Cuentos del antiguo Egipto Horus, el Justiciero
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Horus, el Justiciero

Horus, el Justiciero

Osiris había sido enterrado con todos los honores y su alma residía ya en el Tuat.

Isis volvió rauda a la isla flotante de Jemmis para proteger a su hijo Horus.

El niño corría grave peligro, ya que Set había conseguido hacerse con el trono de Egipto, y su más ferviente deseo era acabar con la vida de Horus, igual que había acabado con la de su padre, Osiris.

Pese a que Isis conocía el peligro que acechaba a su hijo, sus cuidados parecían ser insuficientes para proteger a Horus.

No abandonaba al niño ni a sol ni a sombra, pero Set consiguió enterarse de dónde se escondían y los siguió hasta allí, en la margen izquierda del río, donde la isla flotante se había detenido.

Al caer la noche, Set adoptó la forma de un escorpión y subió hasta la cuna donde dormía Horus en una sencilla cabaña oculta entre altas plantas de papiro. Se alzó la luna en el firmamento; salió entonces Isis para entonar su plegaria a Jonsu, dios de la luna, para que protegiese a su hijo.

Mientras la diosa rezaba, el escorpión en que se había transformado Set subió hasta la cuna y picó a Horus.

Al oír que el niño gritaba, Isis corrió a la cabaña y lo tomó en sus brazos, pero el escorpión ya se escapaba sin ser visto.

El bicho salió de Jemmis envuelto en las tinieblas, mucho antes del alba, porque por la mañana la isla volvía a despegarse de la orilla.

Toda la noche estuvo Isis probando los hechizos que conocía e intentando dar con el que curase a su hijo del veneno. Pero fue todo en vano. Cuando despuntaba el sol en el horizonte, el niño yacía inerte en sus brazos.

En su desesperación, Isis invocó la ayuda de Tot, dios de la sabiduría, tres veces poderoso, que acudió raudo a su llamada.

—Te he llamado —gimió Isis, lastimera— porque Set ha matado a mi hijo, ¡igual que mató a su padre! Pero el destino de Horus era vengar a Osiris: ¿cómo es tal cosa posible, sabio Tot?

—Horus volverá a la vida —respondió Tot—.

Su alma ha salido del cuerpo para reunirse brevemente con el alma de Osiris, en el Tuat.

Pero aparecerá de nuevo bajo la forma del ave Bennu; en pocos días, esta ave volará hasta el pico del obelisco de Ra en Heliópolis, y allí perecerá bajo el calor abrasador.

De sus cenizas surgirá de nuevo el ave Bennu, cuya fama alcanzará los más lejanos confines del mundo.

1 Pero antes de que Horus regrese a la tierra, mientras su espíritu está a salvo en el Tuat, voy a reunir a todos los dioses para decidir quién debe hacerse cargo de Egipto.

Los dioses parlamentaron en Heliópolis, que se asienta en la margen derecha del Nilo, en el preciso lugar donde el río divide su curso en mil cauces y comienza el Delta: la frontera entre el Alto y el Bajo Egipto.

Una vez estuvieron todos reunidos en presencia de Amón-Ra, el hacedor de dioses y hombres, Set expuso su caso y dijo que, al ser hermano de Osiris, le correspondía a él ser el siguiente faraón de Egipto.

—Además, Egipto se encuentra ya bajo mi poder —aseguró desafiante para concluir—, ya que mis esbirros dominan todo el territorio, y, si alguien intenta arrebatármelo, destruiré todo con incendios e inundaciones.

Aquí el sabio Tot intercedió por Horus y dijo:

—Así como Osiris, primogénito de los dioses, fue el legítimo gobernante de Egipto, del mismo modo Horus, su primogénito, debería ser su sucesor.

—¿Estás proponiendo que un niño gobierne el país? —exclamó Set—. Además, ¿qué pruebas tenemos de que el pequeño Horus, si es que sigue vivo, sea realmente hijo de Osiris? ¡Osiris llevaba mucho tiempo muerto cuando el niño nació!

En ese momento, Isis intervino. Sus palabras eran tan acertadas y persuasivas que Set se dio cuenta de que con ellas iba a convencer a los dioses.

—¡Así que vais a permitir que una mujer gobierne Egipto!

—aulló de pronto—. Isis no debería estar aquí, no podemos dejar que participe en nuestras deliberaciones: ¡solo intercede por su hijo para que todo el poder recaiga sobre ella!

¿Acaso no os acordáis de cómo consiguió que su esposo fuera faraón, mediante el descubrimiento del nombre secreto de Ra?

¡Que se vaya! Si no, declararé la guerra contra todos los dioses, daré muerte a todos los que estáis aquí, ¡y os mandaré, uno a uno, a que le hagáis compañía a Osiris en el Tuat!

Cuando Set terminó su exabrupto, Ra puso fin a las deliberaciones por ese día y dijo:

—Mañana por la mañana volveremos a reunirnos para zanjar este asunto. Nos encontraremos aquí, en la isla central que divide al Nilo. Y que el barquero ponga especial cuidado en que Isis no acceda al lugar donde nos encontremos.

Todos los dioses y diosas franquearon el río y llegaron a la isla. Isis, que había estado departiendo con Tot, llamó a su hermana Neftis, esposa de Set. Después del asesinato de Osiris, Neftis había dejado a su marido, había tomado a su hijo Anubis y se había ido a vivir con Isis.

