Cuentos del antiguo Egipto Horus, el Justiciero #2
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Horus, el Justiciero #2

—El caballo —respondió Horus sin dudarlo.

—¿Y no te ayudaría más un león?

—Sí, si necesitase los refuerzos —replicó Horus—. Pero un caballo es mucho más útil cuando se trata de dar caza al enemigo y acabar con él.

—Bien, hijo mío —concluyó Osiris con solemnidad—, veo que tu aprendizaje ha terminado. Ha llegado el momento de que llames a tus hombres y emprendas la lucha contra Set.

Osiris regresó al Tuat, ya que en el mundo de los vivos nada más podía hacer para acabar con el pérfido dios.

Horus se armó para la guerra, llamó a sus ejércitos y pidió a Harmajis, dios del horizonte, que le ayudase.

Hasta el momento, Harmajis se había mantenido al margen de las luchas de poder en Egipto.

Pero Set nunca le quitaba a Horus el ojo de encima y se dio cuenta de que había llegado el momento de romper el juramento que le hiciera a Isis.

Se transformó en un negro jabalí, oscuro como un nubarrón de tormenta; inspiraba pánico a quien lo veía y tenía unos colmillos capaces de helar de terror el corazón más fiero.

Entonces fue a esconderse entre los juncos, en el punto del Delta donde la isla de Jemmis se hallaba amarrada, cerca del sitio donde andando el tiempo se erigiría la ciudad de Buto, que estaba consagrada a Wadjet por haber protegido al Horus niño.

Allí, solos, se reunieron Harmajis y Horus para urdir su plan. Harmajis dijo:

—Si prometes no tener miedo, emplearé un poderoso conjuro que me permitirá escrutar el futuro en tus ojos, brillantes como el sol en su cenit. Así podré ver qué trama Set contra nosotros y dónde aguardan escondidos sus esbirros para atacarnos.

Harmajis pronunció el conjuro y los ojos de Horus comenzaron a refulgir como el sol de mediodía; el dios del horizonte miró en ellos.

Al principio cobraron el aspecto del ancho mar Verde, turbios como el lapislázuli, pero enseguida se aclararon y volvieron cristalinos; Harmajis sabía que faltaba poco para que le permitiesen ver en su interior hasta los últimos confines de la tierra.

Pero en ese instante apareció el jabalí negro, que salía de los juncos embistiendo con un chillido salvaje.

—¡Cuidado con el jabalí! —gritó Harmajis—. ¡Nunca había visto uno tan enorme ni tan fiero!

Horus se dio la vuelta y miró. Los dos dioses habían bajado la guardia y no se dieron cuenta de que no era un jabalí cualquiera, sino el malvado Set; no estaban preparados para responder a sus brujerías.

Set envió a los ojos de Horus un rayo de fuego, potente como un relámpago.

Este se cubrió los ojos con las manos, gritando:

—¡Es Set! ¡Y acaba de quemarme los ojos con fuego!

Cuando Harmajis se dio la vuelta, el negro jabalí en que se había encarnado Set ya no estaba, y lo único que pudo hacer fue castigar a todos los jabalíes con una maldición, que pesa para siempre sobre ellos y quienes los toquen, con una excepción: las noches de luna llena, cuando se le sacrifican estas bestias a Horus.

Entretanto, los ojos de Horus se habían oscurecido, igual que se ensombrece el sol un instante cuando se acerca la lluvia y las nubes de tormenta cruzan presurosas el Delta.

Pero no tardaron en recuperar el brillo.

Entonces, Horus partió río arriba en el barco de Harmajis hacia el Alto Egipto, donde el cielo siempre es azul.

En el viaje hubieron de librar diversas batallas contra los ejércitos de Set, compuestos por hombres malévolos que renegaban de las enseñanzas de Osiris, el buen dios.

La primera tuvo lugar cerca de Menfis, donde termina el Delta.

Allí se transformó Horus en un gran disco alado, cegador como una bola de fuego y con alas a ambos lados del color del cielo al atardecer.

—¡Yo impongo la ceguera en vuestros ojos y la oscuridad en vuestras mentes!

—exclamó. En cuanto hubo pronunciado estas palabras, los hombres de Set se miraron unos a otros sin reconocerse, como si fueran extraños; cuando se hablaron, parecía que empleaban lenguas distintas.

Así, en el primer ejército de Set se extendió la siguiente noticia: «¡Nos hallamos infiltrados de enemigos disfrazados!

». Empezaron a atacarse unos a otros y a darse muerte; siguieron matándose hasta que no quedó ni uno vivo.

Horus volvió por los cielos y se reunió con Harmajis. Adoptó de nuevo su apariencia ordinaria y Harmajis le abrazó. Después le dio de beber agua mezclada con vino. Por eso, en recuerdo de esta batalla, siempre se le ofrecían a Horus libaciones de agua y vino.

El barco de Harmajis prosiguió su curso río arriba. Enseguida llegó la siguiente ofensiva del enemigo, bajo la forma de cocodrilos e hipopótamos que los atacaban desde las orillas y que salían también del río.

Pero Horus sabía cómo hacerles frente. Entre sus hombres se contaban muchos herreros diestros a los que Horus había enseñado la fabricación de armas templadas con sortilegios múltiples.

Cuando los cocodrilos y los hipopótamos se acercaban, con las fauces abiertas, los herreros echaban unas cadenas al agua para que se les enredasen las patas a las indómitas bestias; así las arrastraban hacia los barcos que formaban la comitiva de Horus, hasta que las tenían al alcance y les lanzaban los arpones, cuyas puntas de hierro eran capaces de traspasar las pieles más duras.

Luego, Horus y Harmajis se transformaron en unos imponentes halcones y fueron planeando hasta la orilla izquierda y derecha del río, respectivamente, donde emplearon sus terroríficas garras para despedazar a los esbirros de Set, ya fueran estos humanos, ya hubiesen adoptado la forma de cocodrilo o hipopótamo.

La guerra se extendió y estremeció a todas las tierras que recorre el Nilo; muchas batallas se libraron, de las que Horus y sus seguidores salieron victoriosos.

Por último, salió a enfrentarse con el barco de Harmajis el propio Set, bajo la forma de un monstruo que tenía una horripilante cabeza de animal; era una cabeza que parecía estar pudriéndose.

Por eso, en las narraciones de la batalla se describe a Set como «el de la cabeza pestilente».

Fue una batalla larga y terrible. Pero al final, Harmajis redujo a Set y lo dejó postrado, golpeándole en la cabeza con una maza de hierro; lo encadenó y lo llevó frente a los dioses, que se hallaban reunidos.

Y dijo Ra:

—Entregádselo a Horus, hijo de Isis, para que lo castigue, y que le inflija los mismos males que causó él a Osiris.

Todos los dioses respondieron con un «¡Sí!» entusiasta. Entonces, Horus desenvainó la espada y decapitó la cabeza pestilente; arrastró el cuerpo de Set por todo Egipto y, para terminar, lo desmembró en catorce pedazos, igual que Set había hecho con el cuerpo de Osiris.