CUENTOS CASI VERÍDICOS ACTO DE AMOR
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ACTO DE AMOR

Hoy, como casi todas las tardes desde hace 5 años Inés entró al bar de San Juan y Boedo, se sentó y con voz tenue pidió, como siempre, un cortado con una medialuna de manteca.

Siempre busca la mesa de la ventana que da a Boedo... y mira muy atentamente el ir y venir de la gente, de vez en cuando mira el reloj como si esperara a alguien que nunca llega…

"Esta ventana es la televisión de la vida...!"— susurra casi imperceptiblemente.

Tres veces a la semana: jueves, viernes y sábados, Inés concurre al bar y repite la misma escena una y otra vez.

Siempre sola, siempre mirando la calle, la puerta de acceso al bar.

Inés Rinaldi es una mujer de 79 años, bien parecida, canosa siempre peinada con un rodete bajo. Se viste muy sencillamente, generalmente de oscuro.

Tiene un rostro sufrido, piel surcada por el tiempo, bellos ojos grises con mirada perdida.

Sus manos, un poco temblorosas, siempre juegan con un sobrecito de azúcar, como único signo de impaciencia.

Julio, uno de los dos mozos que atienden el bar en ese turno, ya la conoce. Se saludan cordialmente y a veces charlan del clima.

Pero ese día, Julio tuvo un impulso de hablar con esa señora tan enigmática quién, regularmente y sin faltar, asistía tres veces por semana al bar.

Percibió en la mirada de Inés una profunda tristeza... unos ojos vidriosos como de haber llorado.

—"Perdón señora, no quiero parecer impertinente… Puedo hacerle una pregunta?”

—“ Si, cómo no…Qué desea saber?”

—“Usted espera a alguien? Siempre la veo sentarse en la ventana y mirar hacia la puerta con cierta ansiedad...”

—"Efectívamente— contestó Inés — Espero a mi hijo Francisco que va a venir!"

—"Hace mucho que no lo ve?"— Preguntó Julio sin anímo de parecer entrometido.

—"Hace 5 años.... Es mi único hijo. Vivíamos juntos.

Tuvo la oportunidad de irse a España con un muy buen trabajo.

Al principio nos escribíamos... le va muy bien allá…

pero hace dos años que no sé nada de él…

Ya no atiende el teléfono… Debe de estar muy ocupado trabajando...

O debe de haber cambiado el número de teléfono, quizas, por eso no me puedo comunicar con él..

Pero yo sé que va a venir!.. Quizás sea hoy!!! No le parece??? – Preguntó con los voz esperanzada

—"El venía acá todos los jueves, viernes y sábados. Usted lo conoce?

— "No señora, yo trabajo acá desde hace 3 años. Lamentablemente no lo conozco. Pero entiendo su preocupación.

Yo hace un año y medio perdí a mi madre. Me fui a vivir con ella cuando me separé, vio. Es muy feo estar solo.

—“Ya le traigo su pedido. Lo de siempre, no?"

Inés movió la cabeza en forma afirmativa y esbozó una sonrisa.

Así fue como a partir de ese día, Julio e Inés comenzaron a entablar pequeñas charlas amenas... que con el tiempo se transformaron casi en una amistad.

Se contaban sus cosas cotidianas. Julio tenía 44 años, casi como Francisco, que tenía 46.

Inés vivía a pocas cuadras del bar, era viuda desde hacía más de 20 años. Su familia era de Entre Ríos y a pesar de que tenía algunas sobrinas en Buenos Aires, se veían poco.

Pero su única ilusión era ver a su hijo Francisco. Ese hijo que tanto adoraba.

Así pasaron los días, algunos meses, hasta que un día Inés no fue más al bar.

Julio se preguntaba qué podría haber pasado con esa señora tan cordial y bien educada que le hacía recordar a su mamá.

Ese fin de semana se le ocurrió preguntarle a Don Antonio, un vecino que de vez en cuando pasa y se toma una grapa en el bar:

— "Dígame don Antonio, Ud conoce a una señora Inés que viene siempre y se sienta en la ventana? "

— “La Sra Inés ? Sí, es conocida de mi esposa. Por..?”

—“ Hasta hace muy poco, venia tres veces por semana y ahora dejó de venir… Sabe algo de ella?”

— “Siii… Se puso mal y una vecina llamó a la ambulancia…Parece que está internada en el Argerich, con un problema pulmonar está la pobre!"

Esa noche Julio no se podía sacar la imágen de Inés de la cabeza. Estaría sola?¿ Habría venido el hijo por fin a verla?

Ese fin de semana, aprovechó el franco y decidió ir a verla al Hospital.

Averiguó en mesa de entradas y nadie le sabía decir porque Julio no sabía el apellido de Inés.

Hasta que una empleada con buena predisposición…le dijo que podría ser la paciente de la Habitación 32.

Subió al 3º piso, golpeó la puerta y entró.

La encontró muy decaída, más delgada. Una neumonía le impedía respirar bien, por lo que le habían puesto una mascarilla de oxígeno.

Apenas entró Julio, a Inés se le iluminó la cara. Se quitó la mascarilla y con una sonrisa, aunque con una voz muy tenue, dijo:

—"Francisco, hijo mío… viniste!!!"

Julio no sabía qué decir... pero no tuvo coraje para contrariarla.

— “Hijo de mi corazón, vení a darme un beso!!! Te esperé tanto hijo mío"!

Entonces Julio se acercó, y la abrazó con cariño dándole un beso en la mejilla.

— “Hola mamá! Cómo estás? Cómo te sentís?” — preguntó Julio sin encontrar valor para revelar quién era.

Inés casi no podía hablar, sus cansados pulmones no tenían más capacidad de aire.

—“No te agites mamá…ya estoy acá…ya me contarás todo..!”

En ese momento, entró una enfermera anunciando que el horario de visita había terminado.

Julio se retiró prometiendo volver al día siguiente, pensando que quizás podría aclarar la confusión.

Aunque ya no volvería a verla

Esa noche, a la 1.10 a.m, Inés falleció con una sonrisa en los labios.

Feliz porque finalmente su hijo Francisco, a quien esperó durante tanto tiempo, había ido a verla.