Cuentos del antiguo Egipto Jnum, dios del Nilo
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Jnum, dios del Nilo

Jnum, dios del Nilo

Horus fue el último de los dioses principales que gobernó Egipto como faraón.

Después de su paso por la tierra, su misión fue la de acompañar a Ra en su recorrido diario del firmamento en la barca solar; también iba con frecuencia al Tuat, el reino de los muertos, a ver a Osiris, su padre.

Tras él, el trono de Egipto comenzó a ser ocupado por mortales.

En espíritu al menos, a todo faraón se le consideraba descendiente auténtico de los dioses; sus súbditos lo adoraban como a un dios redivivo y le atribuían poderes divinos… Aunque a veces los faraones se equivocasen como cualquier otro ser humano.

En los orígenes más remotos de la historia de Egipto, los dos reinos, el Alto y el Bajo, estaban separados y con frecuencia enfrentados en la guerra. Es posible que fuese este hecho histórico el origen de las leyendas acerca de las luchas entre Set y Horus.

Sin embargo, alrededor del año 3200 a. de C., el faraón Menes unificó los dos reinos y creó una nueva corona mediante la combinación de las dos anteriores. Esta corona sagrada, el Seshed o Doble Corona, fue ceñida sucesivamente por todos los faraones egipcios hasta los tiempos de Cleopatra.

Como los faraones eran considerados seres divinos, circulaban muchas historias acerca del trato que mantenían con los dioses. Una de las más antiguas tiene como protagonista a Djoser, que vivió unos quinientos años después de que Menes hubiese unificado Egipto.

Fue este mismo Djoser quien mandó construir la primera gran pirámide, la pirámide escalonada de Saqqara, que aún hoy se alza en la margen del desierto que abraza a Menfis.

La construcción fue ideada por Imhotep, amigo y consejero del faraón; fue también el primer arquitecto importante de la historia y asimismo trazó los planos de la imponente avenida de más de un kilómetro que rodeaba el santuario al pie de la pirámide.

En tiempos posteriores, los egipcios elevaron a Imhotep a la categoría de dios.

Pese a que Djoser procuró grandes venturas a su reino, su máxima aspiración no era la de honrar a los dioses, sino la de honrarse a sí mismo. En lugar de levantar templos y santuarios para Ra, Tot u Osiris, todos sus pensamientos se hallaban ocupados por su propia pirámide y su fastuoso santuario.

En el décimo año de su reinado, el Nilo faltó a la costumbre y no hubo crecida.

No se inundaron los campos de las riberas en el Alto Egipto; tampoco las extensas llanuras del Delta, en el Bajo Egipto.

Ese año, las tierras no fueron cubiertas por el fértil limo, donde el trigo y la cebada crecían con asombrosa facilidad y sin el cual no podían crecer.

Al principio nadie le dio demasiada importancia al asunto.

El Nilo no siempre era benévolo con los egipcios: en ocasiones la inundación anual era muy poco abundante, y en otras las aguas crecían tanto que los templos y las casas de ambas orillas se veían anegados de agua.

Además, a sugerencia del sabio Imhotep, el faraón había mandado construir graneros y almiares, donde se había almacenado mucho cereal por si venía un año de malas cosechas.

Volvió a llegar la época de la inundación, al año siguiente, pero el Nilo seguía sin crecer. Esta vez hubo ciertas murmuraciones; ese invierno escaseó el pan.

Los siguientes siete años fueron iguales.

Apenas hubo cosecha. Al cabo del séptimo año, la hambruna se había apoderado de Egipto.

El maíz había dejado de crecer. Las legumbres y frutas se secaron.

Los rebaños fueron perdiendo peso y murieron.

Las gentes, cuando podían, robaban a sus vecinos.

Los fuertes despojaban a los débiles de lo poco que tenían.

Los ancianos y los niños eran abandonados a su suerte hasta que morían.

Los niños se criaban tan débiles que apenas eran capaces de andar.

Hubo que cerrar los templos, ya que no había nada con que hacer las ofrendas en los altares de los dioses.

Entonces, las gentes clamaron al faraón, dios en tierra, para que los salvase. Se reunieron multitudes frente a su palacio de Menfis y le rezaron para que produjese el retorno de las inundaciones, para que los librase a todos de una muerte segura.

