Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Ethan

Deshacernos de este mierda ha sido más fácil de lo que pensaba y hemos matado dos pájaros de un tiro: no podrá contarle a Hatman nada sobre las cabañas y, además, hemos mandado el mensaje definitivo a los que pensaban que me la podían jugar.

Debería estar contento; sin embargo, mientras veo teñirse de rojo el agua del lavabo, solo puedo pensar en que esto ya no me satisface como antes.

Preferiría estar en casa comiendo una pizza y viendo una película barata de terror. Con la rubia.

—Ruso, vamos a llevar esto al crematorio. —Anya me saca de mis pensamientos—. Vete a casa, das pena.

—¿La rubia ha llegado bien? —pregunto y observo a Bob, que me mira preocupado—. ¿Pasa algo?

—No, jefe… Solo que cuando ella salía de tu despacho… puede ser que se haya cruzado conmigo y Walters.

Anya comienza a reírse y sacude la cabeza.

—Lo que faltaba, ahora tenemos a una pija traumatizada.

—Cállate, Anya —ordeno—. Terminad de limpiar todo esto. Me marcho.

—Ruso, no vayas a verla, te van a pillar. Es peligroso —me dice Bob—. Deja que lo solucionemos mañana, cuando tengamos claro en qué anda Hatman.

—Haberlo pensado antes de pasearte con Walters por todo el pasillo —ladro.

Cojo la cazadora y salgo del despacho. Conduzco como un loco hasta casa de la abogada y subo las escaleras hasta su piso. Tengo que arreglar esto. Toco el timbre y espero. No abre nadie. Vuelvo a tocar y por fin escucho unos pasos acercarse a la puerta.

—Abre la puerta. Soy yo. —Escucho un sollozo—. Abre la puta puerta o la tiro abajo.

Por fin abre y la miro: tiene unos chorretones negros bajo los ojos a causa del maquillaje corrido, está despeinada y le tiemblan las manos.

—¿Qué quieres? —susurra.

—Ponte un abrigo y ven.

—¿A dónde? ¿Qué vas a…?

—No voy a hacerte nada, joder. Ven conmigo, quiero llevarte a un sitio.

—Estoy horrible.

—Eso es imposible.

Se pasa las manos por la cara para quitarse las lágrimas y coge el abrigo de la entrada. Entramos en el ascensor y hacemos todo el trayecto mirándonos en silencio. Joder, es preciosa.

—Yo no he visto nada —me dice al salir del portal—. Quiero decir… sí he visto, pero no voy a decir nada.

—Da igual, rubia. Sube al coche.

Arranco y conduzco durante unos minutos sin decir nada.

Ella me mira de reojo y suspira, pero no parece asustada.

Al salir del pueblo, cojo la carretera que va a la ciudad y me desvío por el camino que sube al mirador; es ahí donde suelo ir cuando necesito pensar o cuando las cosas se me complican.

Unos veinte minutos después estoy aparcando: desde aquí se ve el bosque en el que se sitúan las cabañas Burrows y a lo lejos se ve una zona del lago que está junto al Hostal Peony.

La abogada baja del coche y se acerca al borde de piedra del mirador.

—Ethan, este sitio es precioso.

—Eso me dicen las mujeres a las que traigo aquí—bromeo para quitar hierro a la situación y me coloco junto a ella.

—Idiota —se ríe y me da un golpe en el brazo—. ¿No tenías trabajo? ¿Qué hacemos aquí?

—Ya he terminado —zanjo el tema. No quiero darle más explicaciones, creo que ya ha visto suficiente—. Había pensado traerte a ver el amanecer.

—Ruso, te estás ablandando. Tu matona tenía razón —me provoca, pero cuando la miro vuelve a ponerse seria—. Ese hombre de antes… tú…

Suspiro y me enciendo un cigarro, le hago un gesto y nos apoyamos en el capó del coche. Miro al horizonte antes de empezar a hablar, tratando de ordenar mis ideas y pensando qué contarle.

—Ese hombre era uno de los empleados de Leonardo y me la tenía jurada. Aparte de vender su droga en mi zona, pensaba hablar con Hatman y contarle lo de las cabañas —explico—. En este oficio, rubia, o matas o mueres.

—¿Y no te cansas? —me pregunta en un tono teñido de tristeza—. Supongo que te viste obligado a entrar en este mundo por algún motivo, pero a estas alturas…

Suelto una risa amarga, tiro el cigarro al suelo y lo piso con la bota. Sigo manteniendo la vista al frente, no quiero ver su cara cuando le cuente la verdad.

—No busques una excusa trágica para justificarme —comienzo—.

Tuve una infancia jodidamente normal. Mis padres eran gente trabajadora, honestos y muy tradicionales.

Cenábamos juntos todas las noches, jugaba al fútbol en el equipo del colegio y nunca me faltó de nada.

No tengo excusas, rubia. No me volví así porque mi padre me pegara o porque fui abandonado.

Miro a Erin, que vuelve a tener los ojos llorosos, pero me hace un gesto para que continúe hablando.

—Quiero saberlo todo, Ethan. Quiero saber de quién me he… con quién estoy.

