CAPÍTULO 38
Erin
Decir que el ambiente en el taxi es raro es quedarse corta.
Cuando después de recoger a Minerva en su casa, hemos ido las tres al bar de Joe para hacer tiempo antes de ir al club, han aparecido Dorothy y Anne vestidas con trajes de lentejuelas y terciopelo.
Un horror para la vista de cualquiera y un atentado al buen gusto.
—Una despedida de soltera solo con tres personas es una tristeza. Sé, Minerva, que es tu segunda boda, pero tampoco tienes que quitarle importancia —ha explicado Dorothy—. Nos apuntamos para poner ambiente.
—No creo que tengáis edad para estas cosas —les he dicho—. Tomaos la pastilla y a dormir.
—Dorothy me ha informado de que habéis contratado los servicios de un stripper y yo no puedo negarme a ese plan. Desde que Boris me dejo por aquella sosa y Donald está en…
—Calla, Anne —la ha cortado Dorothy—. Hoy no eres la protagonista. Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos?
Caroline y yo hemos mirado a Minerva con la esperanza de que les dijera a las ancianas que no estaban invitadas, sin embargo, esta se ha encogido de hombros con resignación.
—Este no es el taxi que había pedido —ha protestado Caroline al salir del bar y ver el coche que nos esperaba.
—He tenido que pedir uno más grande —ha explicado Dorothy—. No entrábamos todos en el tuyo. Venga, sube, no perdamos más el tiempo.
Así que aquí estamos: apretujadas en un taxi rumbo al que iba a ser el fiestón del año con la compañía de dos viejas que no callan.
—Hemos desempolvado nuestros mejores trajes para arrasar en ese club de mala muerte —parlotea Dorothy—. Y no he avisado a Carl de que salía porque, a pesar de nuestra inminente boda, el pobre se pone celoso pensando que voy a dejarle por alguien más joven.
—Es muy probable que eso pase, sí —respondo con hartazgo.
—Pues yo llevo en el bolso muchos billetes de un dólar para metérselos en el tanga al stripper —comenta, entusiasmada, Anne—. Los desengaños amorosos que voy sufriendo últimamente no van a frenarme.
—Dios mío… —murmura Caroline.
La única que parece estar pasándolo bien, aparte de las ancianas, es Minerva. Me alegro por ella.
Por fin llegamos al club y, tras pagar al horrorizado taxista, bajamos del vehículo, que sale derrapando del aparcamiento.
En la puerta nos espera una joven guapísima y muy sonriente a la que el traje oscuro le queda como un guante.
¿Se habrá acostado ella también con Ethan?
Siento una punzada de celos que me obligo a eliminar, parezco idiota.
—Buenas noches, chicas y… señoras —saluda mirando confundida a las dos nuevas incorporaciones—. Permítanme que las acompañe a su mesa.
—¿A nuestra mesa? —pregunta Minerva—. Disculpe, pero no teníamos reservada ninguna mesa.
—Son órdenes del jefe —responde la joven sin perder la sonrisa.
—Ah, claro… cómo no —murmuro y me dirijo a ella para averiguar cosas—. ¿Llevas mucho trabajando para él? ¿Os conocéis en profundidad?
—¿Disculpe? —La chica parece sorprendida—. Yo no… Nunca he…
—No le hagas caso, bonita —interviene Dorothy—. Los celos son terribles.
—Yo no estoy celosa —aclaro.
—Bien, esta es su mesa —nos informa cuando llegamos al reservado—. Un camarero les atenderá durante toda la noche, no duden el pedir lo que deseen.
—¿Y el tío bueno que se desnuda? ¿Cuándo sale? —pregunta Anne—. Vengo por eso.
—El espectáculo comienza en media hora aproximadamente. Pónganse cómodas.
La pobre chica huye espantada y no la culpo. Esto parece un manicomio. Un camarero bastante mono aparece a los pocos minutos y nos sirve unos cócteles.
—Esto está buenísimo —comento y le doy otro largo trago a la bebida.
—Erin, querida —dice Dorothy—, ¿ya sabe Ethan que estás aquí? Ha sido todo un detalle por su parte darnos esta mesa.
—Es que es un caballero —respondo con ironía—. Voy a ser muy clara, Dorothy, porque no quiero que me preguntes más por él: me da igual si sabe que estoy aquí o no. Estoy pasando de él. Por salud mental y eso, ya sabes.
—Es que ayer le escribió un mensaje a Ethan y no le ha respondido —suelta Minerva.
Anne y Dorothy sueltan un chillido y se inclinan hacia mí para enterarse del chisme.
—Minerva, deja de beber que se te suelta la lengua —la riño.
—¿A qué juega ese muchacho? Caroline, ¿qué opinas?