Neftis no había acudido a las deliberaciones de los dioses, ya que temía que la obligaran a volver con su esposo Set, a quien detestaba y temía.

No dudó ni un instante en contribuir al plan que urdía su hermana contra Set.

Se vistió con los ropajes de Isis y esta, a su vez, se puso el tocado que normalmente llevaba Neftis y que le cubría gran parte de la cara.

Con la ayuda de los hechizos, Isis consiguió parecerse a Neftis de rostro y voz. También se puso sus ropas. En cuanto salió la luna llena, que se reflejaba en el río, se acercó a la orilla y ordenó al remero que la llevase a la isla.

Al principio, este no se atrevía porque pensaba que la presencia de Neftis enfurecería a Ra y Set casi tanto como la de su hermana. Pero Isis supo hablarle con dulzura y le prometió un valioso presente.

—Mi hermana tiene prohibido asistir a las deliberaciones de los dioses —dijo—, pero a mí, Neftis, no me han arrebatado el derecho, así que he venido a interceder por Horus, el hijo de Isis y Osiris.

El remero la llevó hasta la isla sin sospechar que las apariencias le engañaban. Igualmente engañó Isis a Set, que en cuanto la vio, exclamó:

—¡Neftis, mi reina! Tan pronto como los dioses aquí reunidos me proclamasen faraón, tenía pensado mandar mensajeros en tu busca. Me llena de gozo ver que vuelves a mí sin que nadie te obligue.

—Si nadie me lo hubiese impedido, ¿acaso creéis que no hubiera venido antes? —dijo Isis lisonjera, con la voz de Neftis—. Señor mío, ¿no sabéis que han sido los pérfidos hechizos de mi hermana Isis los que me apartaron de vuestro lado?

Set sabía perfectamente que Neftis le había abandonado por voluntad propia y desconfiaba de sus excusas. Sin embargo, al verla allí bajo la luna, tan hermosa, tan esbelta, con la mirada viva repleta de amor, la astucia de Set se desvaneció: su único deseo era que Neftis volviese a ser su esposa.

—Sí, vuelve a mí —le dijo— y olvidaré el pasado, y serás mi reina.

—Primero debéis jurar —replicó la falsa Neftis—, delante de todos los dioses aquí reunidos, que mi hijo será faraón de Egipto cuando llegue su hora de acceder al trono; que no le haréis ningún daño ni conspiraréis contra su gobierno a menos que él os ataque primero.

—De acuerdo, de acuerdo, prometo que Anubis me sucederá como faraón —farfulló Set con impaciencia mientras se aproximaba para tomarla en sus brazos.

—No debéis tocarme —dijo ella, apartándose— hasta que efectuéis vuestro juramento.

En toda la noche no permitió que Set la abrazara siquiera; estuvo hasta el alba tendida a su lado, haciéndole beber el fuerte vino del Delta y entonándole dulces cánticos de amor.

A la mañana siguiente permitió que la tomara del brazo, ya que estaba demasiado borracho para andar solo. Le llevó al palacio donde se reunían los dioses y le instó a que proclamase el siguiente juramento:

—¡Juro por aquel que reposa en File que el hijo de esta mujer será faraón de Egipto cuando llegue su hora de acceder al trono; que no le haré ningún daño ni conspiraré contra su gobierno a menos que él me ataque primero o intente arrebatarme el poder!

En cuanto el juramento fue pronunciado se oyó la suave y argentina risa de Isis, semejante a las campanillas del sistro, el instrumento musical que solía llevar consigo.

Mientras reía, su rostro y su voz se transformaron; se quitó el tocado de Neftis y todos se dieron cuenta de que Set le había hecho el juramento a Isis en persona.

—¡Las deliberaciones de los dioses han concluido! —exclamó esta—. ¡Set debe cumplir lo que ha jurado por aquel que reposa en File! ¡Sí, yo soy Isis, y Set ha declarado que mi hijo, mi único hijo, Horus, es el legítimo faraón de Egipto!

La trampa que Isis había tendido hizo sonreír a todos los dioses. Incluso se iluminó el ceño de Ra; como Set lo había jurado, no había más que discutir. Además, los dioses sabían en el fondo que el gobernante legítimo era Horus.

Pero Set estaba furioso como un hipopótamo embravecido. Con una voz atronadora que hizo temblar las colinas, gritó:

—¡No le va a ser tan fácil a Horus hacerse con mi reino! Que intente quitármelo cuando sea adulto: ¡le mataré con mis propias manos y devoraré sus entrañas, y seré el único faraón!

Entonces se retiró con sus esbirros a los desiertos del sur, los que se hallan más allá de la primera catarata. Así hubo paz en Egipto durante un tiempo.

Sin embargo, todos sabían que se aproximaba una gran guerra. También sabían que, durante ese tiempo, Horus estaba recibiendo diariamente las enseñanzas necesarias para vengar a Osiris, instrucción que recibía en el Tuat y asimismo en la isla de Jemmis, después de que su alma regresara a su cuerpo.

En múltiples ocasiones fue el propio Osiris quien surgió del Tuat para instruir a su hijo. Un día le dijo a Horus:

—Dime, hijo mío, ¿cuál es la acción más noble que una persona puede llevar a cabo?

—Dar venganza a su padre y a su madre por las injurias que estos recibieron —respondió Horus.

—Y dime, de todas las bestias de la tierra, ¿cuál proporciona mayor ayuda en la batalla?