Cuentos del antiguo Egipto Isis y Osiris
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Isis y Osiris

Isis y Osiris

Cuando Ra era el primer faraón de Egipto y reinaba en la tierra, Tot, el dios de la magia y la sabiduría, que había sido creado por el señor de los dioses en los albores del mundo, pronunció una profecía: si Nut, la diosa del cielo, tenía un hijo, ese hijo gobernaría en Egipto.

—¡Nut nunca tendrá hijos, nunca! —respondió Ra muy airado—.

¡Nadie, ni siquiera un hijo de Nut, me va a arrebatar el trono!

He aquí que le impongo una maldición: Nut no podrá dar a luz a un hijo ningún día del año; no, ni durante el día ni tampoco durante la noche.

He dicho; y lo que yo ordeno jamás puede ser cambiado.

Cuando oyó esto, Nut sintió una amarga tristeza. Pero Tot, que era el dios de la sabiduría, había anunciado que su hijo gobernaría Egipto. Así que acudió a él y le suplicó ayuda, pues sabía que Tot la amaba.

—Si consientes en amarme, te mostraré el modo de llevar a cabo tu deseo sin violar el mandato de Ra —dijo Tot.

Nut aceptó sin dudarlo un instante, y Tot ideó rápidamente un ingenioso plan.

Fue a ver a Jonsu, dios de la luna, y le desafió a una partida de damas.

Cada uno debía apostar algo; Jonsu era un gran jugador y la partida estaba muy igualada, aunque era el dios de la luna quien corría mayor riesgo, pues se había apostado su propia luz.

Sus posibilidades de ganar al astuto Tot eran muy pequeñas; el dios de la sabiduría prolongó la partida hasta que su ventaja le permitió hacerse con una cantidad de luz de luna equivalente a cinco días.

Así, con estos cinco días amplió el calendario y los añadió al final del año.

Hasta entonces, el año solo había contado con trescientos sesenta días; fueron estos cinco días añadidos los que le dieron la duración actual.

Aquella partida de damas aún tuvo otra consecuencia: desde entonces, a la luna le ha faltado la luz necesaria para aparecer llena el mes entero, y debe menguar progresivamente hasta desaparecer, aunque luego reaparece y va creciendo hasta lograr el esplendor una vez más.

Cuando llegaron esos cinco días añadidos, que no pertenecían al año anterior ni al siguiente, Nut dio a luz a sus cinco hijos: el primer día nació Osiris; el segundo, Horus, el Viejo; el tercero, Set; Isis el cuarto, y Neftis el quinto.

Cuando nació Osiris hubo varias señales y se obraron varias maravillas.

De los cielos vino una misteriosa voz que proclamó: «¡Nacido ha el señor del mundo!

». Una mujer que sacaba agua de un pozo se halló de pronto poseída de un espíritu profético y dijo en alta voz: «Osiris nuestro señor está entre nosotros».

En Tebas, un hombre llamado Pamiles escuchó una voz que venía del templo de Ra y le ordenaba que proclamase el nacimiento del más grande gobernante que conocería Egipto: Osiris, salvador de la humanidad.

Siguiendo las indicaciones de Tot, Nut confió el pequeño Osiris a Pamiles para que lo criase. Tot en persona se ocupó de la instrucción de Osiris e Isis: les enseñó la sabiduría divina y los introdujo en la ciencia secreta de la que él era maestro.

La inteligencia de Isis era tan grande que convenció a Jonsu para que le enseñase también los misterios lunares; así pues, Isis se convirtió en la más portentosa hechicera que jamás conociera Egipto.

Cuando alcanzaron la edad adulta, Isis y Osiris contrajeron matrimonio.

Neftis también se casó con Set; en lo sucesivo, todos los faraones humanos de Egipto se unirían en matrimonio con sus propias hermanas.

Aunque casi todos los faraones tenían otras muchas esposas, la hermana desposada era la que detentaba el rango de reina.

Pero no había llegado aún el momento propicio para el reinado de Isis y Osiris.

Ra seguía siendo el faraón de Egipto y gobernaba el mundo, aunque como había tomado forma humana cada vez estaba más viejo: la cabeza se le meneaba, agarrotada, como les pasa a los muy ancianos, y también se le salía la baba.

La sabia Isis le daba vueltas en su fuero interno a cómo conseguir la renuncia de Ra al trono para que reinase Osiris.

Gracias a las enseñanzas de Tot sabía que a Ra solo podría dominarle aquel que descubriera su nombre secreto; con la ayuda de las artes mágicas aprendidas de Jonsu, dios de la luna, empezó a vislumbrar un oscuro plan.

Todas las criaturas habían sido hechas por Ra, y nadie más que él podía otorgarle la vida a un nuevo ser.

Pero Isis fabricó una serpiente, una cobra llamada ureo (que sería más adelante un emblema sagrado de Egipto).

Todas las mañanas, Ra hacía un recorrido por las tierras del Alto y Bajo Egipto para supervisar su reino.

Mientras el dios caminaba, como era anciano, se le cayó un poco de saliva a un lado del camino, sobre la tierra.

