CAPÍTULO 42
Erin
Me despierto más calmada y con las ideas mucho más claras.
Voy al armario y meto un par de cosas en una bolsa de viaje.
Tengo que desaparecer; huir de aquí y empezar mi vida en otro lugar.
Todos me han mentido. Me han utilizado. Se han aprovechado del amor que siento hacia Ethan para manipularme.
De él me lo podía esperar, pero ¿de ellos?
¿De mis propios amigos? Tengo cuatro llamadas perdidas de Ethan en el móvil prepago.
Lo apago y lo meto en el cajón de la mesilla.
Hago lo mismo con mi teléfono y salgo de casa.
Al salir del portal miro que no haya nadie vigilando y me subo a mi coche.
Pongo rumbo a casa de Caroline y Jackson porque necesito escuchar la verdad de sus bocas; necesito que reconozcan que me han mentido.
La puerta de su casa se abre casi en el instante en el que toco el timbre y mis supuestos amigos me miran con preocupación.
—Erin, menos mal que estás bien —susurra Caroline.
—Decidme que no es verdad —suelto con rabia mientras entro en su casa—. Decidme que vosotros no sabíais que Ethan había asesinado al hijo de Hatman.
—Yo…
—Caroline no tiene nada que ver en esto —la defiende el policía—. Todo ha sido culpa mía. Pensamos que lo mejor era que no supieses que la de Hatman era una venganza personal. No queríamos que te asustases.
—¿Así que lo sabíais? —suelto una risa falsa—. ¡Soy cómplice de un puto asesinato! Ayer mismo vi cómo llevaban a un hombre moribundo a su presencia y, ¿qué hice? ¡Irme a casa! ¡Y no solo eso! ¡Me llevó a ver un puto amanecer! Y hoy me entero de que mató al hijo de Hatman.
—Eso no es del todo así —interviene Jackson—. El Ruso no lo mató directamente. El hijo de Hatman y yo estábamos infiltrados… Se precipitó, hubo un tiroteo y el Ruso decidió salvarme a mí en lugar de a él. Hatman nunca pudo demostrar nada y por eso está rabioso.
—¡Me da igual! ¡Ya me da igual todo! —grito—. Casi acabo en la cárcel por un tío que ni siquiera confía en mí, que me cuenta solo lo que le interesa para manipularme. Y vosotros… lo vuestro es peor.
—Erin, por favor —suplica Caroline—, vamos a sentarnos y a hablarlo.
—No tengo tiempo de hablar nada. Me marcho antes de que Ethan me encuentre. Ya me pondré en contacto con vosotros cuando esté preparada. No me busquéis. Me habéis fallado.
Los dejo con la palabra en la boca y vuelvo a mi coche.
Salgo a toda la velocidad del aparcamiento y pienso.
¿Qué hago ahora? No puedo ir a casa de mis padres porque me encontrarían; necesito irme más lejos, pero ¿a dónde?
Conduzco sin rumbo durante un par de horas y, cuando empieza a anochecer, decido que tengo que parar en algún sitio a dormir.
Veo un cartel en el que anuncian un motel a 5kms, así que tomo ese desvío.
Nadie va a esperarse que me esconda en un sitio tan mugriento como ese.
Pocos metros antes de llegar al motel diviso una especie de supermercado ruinoso que todavía tiene las luces encendidas.
Aparco el coche y dudo unos minutos antes de salir.
Tengo que hacerlo. Respiro hondo antes de bajar del coche y cruzo a toda velocidad los pocos metros de aparcamiento que me separan de la tienda.
Genial, ha empezado a llover; espero que, por lo menos, el motel no tenga goteras.
La puerta del supermercado está tan sucia que me da asco tocarla, pero no me queda otra.
Saludo a la dependienta, que me mira con pereza y aburrimiento.
Ella tampoco parece haberse duchado desde hace años: el pelo grasiento y mal teñido se le pega al cráneo y tiene la camisa del uniforme llena de algunas manchas rojizas muy sospechosas.
Recorro el local buscando lo que necesito; las estanterías están medio vacías y juraría que toda la comida debe de llevar meses caducada.
Qué sitio tan horrible. Por fin localizo lo que necesito y me acerco a la caja.
La horrible mujer me mira con una sonrisa desdentada al ir a cobrarme.
—¿Huyes de algo, bonita? —pregunta con voz ronca.
—¿Yo? —Estoy a punto de entrar en pánico. ¿La tendrá contratada Ethan?—. Claro que no, ¿por?
