CAPÍTULO 28
Erin
Salgo del despacho a toda velocidad y con la respiración acelerada.
Si me quedo ahí dentro un minuto más, voy a cometer alguna locura y tengo que estar muy concentrada para la cena de dentro de un rato, aunque tampoco sé si es muy buena idea ir con este calentón.
En fin, yo solita me lo he buscado todo. Maldita impulsividad.
Anthony me espera en la barra del club tomando un vaso de agua. Por Dios, qué hombre más mustio.
—Señorita Peterson. —Se aproxima a mí en cuanto me ve—. La llevo a casa.
—Gracias, Anthony. Muy amable.
—Es un placer para mí.
Estoy decidida a aprovechar el trayecto para averiguar cosas sobre el trío Ethan, Anya y Bob. El abogado pone el coche en marcha y yo empiezo a interrogarlo.
—¿Desde hace cuánto trabajas para Ethan?
—Nos conocemos desde hace años, pero solo llevo tres meses siendo su abogado, desde que falleció el anterior. Hasta entonces solo aconsejaba fiscalmente al señor Davenport.
—Entonces… —Me cuesta formular esta pregunta, pero es algo que me atormenta—. ¿Anya y él…? ¿Fue algo serio?
Anthony suelta una carcajada breve.
—No sé si debería contarte estas cosas, pero sí. Tuvieron algo. Anya era la única mujer de su entorno y, con el tipo de trabajo que desempeñan… Es difícil tener una relación fuera. De hecho, el señor Davenport nunca se había arriesgado tanto como ahora.
—Me da la sensación de que me he metido en medio de algo y que Anya me odia por eso.
—No. Anya es la mujer más práctica que conozco y no se deja llevar por celos o pasiones.
Si hasta lleva el pelo así para no perder tiempo peinándolo.
No te lo tomes como algo personal. Ella daría la vida por su jefe, pero no tiene nada que ver con un sentimiento romántico.
—Se calla durante unos segundos, como si se debatiese entre contarme algo y no hacerlo—.
Anya tiene una historia complicada a sus espaldas.
Llegó hace diez años desde Europa huyendo de algo o de alguien y, desde entonces, trabaja para el señor Davenport.
Nunca ha querido hablar demasiado de su pasado, pero te aseguro que lo que tuvo con el jefe fue algo puramente físico.
A veces es como si fuera un robot: elimina sin parpadear todo lo que le molesta.
—Madre mía… —musito—. Esa mujer da miedo.
—Sí, pero también es muy leal y lleva junto al Ruso muchísimos años. —Sonríe Anthony—. Te cuento todo esto para que intentes comprenderla mejor. Para ella tú eres una niña pija encaprichada por su jefe, no te toma en serio. Demuéstrale que eres más que eso y te la habrás ganado.
La confesión de Anthony me ha dejado impresionado, pero me llena de determinación para enfrentarme al idiota de Toby.
El abogado me deja delante de mi casa y yo subo porque todavía me queda un rato hasta ir donde Toby. He podido saber que vive en una casita de una planta a las afueras del pueblo.
***
A las ocho en punto estoy aparcando junto a la casa de Toby.
Miro a mi alrededor, pero no veo a Ethan ni a su gente.
¿Lo habrá convencido Anya y no van a venir?
Sacudo la cabeza, no puedo pensar en eso ahora.
Tengo que centrarme, fingir como una campeona durante la cena y listo.
A Toby le gusto, podré convencerle de que borre el audio.
Bajo del coche y me encamino hacia la casita del policía, la verdad es que es preciosa: una bonita cerca separa la acera de un cuidado jardín que atravieso para llamar al timbre. Toby me abre la puerta enseguida y yo finjo mi mejor sonrisa.
—Sabía que vendrías. —Sonríe y me da un beso en la mejilla. Dios, apesta a colonia—. Me hubiese gustado ir a recogerte a tu casa, pero he tenido bastante lío preparando la cena y en el trabajo. Este nuevo puesto me mantiene bien ocupado. Por favor, pasa, permíteme que te quite el abrigo.
—Qué caballeroso, Toby —lo halago.
—Me sale de forma innata. Es así como me gusta tratar a las mujeres —responde con orgullo.
—Qué afortunada soy —murmuro.
Me hace pasar al salón, que está separado de la cocina por una puerta corredera que Toby mantiene entreabierta. Miro a mi alrededor, la casa es bonita.
Me tiende una copa de vino y me sonríe incómodo.
—Estás muy guapa, Erin.
—Gracias, tú también —respondo.
—La camisa es nueva, la he estrenado para ti. —Estoy sonriendo tanto que me duele hasta la mandíbula—. Toma asiento, voy a servir la cena.
Me siento en la mesa, perfectamente decorada para una cena romántica, y Toby trae una ensalada de la cocina y la sirve en dos platos.
—Qué buena pinta —digo y cojo el tenedor. Soy incapaz de comer, así que remuevo la comida intentando disimular.
—Quería pedirte disculpas por mi comportamiento de esta mañana —comienza—. He sido muy brusco contigo, yo no soy así, pero el hecho de que ese hombre campe por el pueblo a sus anchas y, además, se aproveche de la mujer más guapa de la zona… Me pone enfermo.
