CAPÍTULO 35
Ethan
Creo que me he fumado la mitad del paquete de tabaco cuando Anya entra en mi despacho con su aspecto duro de siempre. El piercing que lleva en la nariz brilla cuando se acerca y me observa con una mezcla de asco y compasión.
—Mírate, si pareces una niñita sufriendo por amor. Das pena, Ruso.
No me molesto ni en levantarme del sofá en el que llevo compadeciéndome de mí mismo un par de horas y atravieso a la chica con la mirada.
—No me toques los cojones, Anya, o vas a acabar muy mal —respondo y doy otra calada al cigarro—. ¿Ya has estado donde la rubia?
—Sí, y ya le he transmitido tu mensaje.
—¿Cómo que le has transmitido mi mensaje? ¿Qué puto mensaje?
—He tenido que recordarle cuál es su nueva realidad y que más le vale tener la boca cerrada —me aclara tan tranquila.
—¡Joder, Anya! —Me pongo en pie de golpe y la agarro del cuello con fuerza—. Te dije que vigilases quién entraba a su despacho, no que hablases con ella.
Anya me sostiene la mirada.
—Me estás haciendo daño.
—Pues te jodes.
—Alguien tiene que poner algo de cordura en este manicomio. Suéltame, Ruso —me pide y la suelto con un empujón—. La miras y te ablandas, no te reconozco. Si se os va de las manos, estamos muertos. Piensa con la puta cabeza.
—¡Es lo que estoy haciendo, joder!
Me paso las manos por el pelo antes de darle la espalda a Anya y mirar a la pista de baile vacía a través de la cristalera. Tengo que calmarme.
La puerta del despacho se abre de golpe y Anya y yo nos giramos sacando nuestras respectivas pistolas. Al ver que es Bob las volvemos a guardar.
—Ruso, lo tenemos. Sabemos dónde se esconde Walters. Ahora solo tenemos que cazarlo.
—Por fin una buena noticia —celebro y miro a Anya mientras tanto.
—Que te jodan, imbécil —suelta ella.
Ignoro su insulto y me dirijo a Bob.
—¿Dónde está?
—En un motel de mala muerte en la carretera a la ciudad —responde Bob—.
Se esconde como un cobarde, pero lo hemos localizado y hemos interceptado una de sus llamadas.
No solo está vendiendo droga en tu zona, también tiene intención de colaborar con la policía y contar lo de las cabañas.
Está esperando a que Hatman le haga una buena oferta.
—Ya te dije que ese siempre fue fiel a Leonardo, a pesar de que pensaste que te habías hecho con el control de sus hombres —añade Anya—. Si se me permite opinar, controlaría también lo que hace Donald Burrows en la cárcel; no nos olvidemos que él lo sabe todo.
—Ese gilipollas no va a hablar, lo tenemos acojonado —respondo.
—Lo que tú digas, Ruso.
—Anya, no tenses más la cuerda —le advierto.
Me está tocando las pelotas, pero no tengo tiempo de discutir más con ella ahora.
Tengo que deshacerme de Walters antes de que hable con Hatman porque, si cuenta todo lo que sabe, el policía tendrá lo que necesita para hundirnos.
Y no solo eso, descubrirá que la rubia estuvo allí conmigo.
Tengo que silenciar a ese bastardo, aunque tampoco puedo precipitarme.
—No hagáis nada todavía —ordeno—. Tenemos que saber qué se trae con Hatman. Vigilad el motel durante toda la noche y aseguraos de que no se va a ningún sitio. Controlad sus llamadas. Lo quiero aquí mañana por la noche.
Anya frunce el ceño y la miro para que hable. Seguro que ya va a dar por culo con algo.
—Mañana es la despedida de soltera de la amiga mustia de la abogada y tu noviecita va a estar aquí. Es peligroso.
—Es el momento perfecto —la contradigo—. El club va a estar a reventar; nadie va a ver ni escuchar nada de lo que pase en el sótano y, como la rubia va a estar aquí, podemos tenerla controlada.
Bob asiente y se marcha para coordinar las labores de vigilancia del motel.
Anya, por su parte, me mira en silencio, sacude la cabeza y se va también.
La puerta se cierra con un suave clic y me vuelvo a quedar solo en el despacho.
Saco otro cigarro y me lo enciendo; este puto vicio me va a acabar matando, pero no me importa.
Solo puedo pensar en ella, en la mierda en la que se ha metido por mi culpa.
Ahora es mi obligación protegerla y evitar que Hatman la destruya; si para eso tengo que volver a mancharme las manos de sangre, lo haré.