EPÍLOGO
Ethan
Fue un puto milagro que sobreviviera a aquel accidente. No consigo recordar si pude salir por mi propio pie o si fue Miller quien me sacó antes de que el coche estallase.
Estuve un mes escondido en esta casa del bosque que adquirí hace algunos años por si tenía que ocultarme en algún momento.
Por ahora, no pienso salir de aquí. Es imposible de encontrar para alguien que no sepa que existe: rodeada de altos árboles, lejos de cualquier pueblo o ciudad y conectada a la carretera principal por un camino que es prácticamente intransitable.
Una maravilla para desaparecer del mapa una temporada, en especial ahora que tengo a la rubia aquí conmigo.
—Levántate del sofá y mueve el culo, que tenemos mucho que hacer todavía.
—Estoy convaleciente, rubia.
—¿Convaleciente? —Quiere sonar enfadada, pero una pequeña sonrisa la delata—. Ayer por la noche no parecías encontrarte mal y hoy por la mañana tampoco.
—Es imposible resistirse a esas braguitas diminutas que sueles llevar —le respondo con voz seductora y ella enrojece ligeramente.
—No me hagas el lío y muévete —me riñe—. No fui yo quien tuvo la idea de organizar aquí la fiesta de compromiso de Dorothy.
—No podía negarle nada a esa mujer después del mal rato que le hice pasar —explico. Es una pequeña concesión para compensarla, a ella y a los contados invitados que pueden saber que sigo vivo—. Pero tranquila, todavía falta mucho para que llegue.
—¿Mucho? —me grita—. ¡Pero si te ha llamado tres veces ya! Está histérica y puede aparecer en cualquier momento. ¡Mira cómo está la casa! Tenemos que colocar las mesas, los banderines, llamar a Joe para que traiga la bebida…
—Rubia —la corto.
—¿QUÉ?
—Relájate.
—Dios, no te soporto.
Sale del salón mientras saca el móvil del bolsillo y me levanto de golpe para ir tras ella. Ahogo una queja porque las costillas todavía me duelen cuando hago algún movimiento brusco, aunque estoy ya prácticamente recuperado del accidente.
Atrapo a la abogada y, agarrándola de la cintura, la giro y la estampo contra la pared de la entrada de la casa. Está a punto de protestar, pero llevo una de mis manos a su cuello y aprieto ligeramente.
—Dame el móvil.
—Si tú no piensas organizar nada, tendré que hacerlo yo.
—Dame el móvil y relájate —le ordeno y presiono mis caderas contra ella.
—Ethan… —susurra con la respiración acelerada—. No tenemos tiempo…
—Tenemos todo el puto tiempo del mundo.