Isis tomó la tierra humedecida por la saliva del dios y la modeló con forma de cobra; le introdujo un potente veneno creado en la oscuridad de la medianoche, y la escondió entre la hierba, cerca del camino que Ra acostumbraba a recorrer diariamente.

Al día siguiente, mientras Ra supervisaba de nuevo sus tierras, su ojo pasó por donde estaba la cobra modelada por Isis.

Al hacerlo, su mirada emanó la mágica luz de vida, y la cobra empezó a moverse.

El reptil sacó la cabeza entre la hierba y mordió a Ra en el talón, e inmediatamente desapareció deslizándose.

Durante un breve instante, la sorpresa de Ra fue tan grande que no acertaba a decir palabra. Pero enseguida le traspasó un dolor abrasador, y lanzó un grito estruendoso que alcanzó los más remotos confines de Egipto.

En cuanto lo oyeron, los dioses y diosas acudieron raudos a su presencia, incluida Isis, y se inclinaron ante él preguntándole:

—¿Qué es lo que os aflige, oh, Creador de todas las cosas?

—¡He sido herido! —exclamó Ra—. Pero soy incapaz de reconocer al culpable; ha sido una criatura que mis ojos no han visto, que mis manos no han modelado; no reconozco a este ser: ¡yo, que he dado vida a todas las cosas!

Os ordeno pues que vengan ante mí todos los descendientes de los dioses, aquellos que conocen los hechizos y la magia, aquellos cuyo saber se pierde en lo desconocido, pues solo uno de ellos podrá ayudarme.

Uno a uno desfilaron ante Ra todos los dioses y sus descendientes. Pero ninguno de ellos acertó a ayudarle. El dolor de la mordedura, mientras tanto, iba haciéndose cada vez más insoportable.

Por fin le llegó el turno a Isis. Humildemente se arrodilló ante Ra y le dijo:

—Oh, padre celestial, ¿qué es lo que ha atentado contra vos? ¿Es acaso posible que una de las serpientes que crearais se haya alzado contra Su Majestad? Si así ha sido, la someteré con poderosos hechizos, la obligaré a renegar de su soberbia y a esconderse lejos de vuestra divina presencia.

—Mientras caminaba, haciendo el recorrido por las dos tierras egipcias para supervisar mi Creación —respondió Ra—, me mordió una serpiente que no vi, una sierpe que yo no creé, que iba cargada de un veneno desconocido y que no está hecho de fuego ni de agua, pero que de pronto me abrasa como el fuego y de súbito me hace tiritar como el agua fría; ora suda mi cuerpo, ora tiembla de frío.

Los ojos se me nublan y no veo nada; la frente me arde como si me abatiera el pleno sol de verano.

Isis bajó la cabeza y le dijo suavemente:

—Divino padre, yo puedo curaros de este veneno que os aflige. Decidme vuestro nombre secreto: solo seréis curado si invoco vuestro nombre en mis hechizos.

Ra procedió a declamar los muchos nombres bajo los que era adorado, todos los nombres que lo describían como señor de la Creación, hacedor de los cielos y la tierra, de los mares, de los misterios ignotos del horizonte, del día y la noche, la luz y las tinieblas, del poderoso río Nilo, de todos los seres y las demás cosas.

—Sí —concluyó—, yo soy Jepri al alba, yo soy Ra durante el día, yo soy Atom cuando cae la noche y las sombras del atardecer empiezan a cubrir la tierra.

Pero la acción maligna del veneno no se detuvo, pese a que Isis recitó todos los nombres. Así que la diosa volvió a hablar:

—Padre celestial, no me habéis confiado aún vuestro nombre secreto, pues no se encuentra entre los que he dicho. Reveladme el nombre y se detendrá la acción del veneno: para que surta efecto, debo incluir en mi hechizo el nombre último y más secreto de aquel que deseo salvar.

El dolor del veneno arreciaba, con más intensidad que la llama más abrasadora, y Ra gimió:

—Prometedme que nadie más conocerá mi nombre secreto, nadie excepto Horus, el hijo que darás a Osiris; Horus, que gobernará Egipto cuando Osiris emprenda su viaje al oeste, al reino de los muertos.

Isis lo prometió solemnemente, y el ka o doble espiritual de Ra se lo susurró al ka de Isis.

Así pasó el nombre secreto del corazón de Ra al de Isis.

Dicho nombre no era exactamente «Amón»; nunca se ha sabido a ciencia cierta en qué consistía.

Pero sí que sabemos que el nombre de «Amón» debía de formar parte de la denominación secreta: «Amón» es como el cuerpo del nombre, pero el secreto, el ka , sigue sin conocerse.

A partir de entonces, el padre de los dioses pasó a ser conocido como Amón-Ra, y con ese nombre fue adorado en Egipto durante miles de años.

Una vez que hubo conocido el nombre secreto, Isis lo incluyó en el hechizo que debía recitar, y declamó:

—¡Detén tu curso, veneno de cobra! ¡Detén tu acción maligna sobre Amón-Ra!

¡Sal del cuerpo del febril dios y obedece a mi hechizo, pues yo conozco su nombre secreto!

¡Ra vivirá y desaparecerá el veneno gracias a la magia de Isis, señora de los dioses, la única que conoce el verdadero nombre de Amón-Ra!