CAPÍTULO 43
Ethan
El ambiente en la cocina de casa de Anya es tenso. Bob y ella me miran con preocupación.
—Me la suda lo que opinéis —les digo encendiendo otro cigarro—. Sabíamos que este momento podía llegar.
—Joder, Ruso, pero mandarlo todo a tomar por culo por una pija… Si es que llevo advirtiéndote todo este tiempo. Esa tía es nuestra puta ruina —estalla.
—¡Hostia, Anya! —le grito—. No tengo tiempo para gilipolleces. ¿Tienes los putos explosivos?
—Los tenemos —interviene Bob, siempre más conciliador—. Solo tenemos que conectarlos y, cuando el coche impacte contra el árbol, estallarán y harán que coja fuego.
—Perfecto, Bob. Miller me esperará en el camino de abajo del desfiladero para llevarme a un lugar seguro mientras las cosas se calman.
—¿Y la abogada? —pregunta Anya.
—No tiene que saber nada. Quiero que crea que estoy muerto. Es lo más seguro —explico.
—Así que no confías en ella… —Anya suelta una carcajada y sacude la cabeza.
—Cállate, joder. Tú solo céntrate en gestionar el club cuando yo no esté —ordeno—. Ahora me voy a ver si consigo arreglar las cosas con ella.
—¿Ahora? —Joder, Anya no piensa dejarme en paz. Parece mi madre—. Te van a pillar, Ruso, y no va a haber manera de sacarte de la cárcel.
—De eso se está encargando Anthony. No tienen nada oficial para poder detenerme, por eso sé que Hatman va a ir como loco mañana a por mí.
—¿Y Dorothy? —pregunta Bob.
—Ni una puta palabra a nadie más —exijo antes de salir del despacho.
Conduzco a toda velocidad hasta casa de la rubia y aparco el coche de cualquier manera. Subo de dos en dos las escaleras y toco el timbre. No me abre nadie.
—Rubia, abre de una puta vez. Tenemos que hablar.
Nada. Vuelvo a llamar, esta vez con más fuerza.
Sigo sin obtener respuesta, así que decido forzar la puerta y entrar.
El olor dulce de la abogada, que tan cachondo me pone, me golpea en la cara.
Todo está en silencio, así que voy a su habitación.
Está vacía y su armario está abierto. Empiezo a rebuscar en los cajones y veo que se ha dejado aquí sus dos teléfonos.
—Me cago en todo. Se ha ido.
La rabia me invade y salgo de su casa dando un portazo. Vuelvo a subirme en el coche y conduzco hasta casa de Miller. Toco al portero automático y hablo en cuanto alguien descuelga.
—Abre. Ya.
Miller está esperándome en la puerta en cuanto llego.
—¿Dónde cojones está? —bramo—. ¿Está aquí?
—Ruso, pasa y hablemos tranquilamente —me pide—. Erin ha estado aquí, pero se ha ido.
—¿Que se ha ido? ¡Hostia, Miller! ¡Había que vigilarla! ¿Cómo cojones se os ha escapado?
—Cuando Erin se pone en ese plan es incontrolable —se lamenta la librera.
—¿En qué plan? —pregunto.
—Cuando se ha enterado de lo del hijo de Hatman ha venido a confirmar que nosotros también lo sabíamos —explica Miller—. Ha dicho que la hemos decepcionado y que no quería saber nada de nosotros. Nos ha pedido que no la busquemos y se ha ido.
—No me lo puedo creer, joder. ¿Sabéis dónde está? ¿Ha podido irse a casa de sus padres? Necesito encontrarla, no hay tiempo.
—Yo… no estoy segura —interviene Caroline—, pero, conociéndola, yo creo que se ha escondido en algún motel de carretera. Nadie la buscaría allí; es demasiado pija como para alojarse en un sitio así.
—Sois raras de la hostia —le digo y me pongo a pensar—. A un par de horas de aquí hay un motel asqueroso en el que alguna vez he cerrado algún negocio. Empezaré por ahí. Si aparece, me avisáis.
—Ethan —me llama la librera cuando voy a salir de la casa—, no le hagas nada. Por favor.
—No me jodas, hombre —digo y cierro de un portazo.
La lluvia cae con fuerza durante el camino y es noche cerrada. Conduzco lo más rápido posible porque no puedo perder más tiempo. La cuenta atrás para el plan de huida ha comenzado ya.
Cojo el desvío hacia el motel Freedom y paso a toda velocidad por delante del supermercado medio abandonado que hay a poca distancia.
En el parking del motel solo hay un coche: es el de la rubia.
La he encontrado. Todas las habitaciones están a oscuras excepto una, así que dejo el coche justo al lado y me bajo del vehículo hecho una furia.
No me molesto ni siquiera en tocar la puerta, sé que ella está dentro y que no va a abrirme si llamo.
Le pego una fuerte patada a la puerta y esta se abre.
Recorro con la mirada la habitación y la veo paralizada mirando hacia mí.
Bajo la vista a su mano derecha y aprieto la mandíbula al ver lo que está a punto de hacer.
Doy un par de zancadas y me planto frente a ella, mojando la habitación a mi paso.
—¿Qué coño crees que estás haciendo?