Cuentos del antiguo Egipto Isis y Osiris #3
18%

Isis y Osiris #3

—¡Necia mujer! —exclamó Isis—. Si me hubieses permitido ocuparme de tu hijo a mi manera, las llamas hubieran consumido su parte mortal y se hubiera convertido en dios, igual que yo.

Ahora, en cambio, está destinado a morir cuando llegue a anciano, como cualquier hombre, si es que la muerte no le sorprende antes.

Tanto el rey Melkarte como la reina Astarté imploraron el perdón de Isis una y otra vez, arrodillados, ofreciéndole todos los tesoros de Biblos si accedía a seguir ocupándose de su hijo.

—Eso es ya imposible —respondió la diosa—. Pero os distinguiré con mi bendición si me concedéis aquel pilar que hay allá.

El rey llamó a sus sirvientes, que extrajeron el pilar y lo abrieron. En su interior se hallaba el ataúd de Osiris. Después de que lo sacaran, Isis perfumó el pilar y dijo:

—Llevad este pilar a vuestro templo más sagrado, donde por largo tiempo atraerá muchos peregrinos a Biblos, pues en su interior ha morado el cuerpo de un dios.

Las gentes de Biblos construyeron entonces un templo especial para albergar el pilar de madera y lo llamaron Balaat Gebail, «la Dama de Biblos», cuyas ruinas aún hoy pueden ser contempladas.

Isis decidió partir inmediatamente. Metió el ataúd en un barco y enseguida soltó amarras.

Mientras pasaban por la desembocadura del río Fedro, la corriente salía con una fuerza tal que casi mandó el barco a alta mar.

Tanto se enfureció Isis que, en un arrebato, lanzó un conjuro al río y se secaron sus aguas.

Una vez que el barco pudo navegar sin sobresaltos y cruzaba los mares de vuelta a Egipto, la diosa pidió quedarse sola, entró en el camarote y abrió el ataúd.

Pero un príncipe de Biblos llamado Maneros, que era el jefe de su séquito, sintió tanta curiosidad que se escondió en el camarote detrás de Isis, y quiso ver lo que había en el ataúd.

Isis sintió que una mirada le rozaba el hombro y se dio la vuelta; al verle allí, le lanzó una potente mirada mortífera que lo dejó muerto en el acto.

El barco llegó a Egipto e Isis lo condujo hasta Jemmis, la isla flotante que aguardaba su regreso. Ordenó a los remeros que volviesen raudos a su hogar en Biblos y los ayudó con un conjuro de viento.

Ella se quedó en la isla flotante, donde Wadjet aún seguía cuidando de Horus. Fue conduciendo la isla entre los juncos del Nilo, para esconderla hasta que pudiese llevar a cabo los ritos fúnebres de Osiris.

Sin embargo, aún faltaba mucho para que concluyeran sus desventuras.

A la noche siguiente, Set y sus secuaces decidieron salir de caza al amparo de la oscuridad y la luz de la luna: el malvado dios amaba sobre todas las cosas las horas nocturnas, cuando las criaturas malignas se apoderan de la tierra.

Quiso la mala fortuna que los malhechores se acercasen a la isla de Jemmis, que ahora, entre los juncos, parecía parte de la tierra firme.

Isis se escondió con Horus en la espesura de la vegetación, sin que Set la viera.

Pero este sí que vio el cofre que había servido como ataúd de Osiris. Inmediatamente lo reconoció.

Lanzando un aterrador aullido de ira y odio, Set se apropió del cuerpo de su hermano asesinado, lo desmembró en catorce pedazos y los diseminó por los cuatro confines de las tierras egipcias.

—¡Cuán difícil es destruir el cuerpo de un dios! —exclamó Set—. ¡Pero por fin he conseguido destruir a Osiris e impedir que su alma entre en el Tuat!

Y así desapareció de la escena, riendo. Isis salió de su escondrijo, volvió a encomendarle a Horus a Wadjet y partió de nuevo en busca de los pedazos del cuerpo de su esposo.

Incluso los mismísimos cocodrilos del Nilo se apiadaron de ella cuando la vieron recorrer el río en un barco de papiro, y la dejaron en paz.

Desde entonces, quienquiera que navegue por el río en un barco de papiro está a salvo de los cocodrilos, que siguen pensando que se trata de Isis que va en busca de un último pedazo del cuerpo de Osiris.

Los cocodrilos siguen pensando esto porque hubo un pedazo que Isis nunca pudo encontrar, que se había caído al Nilo.

Ese pedazo se lo comieron unos peces, que desde entonces quedaron malditos.

Pero consiguió reunir todos los demás pedazos con la ayuda de Anubis, hijo de Set y Neftis, que adoptó la forma de un perro salvaje para ser más eficaz en la búsqueda.

Como Isis temía que Set ni tan siquiera respetase la tumba de Osiris, fue enterrando cada uno de los pedazos del cuerpo en el mismo lugar donde los hallaba.

Para hacer los entierros recurría a sus hechizos y así reconstruía mágicamente el cuerpo para poder celebrar el espléndido rito funerario.

Por este motivo, había en Egipto trece ciudades que reclamaban para sí el rango de tumba de Osiris.

Algunos cuentan, incluso, que el miedo de Isis a Set era tal que consiguió embaucar a los sumos sacerdotes y a los habitantes de esas trece ciudades; que en realidad había enterrado el cuerpo de Osiris (añadiéndole el pedazo que faltaba mediante la magia) en la isla sagrada de File, más allá de la primera catarata y de Elefantina.

Los que sostienen esto aportan como prueba que el juramento más fuerte que hacían los egipcios consistía en las siguientes palabras: «¡Por aquel que reposa en File! ».

Dondequiera que esté enterrado el dios, no obstante, su espíritu pudo acceder por fin al Tuat.

Allí se convirtió en rey de los muertos: era él quien daba la bienvenida a aquellos que habían sido proclamados justos por los jueces de Ultratumba; aquellos que pasarían a formar parte de su séquito de dichosos y que le acompañarían en su regreso a la tierra como faraón eterno, tras su última y definitiva lucha con Set.