—Como has comprado unas tijeras y tinte para el pelo… ¿De quién escapas? ¿Algún marido maltratador? ¿Te has metido en líos?
—Estás equivocada —murmuro.
Pago a toda velocidad y me largo de allí sin ni siquiera despedirme.
La lluvia cae con fuerza cuando me monto en el coche de nuevo para conducir hasta el motel, así que la escena no puede ser más terrorífica; tengo los nervios de punta y el repiqueteo del agua en el coche no hace otra cosa que aumentar mi estrés.
El aparcamiento del motel está completamente vacío y mi parte racional me advierte de que debo huir de ahí, que no es buena idea pasar la noche en un lugar como ese. Sin embargo, tampoco sé qué otra cosa puedo hacer, así que aparco, cojo mis cosas y corro hacia la recepción.
Entro al edificio y el hombre de la recepción, que me inspira la misma confianza que la mujer del supermercado, se sobresalta al verme.
—Buenas noches —saludo—, necesito una habitación.
—¿Está usted sola? —Su voz es siniestra y sus ojos amarillentos—. Puede ser peligroso… Esto está muy apartado, no hay nadie…
—No me importa —respondo mirando la puerta para asegurarme de que no me han encontrado—. Deme una habitación, por favor.
—Son 300$ —sonríe malicioso y espera a que saque la tarjeta. Cuando pago, me entrega una llave—. Su habitación es la número 10. Salga del edificio y recorra el camino hasta la última puerta. Suerte.
Dios mío, esto es peor que una película de terror y, para colmo, la habitación es carísima.
Le arranco la llave de las manos y salgo corriendo de allí.
Las manos me tiemblan cuando intento abrir la puerta y me cuesta varios intentos conseguir meter la llave en la cerradura.
La puerta se abre con un chirrido que me pone los pelos de punta y me apresuro a encender la luz.
La habitación es peor de lo que pensaba: tiene una cama de matrimonio destartalada a mano izquierda, a mano derecha hay una especie de cómoda sobre la que hay un antiguo televisor y justo al lado hay un espejo lleno de telarañas.
La puerta que hay al fondo supongo que será la del baño, pero no tengo valor de entrar.
El olor a humedad y a algo putrefacto inunda mis fosas nasales a medida que me adentro en la estancia, pero no me atrevo a abrir las ventanas, así que me resigno a pasar así la noche.
Dejo mi pequeña maleta sobre la cama y la bolsa del supermercado encima de la cómoda.
Me siento en la única silla de la habitación y me paso las manos por el pelo.
¿Estaré exagerando? Puede que sea verdad que han hecho todo esto por mi bien.
Por Dios, ¿pero en qué estoy pensando? Me han engañado, me han utilizado, me han traicionado y ahora estoy a punto de entrar en la cárcel o de que los secuaces de Ethan, o el propio Ethan, me encuentren y me peguen dos tiros.
Tengo que seguir adelante con mi plan y largarme de aquí.
Me levanto y me quito el jersey, quedándome solo con una camiseta básica de tirantes; por lo menos no hace mucho frío en la habitación.
Me coloco frente al espejo y saco de la bolsa las tijeras y el tinte negro para el pelo.
Cojo las enormes y oxidadas tijeras de cocina y las sujeto con fuerza.
La mano me tiembla. Con la otra, agarro un mechón de pelo y acerco el filo hasta sentir el frío del metal en mi cuello.
Me vuelve loco tu pelo, rubia. Sus palabras se repiten en bucle en mi cabeza.
Una lágrima desciende por mi mejilla. Era tan feliz...
¿Lo era? ¿Se puede ser feliz cuando alguien está mintiéndote?
Tengo que hacerlo. Corta, Erin, hazlo. Empieza de nuevo.
Demuéstrale que no te importa. Agarro el mechón con más firmeza. Dios, cómo cuesta hacer esto.
Un estruendo en la puerta me paraliza y hace que me gire de golpe.
La enorme figura de Ethan aparece en el umbral; el contraste entre la oscuridad del exterior y la luz de la habitación, dotan al mafioso de un aura peligrosa.
Su silueta ocupa casi todo el marco de la puerta y, detrás de él, la tormenta ruge con fuerza.
La corriente de aire que entra por la puerta me produce escalofríos.
Los ojos claros de Ethan recorren la habitación y se detienen en las tijeras que sostengo en mi mano derecha.
Aprieta la mandíbula y, en dos zancadas, se planta frente a mí.
—¿Qué coño crees que estás haciendo?