Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Ethan

Llevamos casi una hora apostados junto a la casa de Toby y yo ya me he fumado por lo menos media docena de cigarros cuando un grito desgarrador rompe el silencio de la noche.

Saco la pistola y abro la puerta de casa del policía de una patada.

Lo que veo al entrar al salón me obliga a pararme en seco: Toby se sujeta el abdomen con sus manos teñidas de sangre y, frente a él, la rubia sostiene un cuchillo ensangrentado.

Ella tiene la respiración acelerada y los ojos llorosos; está a punto de sufrir un ataque de pánico y tengo que evitar eso como sea si no quiero complicar más las cosas.

Anya y Bob entran al salón justo detrás de mí y se detienen a mi espalda. Anya suelta un silbido al ver el panorama.

—Bonita estampa —dice con humor—. Ruso, parece que la pija sirve para algo más que para hacerse peinaditos.

Ignoro el comentario de Anya, guardo la pistola, y voy directo donde Erin, que no ha apartado la mirada de Toby, que ahora lloriquea de rodillas en medio del salón.

—Mírame —le ordeno, pero parece no escucharme—. He dicho que me mires, rubia.

—Ethan… yo… lo siento —susurra—. No quería…

—Dame el cuchillo —le pido, pero ella no reacciona, así que le quito el arma con brusquedad—. ¿Qué cojones ha pasado aquí?

Ella me sigue mirando atemorizada. Sé cómo se siente, yo también estuve en su lugar. Quiero abrazarla, sacarla de aquí y prometerle que todo irá bien, pero sé que, si lo hago, va a derrumbarse y no podemos permitirnos eso ahora.

—Solo hay que mirar cómo tiene la ropa y el pelo para saber lo que ha intentado hacer este hijo de puta —dice Anya.

Al escuchar sus palabras, le hago un escaneo rápido a la abogada: está despeinada y tiene el jersey mal colocado. Las piezas empiezan a encajar en mi cabeza y una furia helada se apodera de mí. Tomo una decisión.

—Dame tu móvil, rubia —exijo. Ella me mira sin comprender muy bien lo que pretendo—. Que me des tu puto móvil.

—Está en mi bolso —consigue decir.

—Muy bien. Bob, busca en su bolso el móvil y dámelo, no vaya a ser que le dé por hacer alguna gilipollez y llame a la policía. Coge las llaves de su coche y llévala allí. Déjala encerrada y vuelve.

Bob, con la eficiencia que lo caracteriza, me entrega el teléfono de la abogada y la sujeta de un brazo para sacarla de casa del policía.

—Ethan… lo siento —sigue diciendo ella mientras mi hombre se la lleva.

Cuando me aseguro de que ambos han salido de la vivienda, me giro hacia el policía, que trata de controlar la hemorragia. Lo agarro del pelo con furia, lo levanto del suelo y lo siento sobre una silla. Después, le hago un gesto a Anya para que me siga la corriente.

—¿Qué hacemos con este despojo?

—Yo lo mataría —responde Anya colocándose junto a mí—. Odio a los violadores.

—Por favor… —suplica—. Ha sido un error.

—Deberíamos matarlo —sentencio, ignorando los ruegos de Toby—. Aunque hoy estoy generoso; al fin y al cabo, es comprensible que quisiera follársela, yo también quiero hacerlo las veinticuatro horas del día.

—Haré lo que me pidáis, pero no me hagáis daño.

—Qué rápido te has derrumbado —se burla de él Anya—. Pensaba que un policía que quiere acabar con el crimen organizado tendría más pelotas que todo eso.

—Solo soy un policía de oficina —lloriquea—. Me voy a desangrar.

—Tranquilo, Toby —le digo poniendo una de mis manos sobre su hombro—. Borra el audio de todos tus dispositivos y te perdono la vida.

Un brillo de esperanza ilumina los ojos vidriosos del policía, pobre gilipollas.

—Solo lo tengo en el móvil, lo juro. No se lo he enviado a nadie, ni pensaba hacerlo. Solo quería cenar con Erin…

—¿En serio? Qué imbécil —se ríe Anya—. Así que, ¿si destruyo tu móvil, desaparece?

—Sí… te lo prometo.

Anya busca con la mirada el teléfono de Toby y, cuando lo encuentra, lo tira al suelo y lo destroza pisándolo con una de sus botas militares.

—Ruso, he cumplido. ¿Puedes llamar a una ambulancia? —suplica el policía.

Yo esbozo una media sonrisa justo en el momento en el que entra Bob.

—Acabad con él, nada de disparos. Que parezca una paliza —explico—. En una hora lo tiráis en la acera de enfrente de casa de Dorothy.

—Sí, jefe. —A Anya le brillan los ojos.

—Llamad al equipo de limpieza. —Me giro una vez más hacia Toby, que tiembla sin control, conocedor del final que le espera—. Nadie que toca lo que es mío vive para contarlo.

