CAPÍTULO 34
Erin
Tengo los nervios tan al límite y Anne me está poniendo tan nerviosa que estoy a punto de hacer una pelota con un papel y metérsela en la boca para ver si así se calla.
—Quiero que quede claro que, si fallezco, todo lo que tengo pasa a ser propiedad de mi gata.
—Eso ya está reflejado en los documentos, Anne —repito con hartazgo.
—Dorothy me dice que estoy loca —se queja y se acerca más a mí para hacerme una especie de confidencia—. Esa lo que quiere es que mi pequeña fortuna caiga en sus manos y en las del infiel de su novio. No me extrañaría que quisieran asesinarme. ¡Que conste eso también!
Me llevo las manos a la cabeza, dejo el bolígrafo sobre la mesa y respiro hondo para evitar estrangularla.
—Anne, por Dios, nadie quiere asesinarte.
—¿Cómo estás tan segura? ¡Cosas más raras se han visto en este pueblo! —Yo pongo los ojos en blanco y ella, horrorizada, se pone en pie de un salto—. ¡Oh, Dios! ¡Estáis compinchadas para acabar conmigo!
—Madre mía… Voy a explicártelo todo de nuevo. Mira, en este docume…
La puerta se abre de pronto dando paso a Anya, que mira la estancia con algo parecido al asco. O al aburrimiento.
—¡Maleducada! —chilla Anne—. Estoy en una reunión importantísima.
Anya la mira sin inmutarse y se acerca a la mesa.
—Pírate, abuela —ladra.
—Esto… Esto es… —protesta la mujer, pero se apresura a recoger sus cosas—. Tendrás noticias mías.
Soy incapaz de moverme de mi asiento, estoy al borde del colapso. Anya se cruza de brazos y mira de reojo a Anne, que da semejante portazo al salir que un cuadro precioso que tenía colgado junto a la puerta se cae al suelo y se rompe, llenando de cristales el suelo.
—Mi día mejora por momentos —murmuro.
—Y más que va a mejorar, Barbie. —Anya se sienta de cualquier manera en una de mis sillas y apoya su pistola en la mesa—. Me envía el Ruso. Oh, no pongas esa cara, no vengo a matarte. Todavía.
—¿Te envía Ethan? —Me cruzo de brazos para que no vea que me tiemblan las manos—. ¿No es capaz de comunicarse directamente conmigo?
Anya sonríe y acaricia el arma con los dedos de forma distraída. Alza la cabeza y clava en mí su mirada felina. No me extraña que Ethan tuviese algo con ella, la verdad es que es guapísima. Aunque me cae fatal.
—No puede. Hatman lo tiene vigilado y el Ruso no quiere correr el riesgo de que os relacionen aún más.
—Intento intervenir, pero ella me detiene—.
No me interrumpas. Vengo a transmitirte calma, Ethan está haciendo todo lo posible por solucionar esto; lo único que tienes que hacer es mantener cerrada tu bonita boca.
—¿Que vienes a transmitirme calma? —La voz me sale más alta de lo que pretendía—. Entras sin llamar, aterrorizas a Anne, pones tu pistola en mi mesa y me amenazas. Perdona, pero mi concepto de calma es bien distinto del tuyo.
Anya no se inmuta ante mi estallido, diría que incluso le divierte. Se recuesta en la silla y me mira de arriba abajo con desprecio.
—¿Tanto te aburría tu vida de irte de compras, a la peluquería y de brunch con tus amiguitas como para liarte con el malote del pueblo?
Bien, pues esto es lo que pasa cuando quieres jugar a las casitas con un criminal: que igual acabas muerta.
—Sonríe al ver mi cara de horror—. ¡Oh, pero no te preocupes!
Por algún motivo que desconozco, a él parece que le interesas.
De momento. Pero no te relajes, tienes las manos manchadas de sangre y has mentido a la policía por él.
Estás jodida. Ya no puedes permitirte ningún error, porque lo pagarías con la vida.
Sus palabras me golpean como un puñetazo, pero no pienso dejar que me humille una vez más.
—Si eres una amargada, no es mi problema. Así que no se te ocurra volver por aquí e interrumpirme mientras trabajo.
Anya clava su mirada en el fondo del despacho, perdida en algún recuerdo lejano, y creo percibir algún atisbo de humanidad en su expresión. Me atrevería a decir que incluso se encoge ligeramente. ¿Qué terrible y dramática historia de amor esconde tras esa fachada aterradora?
—¿Amargada? No pensarás que siempre he sido así, ¿no?
Hace diez años yo era igual que tú; también me enamoré y también pensaba que ese amor iba a salvarme.
A salvarnos. —Saca del bolsillo un paquete de tabaco y se enciende un cigarro—.
Aprendí por las malas que el amor nos hace débiles y tú estás debilitando al Ruso.
—Es él quien me busca —digo cortante. No voy a permitir que me culpe a mí de lo que está ocurriendo—. Es él quien viene a mi casa en mitad de la noche y quien no puede mantenerse alejado.
Anya se queda en silencio y exhala el humo.
—Por eso eres tan peligrosa. No eres consciente del poder que tienes sobre él; está dispuesto a arriesgar todo lo que ha conseguido solo para mantenerte a salvo. Barbie, yo también tuve una debilidad hace años y mírame ahora. Si no le pones límites, el Ruso acabará igual que yo: destruido.
Se pasa la mano por su cabeza rapada, coge la pistola de la mesa con un movimiento rápido y se la guarda en la chaqueta junto con el tabaco. Se levanta de la silla y me mira por última vez.
—Ten la puta boca cerrada. Es la única forma de que sobreviváis a esto.