CAPÍTULO 37
Ethan
Me toca los cojones tener a Hatman soplándome la nuca porque tengo que limitar mi actividad a salir a correr por las mañanas y venir después a mi despacho del club. Me siento como un puto león enjaulado.
El mensaje que me envió ayer la rubia tampoco ayuda a calmar mis nervios, estaba muy enfadada.
Decidí no responderle, así que pensaba que hoy estaría más enfadada aún.
Sin embargo, Anya me ha dicho que la ha visto muy tranquila: ha salido temprano de su casa para ir a correr y a primera hora de la tarde se ha ido a la peluquería.
Tengo que reconocer que esa calma me tiene preocupado y de mala hostia: ¿Por qué no está cabreadísima?
¿Se habrá cansado de mí? Joder, soy un puto gilipollas. Tengo que centrarme.
Faltan dos horas para la apertura del club y desde mi despacho puedo ver a los empleados llenando las cámaras y organizándolo todo.
Hoy va a haber muchísima gente, lo que me viene muy bien para acabar con el tema de Walters.
Anya da órdenes a los camareros, que la obedecen sin rechistar.
Le encanta mandar sobre todo cuando está enfadada y hoy parece cabreadísima.
Bob sigue vigilando el motel donde se esconde ese imbécil.
Me sirvo una copa, parece que todo está bajo control.
Todo menos la rubia, luego pienso bajar a hablar con ella.
Suspiro más tranquilo, parece que el haber tomado esa determinación ha calmado mis nervios. Soy idiota. Un puto idiota enfermo.
La tranquilidad me dura poco porque la puerta de entrada del club se abre dando paso a cuatro policías. No me jodas. Anya se dirige a ellos y se ponen a hablar; desde aquí no puedo escuchar lo que dicen, pero percibo la tensión en la postura de ella.
Los policías señalan el despacho y Anya saca su móvil. Unos segundos después, mi teléfono empieza a sonar. Descuelgo.
—Ruso —su voz es seca—, baja al bar.
Me aseguro de guardar la pistola en la caja fuerte y bajo. A medida que voy acercándome a los policías, estos se encogen ligeramente y esbozan una incómoda sonrisa.
—Señor Davenport —saluda el que parece el jefecillo—, ha llegado a nuestros oídos que hoy habrá bastante lío en el local.
—No más que cualquier otro día —respondo—. ¿Ocurre algo?
—Han venido para ver los permisos y esa mierda.
El tono de Anya es de enfado y la entiendo; ya vinieron hace menos de dos meses y me encargué de hablar seriamente con la policía para que nos dejasen en paz. Esto ha tenido que ser cosa del puto Hatman.
—Estamos hablando con su jefe, señorita —se dirige a ella uno de los policías.
Anya se cruza de brazos y le lanza una mirada asesina. Yo esbozo una sonrisa, estoy deseando que Anya le plante cara.
—Paso de esto —suelta ella—. Me voy a terminar de organizarlo todo.
—Bien, señor Davenport, estamos aquí para una revisión rutinaria y para comprobar que todos los permisos y papeles estén en regla.
—Por supuesto. —Sonrío. Hijos de puta—. Vengan a mi despacho.
Los guío hacia allí en un silencio incómodo. Ellos lo observan todo con atención. Son imbéciles si creen que van a encontrar algo o que van a poder cerrarme el local.
—En primer lugar, querríamos ver el seguro de responsabilidad civil y el permiso de aforo máximo permitido.
Me siento en mi butaca y abro el cajón donde guardo todos los permisos y papeles. Saco una carpeta y se la tiendo al policía, que la abre y lee con atención.
—Como verá, está todo en regla. Igual que hace dos meses.
—El policía se dispone a hablar, pero le corto—.
Vamos a agilizar esto porque tengo mucho trabajo.
Seguramente quieran ver también el plan de evacuación, la licencia de actividad con ampliación de horario especial y los contratos de mis trabajadores.
—Si tiene a mano esos documentos…
—Claro que los tengo a mano. Tome.
Le ofrezco otra carpeta y el policía la mira. Puedo ver la decepción que cruza su semblante.
—¿Necesitan algo más? —pregunto con excesiva amabilidad.
—No… Con esto será suficiente. Le dejamos trabajar.
—Los acompaño a la salida, no vaya a ser que se pierdan y se queden aquí atrapados. —Los policías sonríen incómodos y se apresuran a bajar las escaleras hacia la zona del bar—. Espero que Hatman se quede tranquilo al saber que tengo todo en orden.
—Los papeles están en orden, sí —confirma el jefecillo—, pero andaremos por la zona vigilando que no haya ningún altercado.
—Ustedes verán.
—¿Es una amenaza?
—¿Amenaza? —Suelto una breve carcajada—. Por favor… ¿Por quién me toman? Que tengan un buen día.
Los policías salen del bar y me dirijo hacia Anya.
—Ese hijo de puta de Hatman nos quiere joder. Va a mandar a la puta poli por la noche para «vigilar que no haya altercados» —digo eso último imitando el tono de imbécil del policía.
—¿Y qué hacemos?
—Lo mismo que otras noches. Que no nos pillen.
—¿Y Walters?
—Lo metéis por la puerta de atrás y lo bajáis desde el pasillo de mi despacho al sótano. El plan se mantiene.
Anya asiente y se gira para gritar a algún pobre camarero que no ha hecho lo que ella le ha pedido.
Una vez en mi despacho vuelvo a pensar en la rubia, no puedo permitirme bajar al bar para hablar con ella y que los hombres de Hatman nos pillen. Se me ocurre una idea y sonrío mientras voy en busca del encargado de la zona VIP .
—Jefe —saluda al verme.
—Giovanni, quiero que lleves a las chicas de la despedida de soltera a la zona VIP y les des la mejor mesa. Cuando lleven un rato bebiendo, les regalas una botella del champagne más caro que tengamos y le entregas a la rubia una nota que voy a escribir ahora.
El camarero asiente y me da un papel y un bolígrafo. Comienzo a escribir. La rubia se va a poner de muy mal humor y me va a comer vivo. No puedo esperar a que lea la nota.