Bob me lanza las llaves del coche de Erin y abandono la casa para entrar al coche de la abogada.

Pongo en marcha el vehículo y conduzco en silencio algunos minutos. La miro de reojo, tiene la mirada perdida en algún punto de la carretera.

—¿Lo habéis matado? —pregunta al fin.

Yo suspiro y apoyo mi mano en una de sus piernas.

—Vamos a dejarlo delante de casa de Dorothy, que parezca una pelea callejera —le explico, pero no entro en más detalles.

Ella asiente.

—Lo siento, de verdad. No quería hacerlo.

—Da igual, rubia. Estamos acostumbrados a este tipo de contratiempos. Nadie va a enterarse de lo que ha ocurrido realmente.

Aparco debajo de su casa y la ayudo a salir del coche.

La puerta de su portal está abierta, así que pasamos directamente al ascensor.

Ninguno de los dos habla. Yo me apoyo en el espejo y cruzo los brazos.

Ella se mantiene en el centro del cubículo, frotando sus manos sin parar como si quisiera arrancarse el contacto del policía.

Cuando el ascensor llega a su piso, es incapaz de meter la llave en la cerradura, así que abro yo mismo la puerta. Le quito el abrigo y la siento en el sillón.

—Espera ahí quieta —le pido. Saco mi teléfono, dejo el suyo sobre la isla de la cocina y marco el número de Dorothy. Responde enseguida, como siempre—. Vas a hacerme un favor.

—¿A estas horas? Estaba a punto de meterme en la cama.

—Dentro de un rato van a dejar delante de tu casa a un hombre en malas condiciones. Llama a la policía y di que has oído mucho ruido y que al asomarte a la ventana has visto huir a dos personas.

—¿Qué has hecho ahora, Ethan?

—No preguntes y haz lo que te digo.

—Algún día va a pasarte algo —me advierte y cuelga.

—Bueno, esto ya está —digo y me paso la mano por la cabeza. Guardo el teléfono y me acerco a Erin, que sigue quieta en el sofá.

—¿Dorothy es de fiar? —pregunta ella levantando la vista del suelo.

—No me ha fallado nunca. —Me coloco frente a ella y la levanto—. Y ahora, quítate la ropa.

Ella me mira con temor y puedo leer en su expresión que cree que voy a matarla.

—Rubia, no voy a hacerte nada —le aclaro—. Pero tenemos que deshacernos de esa ropa, está llena de sangre.

Ella respira más aliviada y empieza a desvestirse hasta quedar en ropa interior.

—Toda la ropa —especifico.

Cuando se ha desnudado del todo, dejo su ropa en un montón en el suelo y llevo a la abogada al baño.

—Sé cómo te sientes —le digo mientras deshago su trenza—. Después de una ducha estarás mejor.

—No te vayas, Ethan —me pide.

—No me voy a ninguna parte, rubia —prometo y le doy un breve beso en la boca.

Extiendo el brazo para abrir el grifo y le doy a Erin un empujón suave, casi mecánico, para que entre en la ducha. Se queda frente al chorro, con la mirada perdida en los azulejos. Está ida. Si no la saco de este trance ahora, Hatman se la va a comer viva cuando venga.

Me quito la ropa con rapidez y entro con ella en la ducha, colocándome a su espalda.

Le mojo el cuerpo y el pelo y comienzo a enjabonarla con toda la delicadeza posible.

Me arde el pecho a causa de la culpa; nunca debí arrastrarla a mi mierda.

Tenía que haberla dejado en paz, pero soy un puto gilipollas.

Casi he terminado de aclararle el pelo cuando veo que agacha la cabeza.

Joder, está llorando. La giro y la abrazo.

—¿Qué he hecho, Ethan? —solloza contra mi pecho.

Estoy arruinándole la vida a esta mujer.

—Shhh… rubia —la consuelo—. Solo te has defendido. Nada de esto ha sido tu culpa.

—He apuñalado a un hombre.

—Sabía que tenías huevos —digo forzando una sonrisa.

Ella me mira y me sonríe, aunque ese gesto no le llega a los ojos—.

Escúchame bien: deja de llorar. En cualquier momento puede llegar Hatman, tú has sido la última persona con la que ha estado Toby.

Sécate el pelo, ponte el pijama o lo que sea que uses para dormir y, cuando el inspector toque tu puerta, finge que te acaba de despertar.

—Pero… Ethan…

—Haz lo que te digo: saliste de casa de Toby dejándolo allí sano y salvo. Que Hatman no te vea dudar.

Ya vestido, me apoyo en la puerta del baño mientras ella se seca el pelo y se pone algo. Confío plenamente en la abogada; además, como ella no sabe que Toby está muerto, su reacción cuando Hatman se lo diga va a ser el espectáculo más honesto que ese policía haya visto en su vida.