CAPÍTULO 44
Erin
No muevo las tijeras de sitio y siento los dedos entumecidos de la fuerza que estoy haciendo. La luz del motel parpadea sobre nuestras cabezas a causa de la tormenta.
—No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer —le digo y él se aproxima un paso más—. No te acerques ni un centímetro más.
—Suelta las tijeras —me ordena, pero no le obedezco y retrocedo un paso, intentando alejarme de él—. Que sueltes las putas tijeras.
—Y si no, ¿qué? ¿Qué vas a hacerme? —Mi voz suena herida e intento que no se note que estoy a punto de llorar—. ¿Vas a joderme la vida? ¡Ah, no! Que eso ya lo has hecho.
Ethan aprieta aún más la mandíbula y entrecierra los ojos, sé que está a punto de saltar.
—No tienes ni puta idea de lo que estás diciendo. —Su voz suena ronca y un escalofrío, no tengo muy claro de qué, recorre mi espalda—. Sé razonable y dame las tijeras.
—¡Tú no mandas sobre mí! —le grito—. ¡Voy a hacer con mi pelo lo que me dé la gana y después me voy a largar para no verte nunca más! Has destrozado mi vida, eres un puto manipulador de mierda, un cobarde y un mentiroso.
El mafioso se tensa y su mirada desciende un segundo a mis labios, suspira y vuelve a clavar sus ojos en los míos. Sé que ha llegado a su límite.
Se lanza hacia mí sin darme tiempo a escapar.
Con un movimiento rápido, agarra la mano con la que sostengo las tijeras y me la retuerce hasta que abro los dedos y me las arrebata, lanzándolas con fuerza contra la pared.
Me empuja hacia atrás, obligándome a sentarme sobre la cómoda, y se encaja con fuerza entre mis piernas; le empujo del pecho para alejarlo de mí y escapar, pero no se mueve ni un centímetro.
Un brillo de victoria cruza su mirada y, con una sonrisa aterradora, saca una navaja del bolsillo.
Con un clic, la abre a pocos centímetros de mi cara.
Yo aguanto la respiración e intento inclinarme hacia atrás, aunque no me lo permite porque con su mano libre agarra un grueso mechón de la parte de atrás de mi cabeza y apoya el filo justo en la raíz de mi pelo.
Siento el frío del metal justo en mi nuca y mi respiración se acelera.
—¿De verdad quieres cortártelo? —Su voz es baja, casi un susurro, y en sus ojos ya no veo la furia que había antes; hay algo más profundo, algo doloroso—. ¿Quieres alejarte de mí para siempre?
Le sostengo la mirada y levanto la barbilla aún más, sintiendo con más intensidad su agarre en mi pelo. No pienso ceder.
—Corta —le desafío y una lágrima desciende por mi mejilla—. Hazlo. Hazlo de una vez y deja que me vaya.
Ethan no parpadea, aunque siento que sus manos tiemblan ligeramente. Se le acelera la respiración y me observa buscando un resquicio de duda, algún tipo de debilidad, pero no encuentra nada de eso.
—¿Crees que esto es un juego? —Su voz está llena de frustración—. ¿Crees que he actuado así por capricho? Si pensase que ibas a ser feliz lejos de mí, te cortaría yo mismo el pelo y te dejaría marchar. Estoy dispuesto a hacer cualquier puta locura por ti, aunque eso me destroce.
—¡Pues demuéstramelo! Demuéstrame que no eres un egoísta de mierda. ¡Hazlo, Ethan, joder! ¡Te lo estoy pidiendo!
Él no responde y nos quedamos quietos, mirándonos sin parpadear. Quiero ver si está dispuesto a darme lo que le pido, a pesar de que vaya a dolerme más de lo que me ha dolido nada en la vida. Estoy locamente enamorada de este hombre, aunque me haya mentido y aunque me haya manipulado.
Aprieta con más fuerza mi pelo y agacha la cabeza gruñendo con impotencia.
Cuando vuelve a mirarme noto que ha tomado una decisión y ya no puedo aguantar más las lágrimas, que descienden por mi rostro.
De pronto, Ethan separa la navaja de mi pelo, la cierra y la vuelve a guardar mientras pega su cuerpo más al mío.
Agarra mi cuello con su mano libre y me obliga a mirarlo.
—Joder, qué terca eres, rubia.
Con las respiraciones aceleradas, nos sostenemos la mirada durante algunos segundos hasta que Ethan se lanza con furia contra mi boca.
Intento apartarlo, estoy muy enfadada, pero él insiste, así que al final me rindo a lo que realmente quiero hacer y lo agarro de la camiseta para acercarlo más a mí.
Ethan ahoga un gemido y me levanta de la cómoda para llevarnos a la cama; yo rodeo sus caderas con mis piernas y él, sin dejar de besarme, me arroja sobre el destartalado lecho que cruje bajo nuestro peso.
Se coloca de rodillas entre mis piernas, se quita la camiseta blanca y la lanza al suelo.
Yo aprovecho para soltarle los pantalones, pero me aparta las manos con brusquedad y me las sujeta con fuerza sobre la cabeza.
—Dímelo ahora otra vez si tienes huevos —me susurra al oído con voz ronca y me da un suave mordisco en el cuello—. Dime que quieres largarte y no verme nunca más. Te juro por mi vida, rubia, que, si me lo vuelves a decir, dejo que te marches.
Las palabras se me atascan en la garganta cuando Ethan desciende por mi cuerpo, me arranca las mallas y las bragas de un tirón y hunde su cabeza entre mis piernas.
—Estás… Estás jugando sucio —consigo decir al fin.
El contacto de su boca me arranca un gemido que resuena entre las cuatro paredes del motel.
Arqueo la espalda y enredo mis dedos en su pelo corto para guiar sus movimientos; la barba de varios días me roza en los muslos y esa mezcla de dolor y placer hace que me olvide de todo lo que ha pasado entre nosotros.
Sé que ha mentido, sé que es un monstruo manipulador, pero en este momento me importa una mierda.
Ethan no se detiene hasta que mi cuerpo estalla en el mayor orgasmo que he sentido nunca.
—Ethan… no… no puedo vivir sin ti —murmuro con la voz entrecortada y teñida de placer
Él se incorpora de inmediato y, sin soltarme las piernas, me mira con los ojos nublados. No dice nada, pero sin dejarme recuperar el aliento, de deshace del resto de su ropa, me arrastra al borde del colchón y se introduce en mí de un solo golpe.
El impacto me hace soltar un jadeo y le envuelvo la cintura con mis piernas, clavándole las uñas en su espalda tatuada y arañándole mientras él empieza a moverse con fuerza.
Creo que voy a morirme. Ahora más que nunca me doy cuenta de que le pertenezco, de que siempre lo he hecho y de que estoy dispuesta a asumir cualquier cosa con tal de seguir junto a él.
Alcanzamos juntos el orgasmo y Ethan se desploma a mi lado.
Me rodea con sus brazos y me da suaves besos en la cara y en el pelo.
Su forma de besarme, de acariciarme, me sabe a despedida y me quedo muy quieta mientras memorizo este momento para recordarlo en un futuro, cuando las cosas se pongan feas.
El cansancio acumulado hace acto de presencia justo en este instante y siento cómo mis ojos se van cerrando. Ethan se acomoda a mi espalda y creo que alcanzo a oírle murmurar antes de dormirme del todo.
—Yo tampoco puedo vivir sin ti, rubia. No me da la puta gana.