sido arrastradas por el viento hasta casi cubrir la esfinge.
Cuando llegó Tutmosis no se veían más que la cabeza, los hombros y una estría que sobresalía en la arena: el transcurso de la espalda.
El joven quedó largo rato contemplando el hierático y enorme rostro de la esfinge, que llevaba la corona real de Egipto, con una cobra en la frente para sujetar el tocado de lino bordado que protegía la cabeza del sol; con la única particularidad de que el tocado de la esfinge era de piedra y la cabeza de la serpiente que sobresalía de la piedra era de oro.
El sol de mediodía se abatía sin piedad sobre Tutmosis, que contemplaba la esfinge mientras rezaba a Harmajis para que lo ayudase en sus tribulaciones.
De pronto el joven tuvo la impresión de que la enorme estatua de piedra se había movido.
En efecto, la esfinge estaba agitándose, como si pugnase en vano por sacudirse de encima la arena que cubría su cuerpo y sus garras.
Los ojos ya no eran un mero relieve con incrustaciones de lapislázuli, sino que refulgían llenos de vida y le miraban.
La esfinge le habló entonces con una voz atronadora, pero con la dulzura de un padre:
—Mírame, oh, Tutmosis, príncipe de estas tierras; te hago saber que soy Harmajis, tu padre, el padre de todos los faraones del Alto y Bajo Egipto.
De ti nada más depende que te conviertas en faraón y que ciñas sobre tu frente la doble corona de las tierras del norte y del sur; solo de ti depende sentarte en el trono de Egipto; solo tú decidirás si los pueblos del mundo acuden a ti y se arrodillan para honrarte.
Si tal es tu deseo, todas las riquezas y las cosechas de los dos reinos serán tuyas, así como la admiración y el respeto de todo el mundo.
También te verás bendecido con largos años de vida y fortaleza.
Tutmosis, he decidido protegerte; mi corazón velará por tu ventura y mi aliento espiritual nunca te abandonará.
Pero debes ayudarme: me encuentro atrapado en la arena por todas partes y me ahogo, no puedo moverme, nadie puede contemplarme.
Prométeme que harás por mí lo que cualquier hijo haría por su padre; dame la prueba de que vas de veras a ayudarme, como hijo mío que eres.
Si te aproximas, nunca me separaré de ti, y te conduciré a la grandeza.
Tutmosis avanzó y los ojos de Harmajis lanzaron tales destellos que el sol parecía brillar tras ellos. El joven quedó deslumbrado y se le nubló la vista; todo daba vueltas a su alrededor y cayó desmayado en la arena.
Cuando recobró la conciencia, el sol ya se ocultaba tras la cúspide de la pirámide de Kefrén. La sombra de la esfinge se extendía sobre él.
Mientras se ponía poco a poco en pie recordó súbitamente lo que le había sucedido. La esfinge no era ahora más que una enorme forma semioculta en la arena, que adquiría tonalidades rosa y violeta a la luz del atardecer; pero él recordaba claramente todo lo que había visto.
—¡Harmajis, padre mío! —exclamó—. Te pongo a ti, y a todos los dioses de Egipto, como testigos del juramento que voy a pronunciar.
Si un día soy faraón, mi primer acto como gobernante será desenterrar tu estatua de la arena y construirte un santuario; en él mandaré colocar una inscripción en sagrada escritura que deje constancia de cómo cumplí tus deseos.
Tutmosis partió entonces en busca de su carro; al poco aparecieron en él sus sirvientes, que le habían estado buscando llenos de preocupación.
El joven príncipe regresó a Menfis. Desde aquel día terminaron todas sus desventuras.
Al poco tiempo, el faraón Amenhotep le designaba públicamente como su sucesor en el trono; antes de que pasara mucho tiempo, se convirtió por fin en faraón de Egipto.
Fue uno de los faraones más importantes, y el abuelo de Akenatón, el más insigne profeta y poeta egipcio.
Hace casi doscientos años, tres mil doscientos treinta después de que Tutmosis IV se convirtiera en faraón, la esfinge fue desenterrada de nuevo por uno de los primeros arqueólogos, puesto que otra vez estaba tapada hasta el cuello por la arena.
Entre sus garras se hallaron las ruinas de un templo, en el que había una lápida de granito rojo de cuatro metros de altura.
En ella, unos jeroglíficos narraban la historia completa del príncipe y la esfinge.
La lápida también nos informa de que había mandado colocarla allí el faraón Tutmosis IV, cuando se cumplía el tercer mes del primer año de su reinado, para cumplir con su juramento.
Pues en cuanto accedió al trono mandó desenterrar la imponente esfinge que representa a Harmajis, esculpida en los albores del mundo, cuando reinaba Kefrén.