—No te disculpes, Toby. —Bajo la cabeza y finjo estar avergonzada—.
La verdad es que me he decepcionado a mí misma.
Hace unos meses rompí una relación bastante larga y en la que me sentía atrapada.
Decidí volver al pueblo y no sé… Tuve una crisis.
He pasado toda mi vida estudiando y trabajando para llegar a donde estoy, siempre haciendo lo que la gente esperaba de mí y, al final…
Un vecino del pueblo denuncio al Ruso por un tema de ruidos, lo vi en el despacho y…
me dejé llevar por la adrenalina. Soy una persona horrible, Toby.
—No te preocupes por el audio, Erin. —Toby se muestra comprensivo. Demasiado—. Ya pensaremos algo para solucionar eso también. Todos cometemos errores. Ese monstruo se aprovechó de tu debilidad para meterse en tu cama.
—Así fue, Toby. Me sentí como un objeto —confieso falsamente compungida—. Pero bueno, no hay que lamentarse por algo que no tiene solución. Llevo todo el día pensando y creo que lo que necesito ahora es a un buen hombre que me respete y con el que poder formar una familia.
—Es una excelente idea. Me encantaría ser ese hombre. Te aseguro que seríamos muy felices juntos.
—Seguro que sí, Toby.
Sonrío al policía y pasamos algunos minutos en silencio. Él no para de beber y de mirarme con deseo. Como todo esto no acabe pronto, voy a acabar vomitando.
—Creo que pronto conseguiremos alguna prueba para detener al Ruso; está claro que lo de las cabañas fue obra suya —me dice—. Ya es hora de que el pueblo se libre de su yugo.
—Espero que puedas hacer justicia, Toby —le digo y él se vuelve a terminar su copa de vino de un trago—. Quizá deberías beber agua a partir de ahora, no vas a poder descansar bien.
—Me gusta que te preocupes por mí —reconoce—. No quiero incomodarte, pero ¿también estuviste con él en las cabañas?
—No. Ya te he dicho que lo conocí aquel día de la denuncia. Cuando yo acababa de mudarme al pueblo hace aproximadamente un mes.
—Me cuesta creerte. No parece propio de ti acostarte con un cliente.
—Soy muy impulsiva y estaba pasando por un mal momento.
—¿Cuántas veces lo has hecho? —Toby se levanta tambaleando y se acerca a mí. Apoya una de sus manos en la mesa y la otra en el respaldo de mi silla y se inclina hacia mí. Ahora huele a sudor y alcohol—. ¿Qué tiene él que no tenga yo?
—Toby, estás borracho. Creo que lo mejor será que me vaya. ¿Borrarás el audio? No quiero que ese desliz afecte a mi carrera.
Me levanto, pero él me acorrala contra la mesa.
—No tan rápido. —Me agarra de la nuca con brusquedad—. Borraré el audio y olvidaré ese asunto solo si me das algo a cambio.
Un escalofrío recorre mi espalda.
—Suéltame, Toby, me haces daño —le pido—. No hagas esto, tú no eres así.
—Y por eso no te gusto —suelta con rabia y me sostiene con más fuerza. Yo aprieto tanto la mesa con mis manos que me hago daño—. Llevo toda la noche comportándome como un caballero y ni te inmutas. ¿Por qué te gustaba ese asesino? ¿Porque te trataba como a una de sus putas? ¿Eso es lo que te pone?
—Toby, por favor… —Casi suplico.
Él me mira con los ojos inyectados en sangre, llenos de rabia, y me suelta la nuca para sujetarme la barbilla y obligarme a mirarlo.
Se lanza sobre mi boca, en un beso blando, baboso y con sabor a alcohol.
Introduce su otra mano por debajo de mi jersey y me manosea un pecho.
No sé qué hacer, solo sé que tengo que salir de aquí como sea.
Aprovechando que Toby está entretenido metiéndome mano, busco en la mesa un cuchillo; cuando lo encuentro, lo sujeto con fuerza.
—Ahora vas a ver de lo que soy capaz —amenaza contra mi boca. Intento apartarlo con la mano que tengo libre, pero él tiene demasiada fuerza—. ¿A él le gusta que te resistas? No seas estrecha, Erin, dame lo que le das a él.
No puedo soportarlo más, así que no me lo pienso dos veces y le clavo el cuchillo con fuerza en el abdomen.
Toby me suelta y retrocede un poco, sorprendido.
Alterna su mirada entre mi cara y su camisa, antes blanca, que ahora está tiñéndose de rojo.
Tiro para sacar el cuchillo y es entonces cuando el policía suelta un grito que ha debido de oírse por toda su calle.
Me quedo quieta, intentando procesar lo que acabo de hacer.
Las manos comienzan a temblarme y no puedo dejar de mirar cómo la mancha de sangre de Toby va creciendo.
—Dios mío… —murmuro.
No pasa ni un minuto hasta que la puerta de casa de Toby se abre de un crujido y Ethan irrumpe en el salón, con la pistola en alto, seguido de Anya y Bob.