—No opino nada, Dorothy. Cada vez entiendo menos la dinámica entre estos dos, aunque me parece bien que Erin pase de él.
—¿Qué ponía en ese mensaje? —pregunta Anne.
—Cobarde —responde Minerva antes de darme tiempo a hacerlo a mí.
Las ancianas vuelven a chillar.
—Seguro que está cabreadísimo —opina Dorothy—. Deberías subir a su despacho y echar un polvo de reconciliación.
—Yo también estoy cabreadísima —respondo—. Y no pienso subir ahí. Ayer estaba convencida de cantarle las cuarenta, pero creo que le va a molestar más si me ve aquí pasando de él.
—Me parece un plan magistral —aplaude Anne.
Un foco se enciende al fondo del reservado y aparece un chico joven y muy atractivo. Empieza a sonar You can leave your hat on y él empieza a bailar y a quitarse la ropa. Qué predecible todo. Anne chilla y silba entusiasmada y comienza a lanzarle billetes. Madre mía.
El camarero vuelve a aparecer cuando Anne está totalmente desatada tocando los abdominales del pobre stripper. Trae una botella de champagne que deja sobre la mesa. Me mira y me entrega un papel doblado. ¿Qué coño? Caroline me observa de reojo mientras lo leo.
Has pasado el día aparentando tranquilidad, pero te conozco y sé que estás desquiciada. Deja de hacerte la dura y sube a mi despacho de una puta vez.
Será hijo de puta… Ahora sí que se va a cagar encima.
Me levanto de golpe y Caroline intenta detenerme.
—¿Qué vas a hacer? No será para tanto, tía. Pasa de él. —Le lanzo la nota y la lee con rapidez—. Es imbécil. Te está provocando, pero no entres en su juego.
—¿Que no entre en su juego? Se va a arrepentir de haber nacido.
—¡Erin, no hagas una locura! —me gritan.
Salgo del reservado como una exhalación y localizo las escaleras que suben a su despacho.
Subo como un huracán, cruzo el pasillo y abro la puerta con tanta violencia que el pomo choca contra la pared.
Recorro el despacho con la mirada hasta que veo a Ethan fumando un cigarro tan tranquilo y apoyado en la cristalera que da a la pista de baile.
Se gira lentamente y esboza una sonrisa ladeada.
—¿Qué pasa, rubia? Te noto un poco enfadada.
—¡Eres un gilipollas! —Le doy un golpe a la puerta, que se cierra con un sonoro portazo. La música del club se escucha amortiguada—. ¡Un puto gilipollas manipulador!
—Estás preciosa cuando te enfadas. —Sonríe y eso me cabrea aún más. Se lo está pasando en grande a mi costa—. ¿No te ha gustado el champagne ?
—No me ha gustado tu puta nota —le grito acercándome a él y lanzándole el papel a la cara.
—¿Mi puta nota o que no te respondiese al mensaje? —me provoca.
Le da una última calada al cigarro y lo apaga en el cenicero. Se apoya en su mesa y cruza los brazos.
—Las dos cosas —suelto acercándome aún más a él—.
Llevo un día entero sin saber nada de ti tras haberle mentido a la cara a un policía.
¿Y tú qué haces? Mandar a Anya a mi despacho a amenazarme con pegarme un tiro si hablo, ser tan puto cobarde de no responderme a un mensaje y ser tan manipulador de mandarme una nota para que suba aquí.
¿A qué juegas? No quiero volver a verte. Pasa de mí y déjame seguir con mi vida.
—Mientes —gruñe—. Yo seré un manipulador, pero tú eres una puta mentirosa.
Sin darme tiempo de insultarle de vuelta, clava sus manos en mi cintura y me levanta en vilo. Nos gira y me sienta sobre su mesa, colocándose entre mis piernas. El vestido se me sube por los muslos y él no puede evitar mirarlos antes de clavar sus ojos en los míos.
—Vuelve a llamarme cobarde ahora, rubia —susurra contra mi boca y mi respiración se acelera.
¿Puede ser que esté poniéndome cachonda?
Estoy de psiquiátrico—. Dímelo a la cara, pero que sepas que tengo a media comisaría pisándome los talones e intentando hundir mis negocios y en lo único en lo que puedo pensar es en que esta mierda no te toque ni un pelo.
Lo estoy arriesgando todo para mantenerte a salvo.
Me quedo sin aire y mi cabeza se debate entre lo que debo hacer y lo que realmente quiero hacer.
Dios, si es que soy muy débil. Le sostengo la mirada y siento su corazón latir acelerado bajo la mano que tengo apoyada en su pecho.
Él se aprieta más contra mí y sube las manos por mis muslos, sus pulgares casi rozan el comienzo de mis bragas.
Intento hablar, pero las palabras no salen de mi boca así que decido hacer lo que lleva apeteciéndome toda la noche: llevo mis manos a su nuca y le beso.
