CAPÍTULO 36
Erin
El resto del día tras la visita de Anya es un auténtico infierno; tengo el estómago tan cerrado que cuando Minerva viene a preguntarme a ver si salgo a comer con ella, le digo que tengo demasiado trabajo. Ella me mira con desconfianza, pero no hace ningún comentario al respecto.
—Minerva —añado antes de que se marche—, no hace falta que vengas por la tarde.
—¿Seguro? —suspira—. Como quieras. No te olvides de que mañana es mi despedida de soltera.
—¿Cómo olvidarlo? Me muero de ganas de tener una noche de chicas —respondo forzando una sonrisa.
—¡Lo vamos a pasar genial! —dice, emocionada.
Respiro aliviada cuando se marcha y me cambio la ropa que llevo puesta por un chándal que tengo dejado en el despacho para cuando me apetece ir a hacer deporte. Todo me agobia, me siento fatal.
—¿En qué momento mi vida se fue a la mierda?
—me lamento en voz alta—. Era una abogada de éxito con una vida tranquila, y ahora…
Ahora soy cómplice de asesinato. Y lo que es peor: creo que estoy enamorada de un mafioso guapísimo que ha mandado a su matona para amenazarme.
Es que no ha tenido ni la decencia de venir él. Se va a cagar.
La compasión que sentía por mi persona hace unos minutos muta en algo parecido al odio y rabia hacia Ethan. Saco el móvil prepago y envío un mensaje:
Cobarde.
Cuando un par de horas después salgo del despacho para ir a casa de Caroline y Jackson, el mensaje sigue sin respuesta. Te odio, Ethan. Te odio.
Hago el trayecto de muy mal humor y conduciendo como una salvaje, así que sospecho que mi aspecto cuando toco el timbre de casa de mi amiga y esta me abre, debe de ser deplorable porque la librera ahoga un grito de horror, típico en ella, y se lleva las manos al pecho.
—Dios mío, Erin, estás horrible. ¿Qué te ha pasado?
—Hola a ti también —saludo y la empujo para poder entrar a su casa—. Me ha pasado de todo. Dame vino. No, mejor no. Algo más fuerte.
Entro en la cocina, donde Jackson está terminando de organizar la cena. Se gira al oírme.
—Joder. —Su cara es un poema—. ¿De dónde vienes?
—Del trabajo. ¿De dónde voy a venir? —Cruzo los brazos y me quedo mirando a la pareja, que me observa horrorizada—. Por Dios, no puede ser para tanto.
—Estás… Estás muy despeinada y… y llevas un chándal bajo el abrigo —balbucea Caroline.
Miro mi atuendo y me encojo de hombros.
—Bastante que llego de una pieza. —Vale, igual estoy siendo un poco dramática, pero siento que mi vida se está desmoronando—. El idiota de Ethan me ha enviado a su matona y me ha amenazado. ¿Qué os parece? ¿Dónde está mi alcohol, Caroline?
—Toma, perdona.
Caroline tiene la cara desencajada. Cojo la copa que me ofrece y me siento en el sofá.
—¿Cómo que Ethan te ha mandado a su matona? —pregunta Jackson—. Se me hace muy raro, no es su estilo.
—¿Y cuál es su estilo? —añado con hostilidad—. ¿Asesinar directamente?
—Ay, Dios, Erin.
Caroline se sienta junto a mí.
—¿Para qué iba a enviarte a Anya si sabe que no vas a hablar? —interviene Jackson—. El Ruso sabe que no necesita amenazarte con nada.
—¿Por qué? ¿Porque estoy pilladísima por él?
—Por ejemplo —responde Caroline.
—No soporto lo creído que es. Se piensa que porque tiene una cara bonita, un cuerpo increíble, una personalidad arrolladora y es un dios en la cama voy a dejarle arruinar mi vida. ¡Pues no! —digo esto último chillando, lo que provoca un sobresalto en mis amigos—. ¡Se va a enterar!
—Erin, no hagas ninguna locura —me advierte Jackson—. El Ruso sabe cómo actuar y mantenerte a salvo.
—Pues para saber cómo actuar lo veo bastante perdido, ¿no? Me dice que no sigamos en contacto y aparece en mi casa, asesina a un policía, me manda a la loca esa…
Los dos se quedan en silencio unos segundos.
—Lo que yo creo —comienza Caroline— es que, aunque Ethan esté acostumbrado a este tipo de complicaciones, nunca ha sentido nada parecido por alguien y por eso se comporta así. Quiere mantenerte alejada, pero no puede hacerlo.
—Puede ser, sí —coincide con ella Jackson—. Conozco al Ruso desde siempre y no recuerdo que haya tenido ninguna pareja seria. Ha estado con muchas mujeres, con muchísimas. También se ha acostado varias veces con Anya y recuerdo una vez que…
—Cállate, por favor —lo corto, enfadada.
—Vamos a centrarnos —dice el policía—. Hatman os está observando muy de cerca, está empeñado en que tenéis algo y, como os descubra, va a ir por ti: sabe cómo presionarte y hacer que hables.
Y sabe también que eres el punto débil del Ruso; si te presiona a ti, él va a saltar.
Solo necesita una prueba para ir a joderos.
—¿Qué pretendes entonces? ¿Que me comporte como un muñeco y deje que mangonee mi vida como le plazca?
—ataco—. Ahora no quiere verme y me tengo que aguantar; si por la noche se le antoja aparecer en mi casa, lo tengo que recibir; si quiere enviarme a sus sicarios, me tiene que parecer normal. ¿Es eso lo que quieres?
—Nadie quiere eso, Erin —intenta calmarme Caroline—. Solo queremos mantenerte a salvo.
Decido no responder a mi amiga y me termino la bebida de un trago.
Cada vez estoy más enfadada, no me puedo creer que ellos también estén de acuerdo con ese idiota.
Voy a cambiar de tema para que me dejen en paz, pero mañana durante la despedida, pienso cantarle las cuarenta a Ethan.
O no, quizá lo mejor sea darle de su propia medicina y pasar de él.
—Tenéis razón —digo en tono suave y dócil—, voy a haceros caso a todos. El pobre Ethan solo quiere lo mejor para mí. Por cierto, me ha comentado antes Anne que Dorothy quiere casarse.
Caroline sigue mirándome con sospecha, pero creo que ella tampoco tiene ganas de discutir.
—¿Casarse? Yo pensaba que solo quería organizar una fiesta por navidad para afianzar su relación con Carl delante de sus amigos.
—Tiene más sentido —reconozco—. En menos de dos meses no da tiempo de organizar una boda.
—Cualquiera sabe con esos dos.
La cena se desarrolla con tranquilidad y, cuando me despido de ellos para irme a casa, parecen más tranquilos que al inicio de la velada. Quedo con Caroline para recoger a Minerva en su casa el día siguiente e ir juntas al club de Ethan.