Cuentos del antiguo Egipto La legendaria reina Hatshepsut
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La legendaria reina Hatshepsut

La legendaria reina Hatshepsut

Amón-Ra, rey de los dioses, estaba sentado en su trono contemplando Egipto. Después convocó a los demás dioses a su presencia: a Tot, a Jonsu y a Jnum; a Isis, Osiris, Neftis, Horus, Harmajis, Anubis y a todos los demás, y les dijo:

—Los dos reinos de Egipto, las tierras negras, han conocido ya a muchos faraones.

Algunos de ellos han sido buenos gobernantes y los he juzgado con benevolencia.

Keops, Kefrén y Micerino levantaron tiempo ha las grandes pirámides de Guiza; en nuestros días, Amenhotep y Tutmosis han conseguido que gentes de remotos lugares se inclinen ante mí.

Estamos en los albores de la Edad de Oro de Egipto.

Por eso mis pensamientos han urdido el siguiente designio: las tierras negras han de ser gobernadas por una legendaria reina, bajo cuyo mandato los dos reinos convivan en paz; su autoridad traspasará los confines de Egipto y se extenderá a regiones lejanas como Siria y Nubia; su poder llegará incluso a la extraña tierra de Punt.

Entonces dijo Isis, con una voz argentina que sonaba como el tintineo de las campanillas del sistro:

—¡Oh, Hacedor de dioses y hombres! Ninguna mujer ha gobernado hasta ahora en Egipto, la sagrada nación de tierras negras que inunda el Nilo.

Yo he sido su única reina, después de que Osiris, el buen dios, fuese a morar al Tuat, mientras el benévolo Horus no era sino un chiquillo; transcurrían los terribles días en que el malvado y terrorífico Set merodeaba por todo el reino a sus anchas.

¡Oh, Padre de dioses y humanos! Si dais vida a una reina tal y como habéis descrito, será favorecida con mi bendición y consejo.

Después fue el turno de Tot, dios tres veces sabio y conocedor de todos los secretos de la Creación:

—¡Oh, Amón-Ra, Señor de los dos reinos, Rey de los dioses, Creador de los humanos; oíd mis palabras!

En las tierras negras de Tebas hay un palacio; en este palacio real, que se alza en medio de los fecundos parajes que Jnum hace fértiles gracias al oscuro cieno de las inundaciones, hay una doncella.

Su nombre es Ahmose; no hay en el mundo joven más hermosa ni de apariencia más grácil.

Ha sido recientemente desposada con el faraón Tutmosis, el buen dios, que acaba de regresar a Tebas tras diversas expediciones y conquistas por las tierras asirias, más allá del ancho mar Verde.

Solo esta muchacha puede engendrar a la legendaria reina que queréis crear como gobernante de los dos reinos.

La doncella se solaza en estos instantes, sin compañía, en el palacio del faraón. Vayamos a su encuentro.

Tot adoptó entonces la apariencia de un ibis, que de todas sus formas era la que prefería, puesto que así podía volar por los aires sin ser reconocido.

De este modo fue volando hasta el palacio que Tutmosis tenía en Tebas y se introdujo en la fastuosa estancia, decorada con frescos, donde dormía la reina Ahmose.

Una vez dentro, Tot pronunció un conjuro que indujo al sopor a todos los habitantes del palacio.

Solo el faraón Tutmosis seguía en apariencia despierto; pero, aunque su cuerpo no dormía, él también estaba exánime.

Parecía estar muerto, como si sus tres encarnaciones espirituales (el bai , o alma; el ka , o doble, y el jaibit , o esencia espiritual) hubieran salido de su cuerpo y lo rodearan en su real lecho.

Esto precisamente es lo que le sucedería en la hora de su muerte; así, a su alrededor, quedarían sus encarnaciones espirituales hasta el regreso de Osiris, rodeándole en su tumba excavada del Valle de los Reyes.

Pero en esta ocasión Tutmosis aún no estaba muerto.

Su ka ocupó su puesto y adoptó la misma posición durmiente, para que reemplazase al faraón.

Su bai , con la forma de un pájaro de cabeza humana, y su jaibit , con la apariencia de una lengua de fuego, quedaron suspendidos en el aire sobre el ka , que parecía dormir.

Amón-Ra se introdujo entonces en el cuerpo de Tutmosis, que fue así efímero receptáculo de la más importante de las divinidades, creador de dioses, humanos y de toda la tierra.

La majestad de su apariencia era asombrosa; el esplendor de sus alhajas no tenía igual.

De su cuello pendía un refulgente collar de piedras preciosas que solo los faraones podían llevar; adornaban sus brazos unos brazaletes regios, de oro puro y electro; solo gracias a las dos plumas que llevaba en la cabeza podía saberse que se trataba de Amón-Ra, y no de Tutmosis.

También despedía el cuerpo un resplandor: al cruzar el palacio en penumbra, las diversas estancias y pasillos iban iluminándose a su paso y después se oscurecían, como si se hubiese posado en ellas la luz del sol un instante y luego una nube les robase la claridad.

Aunque la presencia luminosa del dios se desvanecía de las estancias, luego quedaba flotando en el aire una fragancia similar a la de los embriagadores perfumes que se fabrican en tierras de Punt.

Cuando llegó a la cámara donde dormía la reina Ahmose, las puertas dobles de ébano y cerradura de plata se abrieron para dejarle pasar y después se cerraron de nuevo.