Djoser estaba sumido en la desesperación. Aunque era un dios, y él lo sabía, era incapaz de causar la crecida del Nilo. Todas las plegarias, los hechizos y los sacrificios que dirigió a los nueve dioses de Menfis fueron inútiles.

Angustiado, mandó llamar a Imhotep, el sabio. De Imhotep se rumoreaba que debía de ser hijo del mismísimo Ptah, el arquitecto de los dioses, cuyo santuario se hallaba en Menfis.

—Decidme qué debo hacer —le suplicó el monarca a Imhotep—. ¿Dónde se esconde el nacimiento secreto del Nilo? ¿Cuál de los dioses ordena las crecidas? ¿A qué dios debo entonar mis plegarias?

Respondió Imhotep, el sabio:

—¡Oh, faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!

Mi sabiduría no basta para responderos. Permitidme que viaje a Tebas.

Allí buscaré el consejo de Tot, el omnisciente.

Pues en Tebas se halla la casa de la vida, donde se guardan los libros denominados «las personas de Ra».

En ellos, con la ayuda de Tot, dios de la sabiduría, puede que encuentre la respuesta a vuestras preguntas.

Así pues, Imhotep se encaminó a Tebas con premura siguiendo el curso del Nilo. Tot atendió a sus ruegos, y así, en poco tiempo, pudo el sacerdote presentarse de nuevo ante su faraón. Cuando estuvo ante Djoser, Imhotep se postró frente a él en un gesto de sumisión y le dijo:

—¡Oh faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!

Tot me ha instruido y me ha revelado el conocimiento secreto de nuestros ancestros.

Conozco ahora los encantamientos de los hechiceros que vivieron en tiempos pretéritos y lo que dejaron escrito acerca de las inundaciones del Nilo.

¡Oíd sus secretos, oh, faraón! Allá a lo lejos, al sur, se encuentra en medio del Nilo una isla que un día albergará un majestuoso templo y una célebre ciudad.

Dicha isla tiene por nombre Elefantina y en ella está el origen del universo: la isla fue el primer montículo de tierra firme que surgió de Nun, el océano primigenio, cuando Ra creó el mundo mediante el poder de la palabra; y fue en ella donde Ra se sostuvo para pronunciar el Nombre Original que dio vida a las cosas.

Elefantina se asienta en una roca y el Nilo fluye a su alrededor; en esta roca hay una caverna oculta.

Esta caverna es conocida como «la fuente de vida»; también se le llama «las dos cavernas», ya que, bajo la superficie del Nilo, este espacio secreto tiene dos angostas bocas que lo comunican con el río.

Aquí se halla el principio de toda vida en Egipto.

Esta caverna es la fuente de donde mana el Nilo; el nacimiento del único río egipcio.

Es aquí donde el río se repliega para surgir de nuevo al año siguiente con fuerza renovada; se precipita por las dos cavernas e inunda toda la tierra a su paso, de modo que sus aguas crecen más de diez metros en Elefantina y dos cuando se aproximan ya al ancho mar Verde.

El dios que allí habita es Jnum. Y lo tenéis abandonado hace demasiado tiempo; también lo han olvidado las gentes de Egipto.

Cuando Imhotep hubo acabado de hablar, Djoser experimentó una gran alegría.

Se sentía dichoso de conocer al fin los secretos de Jnum, el dios del Nilo.

No obstante, su ánimo aún distaba mucho de estar sosegado, pues no sabía cómo ganarse el favor de Jnum y hacer que la inundación anual volviese a bañar Egipto.

Por tanto, se recogió en el gran templo de Menfis y pasó la noche en plegarias y encantamientos.

Antes del alba, apareció ante él Jnum en medio de las tinieblas.

El dios presentaba la apariencia de un imponente hombre con cabeza de carnero, con unos cuernos arqueados que brillaban como el oro; tan fuerte era su fulgor que las tinieblas del santuario resplandecían como un fuego líquido.

—¡Tú, que por breve tiempo habitas el mundo terrestre como faraón de Egipto, debes saber que soy Jnum, el alfarero celestial!

—exclamó el dios—. Yo guío el curso del Nilo y ordeno cada año a la fuente de vida que suba sus aguas, que se desborde y se precipite por las dos cavernas bajo Elefantina, mi isla sagrada.

Yo soy quien guía el curso del Nilo por las tierras de Egipto; yo quien da vida a la cosecha: yo propicio que la cebada y el trigo crezcan fértiles y en abundancia.

