CAPÍTULO 32
Erin
Apenas he pegado ojo, siento que mi vida se ha convertido en una pesadilla.
Aderezada con buen sexo, pero una pesadilla, al fin y al cabo.
Tenía que haberme quedado en la ciudad, fue un error volver y fue un error mucho mayor sucumbir, de nuevo, a los encantos de Ethan.
Pero ¿cómo no hacerlo? Ese hombre me encanta.
Mientras vuelvo a ducharme tomo una decisión: voy a dar mi testimonio sobre lo que ocurrió ayer con Toby y voy a seguir con mi vida.
Nadie se aburre del Ruso y sigue con su vida como si nada .
Las palabras de Anya se repiten en mi cabeza; sin embargo, esa «amenaza» no me produce inquietud ni nada que se le parezca: me siento extrañamente tranquila, aliviada incluso.
¿Qué tipo de enfermedad mental tengo? ¿Estaré enamorada de ese criminal?
Mira que habré cometido errores y locuras en mis treinta y cuatro años de vida, ¿pero esto? Esto se lleva la palma.
Me visto sin darle más vueltas al tema, ya lo solucionaré después.
Llego a comisaría, dispuesta a interpretar mi papel una vez más: cené con Toby y me marché sobre las diez de la noche dejándolo en perfecto estado.
—Señorita Peterson —Hatman me está esperando en el vestíbulo—, ¿ha podido descansar algo? Acompáñeme.
—No he dormido mucho, inspector —respondo compungida—. Estoy bastante nerviosa.
—Ahora mismo le digo al inspector Miller que le traiga un café o una infusión.
Entramos en una pequeña sala decorada solo con una mesa y dos sillas iluminadas por un fluorescente que parpadea.
Qué asco de sitio. Jackson ya está aquí, apoyado en la pared.
Me mira y me hace un asentimiento apenas perceptible.
¿Sabe la verdad? Trago saliva y me siento en la silla que me ha indicado Hatman. Sobre la mesa hay una carpeta cerrada.
—Miller, trae un café para la señorita. —Jackson asiente de mala gana y se marcha. Yo lo sigo con la mirada—. Ahora que Toby no está, me he visto obligado a nombrar a Miller como mi ayudante. Bien, señorita Peterson, ¿cenó usted ayer con Toby?
—Sí, como le he explicado esta noche, él me invitó a cenar para celebrar su ascenso. Fui a su casa, cenamos y me marché.
—¿Conocía mucho al agente? ¿Tenía enemigos?
—¿Enemigos? —pregunto en un susurro—. Él era un buen hombre, creo. Lo conocí en Halloween y no habíamos vuelto a coincidir.
Jackson entra y deja mi café sobre la mesa. Yo lo sostengo con las dos manos para ocultar mi temblor.
—Ayer por la tarde acudió usted al Club Urano, propiedad del Ruso. Me dijo que llevaba algunos documentos que él debía firmar.
—Así es —asiento.
—¿Fue solo a eso?
—¿A qué más iba a ir? —respondo con falsa inocencia—. Él se negó a acudir de nuevo a mi despacho, así que no me quedó otra que ir yo al suyo. Una visita desagradable, si me permite opinar.
—Lo imagino. Ese hombre es el mismísimo Diablo.
Aun así, comprenda que tenga mis dudas sobre esa visita: Toby me comentó que defendió usted al Ruso en la fiesta de Halloween.
Después, usted visita al Ruso en su despacho y Toby aparece muerto en lo que, me atrevería a decir, parece un crimen pasional.
—¿Toby le dijo eso? —No puedo contener la ira—.
Mire, inspector, le voy a ser muy clara porque me parece un escándalo que intente acusarme de algo.
Nunca defendería a un criminal como Et… como el Ruso —me corrijo—.
Solo le dije a Toby que en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, él tenía todas las de perder.
Si Toby sintió su masculinidad herida e interpretó mis palabras de otra manera, no es mi problema.
—No intento acusarla de nada, solo le expongo los hechos —responde Hatman—. Ya que está aquí, quiero enseñarle unas imágenes, por si se le refresca la memoria, quizá también en lo concerniente a las cabañas.
Hatman abre la carpeta y saca varias imágenes que coloca en la mesa frente a mí. Dios mío, no puedo contener una arcada: el rostro de Toby está inflamado, lleno de golpes y con sus brazos en una postura totalmente antinatural. Una mancha roja, enorme, ensucia su camisa blanca.
—¿Qué… qué le han hecho? —murmuro.
—Ya ve, señorita, que esa gente no tiene escrúpulos. ¿Los está protegiendo? La próxima en acabar así, o peor, puede ser usted.
La siguiente imagen que me muestra es la de un amasijo de carne con una mano amputada, así que deduzco que debe de ser Leonardo. Dios mío, si es que no parece ni un ser humano. De pronto, la cabeza me duele muchísimo, tengo náuseas y creo que voy a marearme. Miro a Jackson.
—Hatman, es suficiente —dice—. La señorita Peterson ya te ha dicho que no tiene nada que ver con el Ruso y que no sabe qué ocurrió con Toby cuando ella se fue. Vamos a dejar que se marche a su casa.