Halló a la reina, como una piedra preciosa, tendida en un diván de oro con forma de león.

Se sentó en el diván y le hizo inhalar una figurilla con el símbolo de Amón-Ra, el símbolo sagrado de la creación, y así un aliento de vida se introdujo en ella al inspirar, mientras el diván se levantaba en el aire y se quedaba suspendido.

La reina Ahmose, sin saber si soñaba o estaba despierta, vio cómo la inundaba una luz que le impedía ver nada, una especie de vapor de oro que lo tapaba todo.

Solo alcanzaba a ver la forma de su esposo, el faraón Tutmosis, que le hablaba con una voz que parecía venir de muy lejos, traída por un eco.

—Alégrate, dichosa entre las mujeres —le decía la voz—: tu vientre dará como fruto una niña que es hija de Ra y que gobernará los dos reinos de Egipto, cuyo poder se extenderá por todo el mundo.

La reina Ahmose se sumió entonces en un sopor profundo y sin sueños.

El cuerpo de Tutmosis regresó veloz adonde reposaba su ka , con su bai y su jaibit velando encima.

Al poco rato estaba otra vez Tutmosis durmiendo plácidamente, como si nada hubiera ocurrido; su ka , su bai y su jaibit desaparecieron como por arte de magia.

Amón-Ra, Padre de dioses y hombres, mandó llamar a Jnum, el alfarero celestial, y le dijo:

—Oh, tú, alfarero que das forma a los humanos, acude a tu torno y moldea a mi hija Hatshepsut, que va a nacer en el palacio real de Tebas como hija de Ahmose y Tutmosis.

A su debido tiempo nació Hatshepsut y todo Egipto fue traspasado por el júbilo. Esa noche, colocaron a la niña en una cuna junto al lecho regio, en una imponente estancia que solo iluminaba la luz de la luna.

Cuando todos estuvieron profundamente dormidos, volvió a hacerse un silencio absoluto en el palacio de Tebas.

Entonces se abrieron por sí solas las puertas dobles y por ellas entró Amón-Ra bajo su forma habitual; con él iba Hator, la diosa del amor, y las siete hijas de esta, las Hatores, que con su hilo van tejiendo la vida de todos los humanos.

Y Amón-Ra bendijo a la pequeña Hatshepsut: la tomó en sus brazos y mediante un beso transmitió a su hija la capacidad de gobernar.

Las Hatores, siguiendo las órdenes de Amón-Ra, iban tejiendo con hilos de oro la vida de la niña.

Como en un tapiz, la reina Ahmose pudo ver la vida de su hija desarrollándose.

Primero vio a una hermosa Hatshepsut de niña, en el templo de Karnak, al este de Tebas, mientras que Amón-Ra y Horus vertían en su cabeza las aguas de la purificación; los demás dioses y diosas se hallaban también reunidos, a la sombra de las grandes columnas, para otorgarle sus bendiciones.

Después vio a Hatshepsut viajando junto a su padre terrenal, el faraón Tutmosis, de un confín de Egipto al otro; desde Tanis, en el Delta, hasta Elefantina, al sur: todos la reconocían y la aclamaban como su futura reina.

También vio la coronación de Hatshepsut en el trono de Egipto, la primera y única vez que una mujer ceñía la Doble Corona.

Solo otra mujer volvería a gobernar Egipto, mil quinientos años más tarde, y acarrearía la perdición del reino: Cleopatra la griega.

Ahmose vio también a su hija sentada en el trono mientras los reyes de remotas regiones se arrodillaban ante ella y le ofrecían los más ricos y extraños presentes.

Asimismo, pudo ver la aventurada expedición que organizó Hatshepsut a la lejana Punt; vio cómo zarpaban los barcos del mar Rojo y cómo se adentraban en las aguas del océano hasta llegar a las costas de esa tierra distante, en el África central; contempló las chozas donde vivían los habitantes negros de Punt: unas cabañas en forma de colmena que se elevaban sobre las aguas gracias a unos pilotes, con escaleras para acceder a ellas, a la sombra de palmeras y árboles de incienso.

Más adelante vio cómo regresaba a Egipto la expedición, cargada con los tesoros de Punt para la reina Hatshepsut; después pudo contemplar las ofrendas del botín que le hizo la reina a Amón-Ra, su padre; también estaba Horus, pesando el oro en una balanza, y Tot, que iba anotando las medidas de incienso.

Por último, vio en persona a Hatshepsut, la buena diosa, que seleccionaba lo mejor de sus riquezas para la barca ceremonial de Amón-Ra, conducida por sacerdotes de Tebas.

Por último, esa noche del nacimiento de la niña, la madre contempló cómo los arquitectos, escultores y artistas se afanaban en el gran templo mortuorio de Hatshepsut; unos esculpían y otros pintaban al fresco en sus muros, representando todo aquello que Ahmose ya había visto en el tapiz del destino que las Hatores estaban acabando de tejer ante sus ojos.

Todo lo que vio la reina acabó cumpliéndose exactamente: bajo el reinado de Hatshepsut, Egipto conoció sus días de mayor gloria.

Esta época de esplendor continuó más tarde bajo su sobrino y sucesor, el faraón Tutmosis III.

La leyenda de Hatshepsut quedó inscrita en los frescos y jeroglíficos de su templo mortuorio al oeste de Tebas, en Deir el-Bahari, que todavía hoy podemos admirar.