Cuentos del antiguo Egipto Isis y Osiris #2
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Isis y Osiris #2

El dolor causado por el veneno de la serpiente se desvaneció y Ra se recobró enseguida.

No obstante, dejó de gobernar en la tierra y ocupó su lugar en los cielos.

Allí, todos los días recorre la bóveda celeste de este a oeste, como dios del sol, y por las noches baja al mundo subterráneo y cruza las doce divisiones del Tuat o reino de ultratumba, las mismas que deben franquear las almas de los muertos antes de ser admitidos en el reino eterno de Ra.

En cuanto Ra ocupó su lugar en el firmamento, Osiris se convirtió en faraón de Egipto, e Isis en reina. Mandaron construir la fabulosa ciudad de Tebas, la hicieron su capital, y desde allí gobernaron con sabiduría y justicia.

Antes de que Osiris ascendiera al trono, los egipcios eran caníbales y vivían más como animales que como seres humanos.

Enseguida, los dos monarcas se dispusieron a cambiar la situación, y enseñaron a los humanos a sembrar y a recolectar el trigo y la harina para hacer pan; les enseñaron a plantar frutos, como el dátil y la uva, para obtener comida y vino; los instruyeron en las leyes que asegurasen una convivencia pacífica; por último les enseñaron a honrar a los dioses y a construirles templos: el primero que se levantó, y el más importante, fue el de Amón-Ra en Tebas.

En cuanto todas las tierras del Delta y del Alto Egipto, hasta Tebas, hubieron aprendido las artes de la paz y la civilización, Isis quedó de regente mientras Osiris se aventuraba a confines más alejados para instruir a sus habitantes.

Con él no llevaba ejércitos; solo un grupo de sacerdotes y músicos.

Incluso las tribus más salvajes se detenían al escuchar sus dulces palabras y le prestaban oídos, y acababan rindiéndose a los melodiosos acordes de sus músicos.

Pero ni siquiera en Egipto eran todos favorables a Osiris. Por el mundo pululaba un espíritu maligno que pugnaba por vencer al bien; en Egipto, la maldad se encarnó en Set, el hermano menor de Osiris e Isis.

El deseo de Set era rebelarse contra Osiris y arrebatarle el trono mientras este estaba fuera cumpliendo su misión civilizadora.

Pero Isis estaba tan alerta que Set sabía que su plan no iba a triunfar.

Así que disimuló; se presentaba al mundo como un súbdito fiel, como un devoto hermano del faraón y la reina.

Mientras tanto, fue reuniendo un grupo de setenta y dos hombres malvados, dispuestos todos ellos a conspirar contra Osiris.

A ellos se unió Asar, la reina de Etiopía, que en esos momentos se encontraba de visita en la corte tebana.

A la vuelta de Osiris, Set organizó un enorme festín en honor de su hermano. Como no sospechaba nada, Osiris acudió sin la protección de sus sirvientes. Set y sus setenta y dos compinches le dieron una bienvenida muy calurosa.

El festín fue espléndido; los invitados competían entre sí para rendir pleitesía a Osiris. Cuando el festín tocaba a su fin, Set anunció lo siguiente:

—Ya hemos honrado a mi querido hermano Osiris, el buen faraón, con nuestras alabanzas. Pero ahora, para acabar la velada, tengo preparado un regalo para uno de los invitados. ¡Y aún no sé a quién está destinado!

Set dio una palmada y entraron los sirvientes en el salón. Llevaban un hermosísimo cofre de madera de cedro del Líbano y ébano de Etiopía; estaba recubierto de oro y plata, con incrustaciones de marfil, lapislázuli y piedras preciosas.

Los sirvientes lo dejaron en el centro de la sala y se retiraron, cerrando las puertas. Set volvió a hablar:

—Este es el regalo que tengo reservado para uno de mis invitados. ¡El afortunado será aquel que mejor quepa en el cofre!

Todos los asistentes profirieron exclamaciones de admiración al contemplar el cofre; enseguida hicieron una fila y fueron introduciéndose para ver quién cabía mejor.

Pero algunos eran demasiado altos; otros, demasiado bajos; algunos no cabían por su gordura, y a otros les sobraba espacio por su delgadez.

—Dejadme probar a mí —dijo Osiris al fin.

Se introdujo en el cofre y se tendió en él: su tamaño era el perfecto, ya que Set había conseguido, en secreto, las medidas del cuerpo de su hermano.

—¡He ganado! —exclamó Osiris muy contento—. ¡Mirad, si parece que me lo hubieran hecho a medida!

—Desde luego que te lo has ganado —replicó Set—. ¡Está hecho a medida porque es tu ataúd!

Y mientras decía estas palabras cerró súbitamente la tapa. Con un ansia febril, Set y sus pérfidos compinches sellaron el cofre con clavos, taparon cualquier resquicio con plomo candente y, sin que nadie se enterara, lo tiraron al Nilo.

Como era la época de la inundación, la rápida corriente arrastró el cofre más allá del Delta, hasta la ciudad de Tanis, que está al lado del mar.

Una vez allí, las olas se lo llevaron y anduvo a la deriva hasta que llegó a Biblos, en Siria, la ciudad más antigua del mundo, donde una gran ola lo elevó sobre la playa y lo depositó en el tronco de un tamarisco joven que crecía junto a la costa.