Ethan introduce su lengua en mi boca y descargamos toda nuestra frustración en ese contacto.
Busca la cremallera de mi vestido y la baja y yo meto las manos por debajo de su camiseta.
Seguimos besándonos, no quiero que se separe ni un milímetro.
Estoy enferma, loca, pero el deseo me está consumiendo.
Ethan me agarra del pelo y su boca desciende por mi barbilla hasta llegar al cuello, donde se detiene para morderlo.
Le desabrocho los pantalones con torpeza y él aparta la tela de mis bragas para tocarme por fin.
Mi espalda se arquea hacia él y meto la mano en el interior de sus calzoncillos; quiero que me lo haga aquí y ahora.
Ya no me importa nada: ni la policía, ni la cárcel, ni perder la licencia. Solo somos él y yo.
—Ethan, por favor… —susurro.
—Por favor, ¿qué, rubia? —responde colocándose mejor entre mis piernas.
—Yo…
La puerta del despacho se abre de golpe, acabando con toda la magia. Ethan no se separa de mí, pero gira la cabeza para ver quién ha entrado. Anya ni se inmuta al vernos así.
—Veo que estás muy ocupado pensando con la cabeza equivocada, Ruso —dice con voz plana—. Están subiendo el paquete.
Puedo notar cómo Ethan se tensa y su expresión se vuelve de hielo. Cierra los ojos un segundo y suspira frustrado. Se separa de la mesa con brusquedad y se abrocha los pantalones antes de girarse. Ya no queda ni rastro del hombre que estaba besándome hace unos minutos.
—Bajo enseguida —le comunica a Anya y esta sale del despacho—. Vuelve abajo con tus amigas, rubia.
Me bajo de la mesa temblando tanto que casi pierdo el equilibrio sobre los tacones.
Me subo la cremallera del vestido y me lo recoloco como buenamente puedo; no me atrevo a mirar a Ethan, aunque siento que sus ojos están clavados en mí.
Paso junto a él para irme, pero me agarra de la mano con suavidad.
—Yo lo siento, no tendría que haberte enviado ese mensaje ni… ni esto tendría que haber pasado.
—No pidas perdón por algo que no podemos evitar —susurra él y me da un rápido beso en los labios—, pero a partir de ahora recuerda que todo lo que hago lo hago por ti.
Salgo del despacho con una mezcla de sentimientos que no sé si voy a ser capaz de gestionar.
Me adentro en el pasillo que lleva hacia la pista de baile y, cuando giro la esquina freno de golpe.
Se me corta la respiración y me llevo la mano a la boca para no gritar.
Bob y otra persona se dirigen a una puerta cerrada que hay enfrente arrastrando por los brazos a un hombre malherido que va gimiendo de dolor y dejando un reguero de sangre por el pasillo.
¿Será ese el paquete del que hablaba Anya?
¿Qué van a hacerle? Bob alza la mirada y me ve ahí parada, parece sorprendido, aunque tampoco disimula lo que está haciendo.
Nos miramos durante un par de segundos hasta que mis piernas responden y echo a correr hacia la discoteca.
Vuelvo al reservado al borde de un ataque de nervios: mis amigas se lo están pasando en grande.
Cojo mi bolso y me marcho del club ignorando los gritos de Caroline.
El aire helado de la calle me golpea la cara.
Necesito un taxi, necesito irme a casa. Ethan es un monstruo, va a matar a ese hombre.
Por Dios, Erin, no seas hipócrita, ya lo sabías.
Sabes a qué se dedica y aun así has estado a punto de tirártelo en su despacho.
¿Qué estoy haciendo? Comienzo a llorar y un coche negro se detiene frente a mí.
Perfecto, ahora encima igual me secuestran.
—Señorita Peterson. —El conductor es un hombre elegante que, contra todo pronóstico, me inspira confianza—. Suba, la llevo a casa.
—¿Te manda Ethan? —pregunto entre lágrimas.
El hombre no responde, pero me hace un gesto para que me suba al coche. Estoy demasiado cansada, así que obedezco.
El trayecto hasta casa transcurre como una ensoñación, ya no sé distinguir lo que es real de lo que no.
¿Habré visto realmente a ese hombre? Seguro que Ethan tenía un buen motivo para hacer lo que ha hecho, ¿no?
Madre mía, soy lo peor. Bajo del coche y, al llegar a mi casa, entro y cierro la puerta con llave.
Me dejo caer en el pasillo y lloro. Lloro porque, a pesar de lo que he visto, no tengo miedo de Ethan y porque si sigo así voy a acabar en prisión o muerta.
Debo de haberme quedado dormida porque el sonido del timbre me despierta con un sobresalto. Miro el móvil: son las cinco de la mañana. ¿Será la policía?