Yo hago que broten las plantas, que den fruto la viña y los árboles; que la uva se forme redonda y jugosa para que dé su esencia a los vinos de Tanis y Mareotis; que el higo y la mora, el dátil y la granada maduren grandes y dulces; que los jardines y los sagrados estanques reservados a los dioses se vean poblados de flores, de loto y crisantemo, de aciano y mandrágora.

Mis aguas llevan la vida a mujeres y hombres; mis poderes conforman a todos los seres vivientes antes de que vean la luz.

Pero tú has dado la espalda a los dioses; tú no me has honrado ni una sola vez.

Por eso el Nilo no se ha desbordado y por eso se han sucedido siete años de malas cosechas.

Restaura el culto divino que merecen los dioses y constrúyeme un templo digno de mi importancia: si lo haces, el Nilo volverá a crecer.

No cesará de desbordarse, año tras año; seguirá siempre inundando y fertilizando las tierras egipcias.

Los frutos crecerán tan fértiles que se doblarán las plantas bajo su peso.

Te será concedida la benevolencia de Renenet, diosa de la agricultura, señora de las dos cosechas, y tus campos se volverán dorados cuando madure el cereal; la diosa velará por los campesinos que recolectan y desgranan maíz y cebada en las eras.

Nunca volverán los años del hambre y nunca faltarán las provisiones en los graneros.

Egipto será la tierra de la abundancia y el corazón de tus gentes se verá embargado por un júbilo hasta ahora desconocido.

Cuando rompió el alba, Djoser ordenó que preparasen el barco real, mandó llamar a Imhotep para que lo acompañase y embarcó Nilo arriba.

Sus remeros trabajaron día y noche, encorvados en sus puestos; con frecuencia soplaban dulces brisas del norte que hinchaban las velas de seda y empujaban la embarcación hasta su destino.

Llegaron a Tebas, pero prosiguieron el viaje más al sur; pasaron también Edfu, donde Horus había vencido a Set; fueron más allá de Nubit, hoy conocida como Kom Ombo, donde se alza el templo dedicado a Harmajis y a Sobek, el dios con forma de cocodrilo; por fin llegaron a la isla de Elefantina, que surge en medio de las aguas del Nilo un poco más allá de File y la primera catarata.

Djoser subió entonces hasta la cumbre de la sagrada isla y desde allí decretó lo siguiente:

—Que se construya en este preciso lugar un templo que supere todo lo conocido en Egipto.

Imhotep, el gran arquitecto, empleará en él todas sus artes y conocimientos; que no escatime en magnificencia, para que sea el templo más suntuoso jamás visto.

Y cuando esté finalizado, se convertirá en santuario y residencia eternos de Jnum.

Asimismo, las tierras de ambas orillas del río, a este y oeste, a lo largo de muchas leguas, incluso hasta las proximidades de Nubit, pertenecerán para siempre a Jnum, el buen dios que ama a Egipto.

Y mientras haya en Egipto un faraón para proteger el santuario de Jnum, en la isla sagrada de Elefantina, todos los años se le ofrecerá al dios la cosecha recogida en sus tierras y se le harán ofrendas en su templo.

Imhotep se puso manos a la obra e hizo los planos del templo. A mediados del mes de junio de ese año, el Nilo comenzó a desbordarse y sus aguas se precipitaron por las dos cavernas, de modo que las tierras egipcias en su totalidad se vieron favorecidas con una inundación portentosa y fértil.

Cuando el templo estuvo acabado, Imhotep mandó cortar la roca en el lado este de la isla para que formase una superficie vertical junto al río.

En esta pared de piedra hizo unas marcas para que las gentes pudiesen medir, en años sucesivos, hasta dónde llegaba la crecida del Nilo, y le hiciesen a Jnum las ofrendas correspondientes.

Así, si las crecidas eran inferiores a lo previsto, los egipcios sabían que tenían que hacerle más sacrificios al dios.

Y aún hoy sigue allí el Nilómetro, que así se llama este ingenio.

El templo de Jnum, sin embargo, se ha convertido con el tiempo en un paraje ruinoso.

Y siempre que los egipcios olvidaban a Jnum, el Nilo apenas crecía. Se aseguraba, además, que el día en que los humanos dejasen de honrar al dios e intentasen cultivar sin su ayuda las tierras que baña el Nilo, el infortunio se apoderaría de Egipto.