El inspector lanza una mirada rabiosa a Jackson y clava sus ojos en mí.
—No tenemos pruebas todavía de que la gente del Ruso haya tenido algo que ver en esto, pero no cejaré en el empeño de encontrar a los culpables. No se equivoque de bando, Peterson.
—No lo haré, inspector. Mi mayor deseo es que todo esto se esclarezca.
—Puedes irte, Erin —dice Jackson al fin.
Suspiro aliviada y me pongo en pie.
—Eso lo decido yo, Miller —gruñe Hatman. Yo, que ya me había levantado para irme, me quedo quieta, sin saber muy bien qué hacer—. Puede irse, señorita, pero no se aleje del pueblo.
—No tenía ninguna intención de hacerlo. Que tengan un buen día.
En cuanto salgo de la comisaría vomito hasta la primera papilla en una de las papeleras del parque. Más recuperada ya, voy al despacho de mi oficina, tengo muchísimo trabajo atrasado y prefiero centrarme en eso y no en que he mentido sobre un asesinato con una facilidad pasmosa.
Saco algunos documentos en los que estoy trabajando, pero me resulta imposible centrarme.
¿En qué me he metido? No hay que ser muy lista para saber que todo esto va a terminar conmigo en la cárcel, muerta o con el corazón roto.
¿Qué pasará cuando la investigación sobre la muerte de Toby llegue a su fin?
¿Y cuando Ethan se aburra de mí? ¿Tendré que fugarme, cambiar mi aspecto y adoptar una nueva identidad?
La puerta del despacho se abre de golpe y casi sufro un infarto.
—La próxima vez llama antes de entrar, por Dios.
—Erin, Dios mío, estás bien. —Caroline tira el bolso al suelo y corre a abrazarme—. ¿Qué te ha hecho ese monstruo?
—Ethan nada. De momento.
—Ese no, hablo de Toby. Jackson me lo ha contado todo, habló con el Ruso por la noche.
—¿Lo sabes todo? ¿Todo?
—Creo que sí. —Caroline baja la voz—. Toby intentó forzarte, lo apuñalaste en defensa propia y el Ruso solucionó las cosas a su manera.
Yo asiento y me quedo callada. Dicho así no suena tan terrible.
—He estado declarando y tengo miedo.
—¿Te ha amenazado?
—No… pero no hacen más que repetirme que no dudará en deshacerse de mí en cuanto me convierta en un estorbo.
—Qué horrible… —susurra Caroline.
—Eso no va a ocurrir, puedo reconocer a un hombre enamorado en cuanto lo veo. —Dorothy ha irrumpido en el despacho sin llamar y, a juzgar por su comentario, ha escuchado parte de nuestra conversación—. Él nunca te lo va a decir, pero yo lo sé.
—Dorothy, es de mala educación escuchar conversaciones ajenas —la riño.
—También lo es apuñalar a un policía y no te digo nada.
Yo me quedo sin saber qué responder y Caroline se pone de mi lado.
—Fue en defensa propia.
—En defensa propia o no, los problemas se acumulan: tenemos dos cadáveres, un policía muerto y un inspector forastero que odia profundamente a Ethan —sentencia Dorothy y se sienta junto a nosotras.
—Dios mío… Vamos a acabar todos en la cárcel. Eso, si Ethan no me mata antes.
—No seas pesada, no va a matarte —suspira la anciana.
—¿Cómo estás tan segura? —pregunto—. Anya me dijo que yo solo era un entretenimiento.
—Bah, no hagas caso a Anya. Ya no entiende de sentimientos. Conozco a Ethan desde hace muchos años y hemos forjado una relación muy cercana; me consta que ha tenido amantes, pero por ninguna se ha arriesgado tanto. Vi cómo te miraba en las cabañas.
—Eso le he dicho yo también —la apoya Caroline.
—Tú me dices una cosa diferente cada día. Vas a volverme loca y, por Dios, dejad de decir cómo me miraba Ethan.
—Lo único que tienes que hacer es extremar las precauciones. Que Hatman no te vea con él, porque como se entere de que eres su punto débil… —la mujer sacude la cabeza.
—¿Qué pasará si se entera? —Ya puedo sentir sudor frío deslizándose por mi espalda.
—Pues que va a ir a por ti. Sabe que Ethan y su gente no van a confesar nada, pero tú… —Dorothy me observa y adopta un tono de voz siniestro—. Va a acorralarte, desgastarte, chantajearte y presionarte hasta que lo confieses todo. TODO.
—Madre mía… —Me llevo la mano al pecho, creo que va a darme un ataque de ansiedad.
—Dorothy, por Dios, no la asustes más —le pide Caroline.
—Yo no asusto a nadie, solo digo lo que hay.
Y una chica tan guapa en la cárcel… Sería una pena.
—Una arcada me sube por la garganta y miro con pánico a la anciana, que cambia de tono—.
Oh, no te asustes. Ethan sabe cómo lidiar con esto, pero mantente calladita y al margen.
Me voy a la compra. Un placer. Caroline, ven tú también, que Erin tendrá que trabajar.
Caroline intenta protestar, pero la anciana la agarra del brazo y la saca de mi despacho. Yo me apoyo en el respaldo de la silla y trato de ordenar un poco mis ideas.