Horus, el Justiciero #3
Pero no era tan fácil acabar con el Maligno.
Antes de que la espada de Horus atestase el golpe, el perverso espíritu de Set había salido de su cuerpo y había ido a refugiarse en el cuerpo de uno de sus secuaces más cercanos.
De ahí, su alma fue a introducirse en una venenosa serpiente negra que se introdujo reptando en un nido de la orilla del río.
Mientras tanto, Harmajis se había transformado en un enorme león con cabeza de hombre y tocado propio de faraón de Egipto.
Hay una representación de un león así en Guiza, hecha de piedra; los griegos, cuando llegaron a Egipto miles de años después, llamaron Esfinge a esta estatua.
Bajo esta apariencia, Harmajis rastreó furibundo todas las tierras egipcias, buscando a los secuaces de Set y matándolos con sus grandes garras, se escondiesen donde se escondiesen.
Durante un corto tiempo parecía que la guerra había llegado a su fin. Pero el sabio Tot, escudriñando el horizonte como solo él podía hacerlo, le dijo a Horus lo siguiente:
—Hijo de Isis, aún te queda una batalla por librar en esta vida, porque Set no está muerto.
Su alma consiguió escapar antes de que decapitaras la cabeza pestilente y se introdujo en una serpiente.
El reptil maldito ha llegado deslizándose hasta los lejanos desiertos del sur, y allí se encuentra Set agrupando a sus aliados, preparándose para iniciar la marcha río arriba y volver a atacar Egipto.
Pero que no desfallezca tu corazón: será en Edfu donde tendrá lugar la última batalla, y allí se levantará un templo dedicado a tu victoria por los siglos de los siglos.
Horus volvió a llamar a sus tropas y partió en barco Nilo abajo, pasando Tebas, dejando atrás también Edfu, hasta que llegó a la isla de Elefantina. Allí en la isla se encontraba el mismísimo Set bajo la forma de un gigantesco hipopótamo rojo, que abrió sus fauces y profirió un terrible conjuro:
—¡Que una tempestad enconada y una devastadora inundación arrasen a mis enemigos!
El grito se esparció en forma de trueno por todo el valle del Nilo.
Se hizo la oscuridad sobre la tierra y de la primera catarata salió una ola gigantesca, que les sobrevino a los barcos de Horus y los arrastró hasta sus puntos de partida.
Pero el barco en el que iba Horus resistió incólume en medio de las tinieblas y solo fue arrastrado hasta Edfu, no muy lejos de Elefantina.
Set iba siguiendo el barco y se detuvo cuando lo alcanzó. El gigantesco hipopótamo rojo ocupaba todo el lecho del río. Horus salió a su encuentro en una barca dorada, encarnado en un apuesto muchacho de más de tres metros de alto, que llevaba en la mano un arpón de casi diez metros.
Set abrió sus imponentes fauces para devorar a Horus y su barca.
Pero este lanzó el arpón con tal fuerza y una precisión tan mortífera que atravesó el paladar de Set y se lo clavó hasta el fondo del cerebro.
Y con ese único gesto dio fin a Set, el Maligno, enemigo de dioses y humanos.
El hipopótamo rojo se hundió, muerto, en las aguas del Nilo a su paso por Edfu.
A la muerte de Set, los cielos recobraron la luz y salieron las gentes de Edfu a aclamar a Horus, el Justiciero; llevaron al dios al lugar que se convirtió en su santuario, donde hoy se alza el venerable templo.
Asimismo, le entonaron un cántico de alabanza que, a partir de entonces, los sacerdotes siguieron cantando todos los años en la festividad de Horus.
—¡Alegraos, gentes de Edfu! ¡El poderoso dios Horus, señor del firmamento, ha abatido al enemigo de Osiris y ha vengado la muerte de su padre!
¡Comed la carne del vencido, bebed la sangre del hipopótamo rojo, consumid sus huesos con fuego!
¡Desmembrad a la bestia, dad sus restos a los gatos y esparcid sus entrañas para los reptiles!
¡Alabado sea Horus del pulso certero, el diestro lanzador de arpón, el valeroso, el aniquilador de Set; hijo único de Osiris, Horus de Edfu, Horus, el Justiciero!
Así se hizo la paz en Egipto. Horus ocupó el trono del faraón durante muchos cientos de años, hasta que los dioses dejaron de habitar en la tierra.
Sin embargo, aquellos faraones que le sucedieron en el trono, pese a que eran mortales de cuerpo, albergaban en su interior un espíritu divino, y sus súbditos los adoraron como dioses.
También comenzaron los egipcios a embalsamar los cuerpos de los faraones muertos y a depositarlos a buen recaudo en impresionantes pirámides y en profundas tumbas del Valle de los Reyes, que está al oeste de Tebas.
Porque sabían que, un día, iban a volver Osiris y Horus a la tierra para librar la última y más terrible batalla contra Set y a vencerlo para siempre.
Entonces, todos los muertos que hubiesen llevado vidas de virtud y hubiesen accedido al Tuat regresarían con Osiris a la tierra; se volverían a introducir en sus antiguos cuerpos y vivirían para siempre en un Egipto libre de toda maldad: en el paraíso de los bienaventurados.