—Me metí en esto a los quince años por ambición y por sacar un dinero fácil haciendo recados para Dimitri Petrov, el verdadero Ruso.

Movía paquetes, vigilaba esquinas… Pero en este negocio, si eres inteligente y no parpadeas ante la sangre, escalas rápido.

Y yo lo hice. —Como veo que Erin sigue callada sigo con la historia—.

Cuando mis padres se enteraron de dónde salía el dinero que entraba en casa, se les cayó el mundo encima.

No pudieron soportar que su hijo fuese un criminal, así que dejaron de hablarme, vendieron la casa y se largaron de aquí.

Hace dieciséis años que no sé nada de ellos, ni siquiera si siguen vivos.

—Dios mío, Ethan —susurra—. Es horrible.

—Cada uno toma sus propias decisiones, rubia.

Yo decidí seguir con Dimitri y ellos decidieron largarse.

—Me ahorro el decirle que, para mí, mi verdadero padre, quien estuvo ahí cuando más lo necesité fue él—.

Cuando Dimitri falleció, me nombró su único heredero y me convertí en el dueño de todo esto.

Estaba completamente solo en esta mierda hasta que te vi en las cabañas.

Ella traga saliva y me mira en silencio durante unos segundos con la compasión reflejada en su mirada.

—¿Y por qué no lo dejas? —pregunta acercándose más a mí—. Si estás cansado, si ya tienes suficiente dinero… ¿por qué no te marchas?

Suelto un largo suspiro, la agarro de la cintura y la coloco entre mis piernas.

—Porque de este mundo no te jubilas. Sé demasiado, tengo demasiados enemigos y la policía no va a dejar de perseguirme, aunque lo deje todo. —Agarro su cara con suavidad—. La única forma de salir de este mundo es muerto. No hay otra opción.

Ella no dice nada, pero se acerca más a mí y me da un largo beso, uno lleno de todas esas cosas que no se atreve a decirme.

—Volvamos a casa. Tienes que descansar.

La rubia asiente y se sube al coche. Arranco y comenzamos a descender por la serpenteante carretera de montaña envueltos en un silencio cómodo.

Ella se apoya contra la ventanilla, observando el paisaje con la mirada perdida.

Todavía no sabe por qué Hatman está tan empeñado en acabar conmigo y espero que no tenga que saberlo nunca.

El sonido del teléfono rompe el silencio del coche y Erin me mira alarmada. Saco el móvil del bolsillo y descuelgo.

—Dorothy. ¿Qué pasa?

—Hijo, no te lo vas a creer. —La voz de la anciana suena pastosa, como si estuviese borracha todavía—.

Anne y yo hemos montado una gorda en la fiesta y nos han llevado detenidas a comisaría, acaban de dejarnos salir.

Resulta que una marrana salidorra ha querido robarle el stripper a Anne y claro, hemos tenido que enfrentarnos a ella. Apareció la…

—Abrevia, que no tengo tiempo —la corto—. Ahórrate los detalles y vete al grano.

—Sí, perdona —se disculpa—. Resulta que estando en el calabozo hemos escuchado a Hatman hablar con uno de sus perritos falderos. Ethan, tienes que hacer algo urgentemente porque…

—¡Dorothy, joder! —le grito—. Dime de una puta vez qué pasa.

—Qué poca paciencia tienes. Parece ser que Donald va a hablar a cambio de que le disminuyan la pena y de tener algunas comodidades en prisión. Están terminando de negociar con él. Tienes que darte prisa y hacer algo porque como él cuente todo lo que sabe…

Intento que mi cara no refleje lo que la anciana acaba de contarme.

Tenía que haber pensado que esa puta rata iba a hablar; todavía me pregunto por qué lo dejé vivir.

Puta mierda. Anya me advirtió y la ignoré; ahora sí que va a cabrearse.

Siento la mirada de la rubia clavada en mí, pero no quiero que se entere de lo que está pasando.

—Yo lo soluciono —contesto a Dorothy y cuelgo.

—¿Qué pasa? —pregunta Erin—. ¿Algún problema?

—Un contratiempo con uno de los envíos. Nada serio.

—¿Y para eso te llama Dorothy? —No se ha tragado la mentira—. ¿Seguro que no es algo más?

—Seguro. No te preocupes.

Aparco debajo de casa de la abogada y la acompaño al portal tras asegurarme de que no hay nadie observando.

—Puedo ir sola, no hace falta que me acompañes.

—Ya sé que no hace falta que te acompañe, pero no me da la puta gana de que vayas sola.

—Veo que vuelves a ser todo amabilidad —me ataca y se detiene junto a su puerta. Se acerca a mí y, sujetándome de la cazadora, me da un largo beso—. Ten cuidado.

—Si no subes ahora mismo a tu casa, eres tú la que vas a correr peligro. No despiertes a la bestia, rubia.

Ella se ríe y entra en el portal. Yo me quedo observándola desde fuera hasta que desaparece en el ascensor. Inmediatamente, saco el móvil para llamar a Bob y vuelvo a mi coche.