CAPÍTULO 53
Erin
El pueblo me recibe con un día soleado, aunque se respira en el aire el típico viento frío que anuncia una tormenta de nieve. Todavía es temprano y le pido al taxista que me ha traído que me deje frente al bar de Joe, seguro que Caroline está aquí desayunando.
Abro la puerta del bar y el ambiente caldeado del interior me hace sentirme como en casa. Caroline se levanta de un salto en cuanto me ve.
—¡Has vuelto! ¡Por Dios, qué alegría! —Me da un abrazo que casi me ahoga—. Joe, ponle un café con leche. Tía, ¿vienes directa de donde tus padres? Ni has dejado la maleta en casa. Siéntate y cuéntame cómo estás.
Me dejo arrastrar por Caroline, que me quita el abrigo y me sienta en una de las sillas.
—No sé qué quieres que te cuente, hablamos ayer por la noche.
—Tienes mucho mejor aspecto. —No me deja ni hablar, no para de contarme cosas del pueblo.
Ha debido de sentirse muy sola sin mí—. Dorothy nos ha invitado a su fiesta de compromiso.
Sí, ya sé que nos pilla justo en navidades, pero está empeñada en no atrasarlo más.
Tendrá miedo de que Carl le ponga los cuernos otra vez.
Minerva ha gestionado tu oficina a la perfección y se casa en primavera, también estamos invitadas. A ver… qué más…
—Caroline, no sé si me apetece mucho hablar sobre bodas y fiestas de compromiso.
—¡Ay, Dios mío! ¡Perdóname! —Se lleva una mano a la cara—. Qué idiota soy. No había pensado que tú…
—Da igual. No importa —la tranquilizo. Es agotador intentar aparentar felicidad cuando todo me recuerda a Ethan—. Sigue contándome.
—Madre mía —chilla—. Igual tampoco quieres estar aquí. Después de lo de Halloween.
—Da igual, Caroline. De verdad. —Sonrío—. Voy a dejar la maleta en casa y voy al trabajo. Nos vemos luego.
Le doy un beso y salgo lo más rápido posible del bar. Mi casa está tal y como la dejé, aunque no la recordaba tan oscura y deprimente. Lanzo la bolsa a la entrada y me marcho, no quiero estar sola.
En la oficina, Minerva me recibe como si acabase de llegar de la guerra. Me llena de abrazos y besos y casi tengo que empujarla para que me deje llegar a mi despacho. Cierro la puerta y me dejo caer en la silla, agotada.
—Por lo menos llevas toda la mañana sin llorar —me felicito.
Empiezo a organizar los documentos para guardarlos en carpetas y el corazón se me para de golpe cuando lo encuentro.
Es el documento sobre el problema de ruidos del bar de Ethan; lo leo con rapidez hasta llegar a su firma, que acaricio con dedos temblorosos.
No ha pasado nada de tiempo y ha parecido toda una vida.
Las lágrimas vuelven a salir sin control, dejando manchas húmedas en el papel.
Minerva entra sin llamar al despacho y me encuentra de rodillas en el suelo.
Me quita el papel de las manos y los ojos se le humedecen a ella también.
—No tenías que haber venido tan pronto —dice con voz suave—. Ya lo ordeno yo todo. Vete a casa. ¿Quieres que llame a Caroline?
—No quiero que llames a nadie y no quiero irme a casa —digo entre sollozos—. ¡Estoy sola! La casa se me cae encima, Minerva. Le odio, le odio con todas mis fuerzas. ¿Para qué me buscaba si luego iba a morirse?
—Es muy duro, Erin, pero pronto verás que la vida sigue teniendo cosas maravillosas. La fiesta de compromiso de Dorothy va a ser como un manicomio, intenta vivir por lo menos hasta entonces.
Le doy un golpecito en el brazo y me río.
—Qué bruta eres. Lo voy a intentar —le prometo y la apunto con un dedo—, pero, como no pase nada interesante en esa fiesta, no respondo de mis actos.