CAPÍTULO 54
Erin
Intento pasar los días lo más ocupada posible porque en cuanto bajo la guardia me derrumbo.
Llego al final del día tan agotada que, en cuanto toco la cama, me quedo profundamente dormida.
Puede que las pastillas relajantes que me han dado en la farmacia tengan algo que ver, pero, tal y como están las cosas, no voy a empezar a culparme por medicarme un poco.
Dorothy aparece a media mañana en mi despacho cargada con dos grandes bolsas.
—Estoy cocinando más cantidad de la cuenta y no sé qué hacer con tanta comida —me explica—. Anne no la quiere porque dice que está a dieta para encontrar novio. La lleva clara. Así que bueno, te traigo algunas tarteras porque no tienes pinta de cocinar.
—Gracias, supongo —le digo—. ¿Querías algo más?
—Sí. Como sabrás, voy a celebrar una fiesta de compromiso en algunas semanas y estás invitada.
Necesito que me arregles algunas cosas de la herencia.
No quiero que, si me muero, el golfo de mi prometido se quede con todo y antes tenía pensado dejarle mis bienes a…
—Se le rompe la voz y yo suspiro—. A Ethan. Sé que no le hacían falta, pero…
—Lo entiendo, Dorothy. Coge un pañuelo de la caja para sonarte los mocos si quieres —le ofrezco—. ¿A quién quieres que le dejemos tus cosas?
—Desde que el anterior cura resultó ser un criminal tampoco me convence la idea de dejárselo todo a la iglesia. No sé qué hacer…
—Tampoco tienes prisa, no creo que vayas a morirte pronto —la tranquilizo—. Tienes tiempo para pensártelo.
—¡Ethan también pensaba que tenía tiempo! —salta y sus palabras me golpean como un puñetazo y se apresura a disculparse—. Lo siento. No ha sido un comentario nada acertado. Estoy bastante nerviosa. Será mejor que me vaya y piense en lo de la herencia.
De mi boca no sale ninguna palabra y la anciana abandona mi despacho a toda velocidad. Dios, esto es agotador. No sé cuánto tiempo más voy a poder actuar como si mi vida no se estuviera yendo a la mierda.
Termino la jornada y salgo de la oficina.
Minerva hace rato que se ha ido. Es tardísimo, pero me resisto a volver a esa casa vacía.
Por el camino paro en el restaurante asiático para coger algo de cena.
Me cruzo con algún conocido que me mira con pena.
Me pregunto qué habrá sido de Anya, no la he vuelto a ver desde que me confesó aquello en el despacho de Ethan.
Muy a mi pesar llego al portal que, como siempre, está abierto.
No quiero esperar al ascensor, así que subo por las escaleras.
Abro la puerta de mi casa y un olor conocido me golpea en la cara.
No puede ser. No puede seguir oliendo a él, ha pasado un mes desde que ya no está.
Mi imaginación ya me está jugando otra mala pasada.
Sin embargo, cuando voy a la cocina a dejar la bolsa del restaurante, siento en mi columna una especie de corriente eléctrica que me paraliza. Sacudo la cabeza.
—Te estás volviendo loca, Erin —me digo en voz baja—. Es todo fruto de tu imaginación. Lo echas tanto de menos que tu mente inventa cosas.
Tengo la garganta seca y un cosquilleo en las tripas. Estoy completamente chiflada. Me quito el abrigo y cojo uno de los vasos que guardo en el mueble de encima del fregadero. Lo lleno de agua y me dirijo al salón; seguro que echan una peli mala que me entretiene mientras ceno.
El olor que he sentido al entrar en casa es cada vez más intenso, quizá se dejó alguna ropa aquí y es lo que estoy oliendo. Sí, tiene que ser eso.
Me detengo de golpe en el umbral del salón y el vaso de agua se me resbala de las manos, cae al suelo y se hace añicos.
No me puedo creer lo que estoy viendo. Tiene que ser fruto de mi imaginación. Los ojos se me llenan de lágrimas y la respiración se me acelera. Está más flaco, con la barba más larga y con alguna marca que antes no tenía. Pero es él.
—He vuelto, rubia.