Al poco tiempo, las ramas del tamarisco habían cubierto el cofre; cuando la planta creció, quedó completamente oculto en su tronco.

De cuanta vegetación había allí, este tamarisco era el más grácil, el de más hermosas flores; y su madera despedía el perfume más dulce.

Tardó poco en adquirir renombre por toda Siria: se hizo más conocido incluso que los magníficos cedros del monte Líbano, en cuyo pie se asienta la ciudad de Biblos.

Cuando su fama llegó a oídos de Melkarte, rey de aquellas tierras, este quiso verlo; tanto él como su esposa, la reina Astarté, lo juzgaron tan extraordinario que decidieron talarlo y hacer un pilar con su tronco; este pilar lo mandaron colocar en el lugar de honor de su palacio.

Todo aquel que contemplaba el pilar quedaba maravillado por lo delicado de la madera y de su aroma; pero lo que ninguno sabía es que su interior escondía el cuerpo de un dios.

Mientras tanto, Isis consiguió averiguar lo que había ocurrido, e inmediatamente partió en busca del cuerpo de Osiris, ya que mientras no se realizasen los debidos ritos fúnebres, al espíritu del dios no se le permitía entrar en el Tuat, el reino de los muertos.

Pero antes de partir fue a la isla de Jemmis, que está en uno de los brazos del Delta del Nilo, y allí dio a luz a su hijo Horus con la ayuda de Wadjet, la bondadosa divinidad que protege el Bajo Egipto.

En cuanto se recuperó, Isis emprendió de nuevo la búsqueda del cuerpo de su esposo.

Encomendó a Wadjet el cuidado de Horus; para protegerlo aún más de Set, separó la isla de Jemmis del fondo del río.

Así, la isla iba a la deriva, a veces por el Nilo, otras adentrándose en el mismo mar, sin que Set pudiera encontrarla.

Después se cortó los cabellos en señal de duelo.

Prosiguió la búsqueda por todo Egipto, sin dejar piedra por remover.

Al principio no encontraba nada, pero acabó por toparse con un grupo de niños que habían visto el magnífico cofre, cerca de Tanis, mientras iba flotando Nilo abajo en dirección al ancho mar Verde.

Isis fue preguntando, por toda la costa, a los niños que se encontraba en sus juegos, y las indicaciones de los chiquillos la acabaron llevando a Biblos. Solo entonces pudo descubrir, gracias a sus artes mágicas, dónde se hallaba el cuerpo de Osiris.

Entonces se disfrazó de anciana y se fue a la playa de Biblos.

Cuando las doncellas de la reina Astarté bajaron a la playa a lavar sus ropas y bañarse entre las olas, Isis las abordó con dulzura y les enseñó a hacerse trenzas; hasta entonces, a nadie se le había ocurrido que el pelo pudiera trenzarse, ni que se pudiesen hacer peinados con adornos de hojas y flores.

Las doncellas regresaron a palacio; la reina Astarté quiso saber enseguida dónde habían aprendido el nuevo arte del peinado. Le contaron que se habían encontrado con una anciana muy sabia, que estaba sentada en una roca junto al mar.

Llena de curiosidad, Astarté les ordenó que la llevasen a palacio.

Al ver a Isis, Astarté se dio cuenta de que estaba ante una extranjera distinguida.

Pero no se dio cuenta de nada más: simplemente pensó que era una egipcia conocedora de las famosas artes mágicas de su país.

Le dio la bienvenida y le pidió que se quedara en palacio cuidando del pequeño príncipe Diktis, hijo de la reina, un bebé de frágil salud por cuya vida se temía.

Los cuidados de Isis fueron tan certeros que el niño mejoró a ojos vistas y se puso más fuerte; tanto, que la mejoría parecía sobrenatural.

La reina Astarté recelaba un poco, sobre todo porque sus doncellas le habían contado que la misteriosa anciana hacía que la dejaran sola cada noche con el bebé, y les cerraba la puerta.

Luego la oían avivar el fuego; después venía un largo silencio, que nada más interrumpía un sonido semejante al gorjeo de una golondrina.

Astarté decidió esconderse una noche en la estancia.

Entonces vio cómo Isis hacía salir a las doncellas, cerraba la puerta con cerrojo y avivaba el fuego.

Cuando las llamas crecieron, Isis separó varios troncos e hizo un lecho de brasas, tomó al bebé y lo depositó en él.

Hecho esto, se convirtió en golondrina y se puso a volar alrededor del pilar que escondía el cuerpo de Osiris, con un gorjeo que parecía un lamento.

La reina Astarté profirió un grito, salió de su escondite y sacó a Diktis de las llamas; cuál no sería su sorpresa al ver que el bebé no solo no había sufrido ningún daño, sino que además se ponía a llorar, protestando por haber sido apartado tan súbitamente de un lecho tan agradable y calentito.

Atenazada por el miedo, la reina intentó escapar con el niño en brazos. Pero antes de poder salir, cayó arrodillada al suelo y tuvo que bajar la mirada: ante ella se alzaba la diosa Isis, imponente y hermosa, resplandeciente de divinidad.