Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Ethan

Salgo de casa de la rubia cuando está a punto de amanecer. Me subo al coche y le doy un puñetazo al volante antes de arrancar. Soy gilipollas, sé que lo he arriesgado todo al venir a verla. Joder, no entiendo qué me está haciendo esta mujer, pero va a ser mi puta ruina.

Aparco debajo de mi casa y subo hasta mi piso.

Voy a darme una ducha, dormir un rato y volver al club.

Me quito la ropa y la meto en la lavadora; es una pena que haya tenido que largarme así de su casa, podríamos habernos duchado juntos.

Dios, tengo que dejar de pensar en ella o voy a empalmarme otra vez.

Dejo que el agua helada caiga sobre mi espalda, a ver si consigo pensar con claridad.

Cuando salgo de la ducha, me pongo una camiseta negra y unos vaqueros y me preparo un café.

Aprovecho para mirar si tengo alguna llamada o mensaje en el móvil.

Nada, parece que está todo en orden. Más tranquilo ya, me tumbo en el sofá para ver si consigo dormir un poco; tengo que estar alerta si no quiero hundir del todo mi negocio.

***

Un par de horas después estoy cruzando las puertas que dan acceso a mi club.

De día parece un lugar totalmente diferente y, a esta hora, solo está el personal de limpieza y algunos miembros del equipo de seguridad.

Me saludan cuando paso, pero no me detengo a hablar con nadie y subo directo al despacho.

—Vaya, ¿se te han pegado las sábanas? —comenta Bob sin levantar la mirada del periódico que está leyendo.

—He estado solucionando algunos temas antes de venir —respondo—. Anya, ¿cómo va lo de la mercancía para la fiesta de Swartzmann?

—Todo controlado, Ruso. —Contesta seria, pero puedo percibir que sospecha dónde he estado. Anya me conoce demasiado bien—. Seguimos buscando al jefe del camello del otro día.

—¿Y? —pregunto.

—Ni rastro. Estará escondido como una rata después de lo que le pasó a su empleado.

—Pues seguid buscando —ordeno y me enciendo un cigarro—. Hoy el hijo de puta de Hatman ha organizado una reunión en el ayuntamiento. Quiere cazarnos, pero no creo que nadie en el pueblo nos delate.

—Si alguien tiene la tentación de hablar, habrá que silenciarlo —declara Bob.

—Sin duda —coincido con él.

—A no ser que la que hable sea tu novia, ¿no? —suelta Anya con malicia.

Estoy a punto de decirle algo, pero mi móvil comienza a sonar.

—Salvada por la campana —le digo antes de descolgar—. Miller, ¿qué pasa?

—Ruso, tenemos problemas. Toby te ha visto salir de casa de Erin. ¿Cómo has podido ser tan sumamente imbécil?

—No me sermonees —le corto—. Solo fui a recordarle que tuviese la boca cerrada.

—Seguro que solo fuiste a eso —responde, seco—. Igual que la noche de Halloween en la que coincidisteis en el baño.

—No sé de qué me hablas.

—Pues Toby sí, porque tiene una grabación de audio en la que se os escucha claramente echar un polvo. Está chantajeando a Erin.

—¿Cómo que la chantajea? —Siento que la ira se va apoderando de mí—. ¿Qué le ha hecho? Te dije que no le organizases una cita con ese gilipollas.

—No me sermonees tú a mí. Toby la ha invitado hoy a cenar a su casa a las ocho y así quizá no le enseñe el audio a Hatman.

—Menudo hijo de la gran puta. Voy a matarlo.

—Una gran idea, Ruso. Empieza a matar a policías también, seguro que así se soluciona todo.

Mierda, Miller tiene razón. No nos conviene llamar más la atención.

—¿Qué propones entonces?

—Deja que Erin vaya a esa cena y que convenza a Toby de que borre la grabación.

—Estás loco si piensas que la voy a dejar sola.

—Vete a su casa y vigila desde fuera. Si la situación se pone seria, intervienes; pero no te olvides de que Toby es policía.

—Sé lo que hago. Gracias por el aviso.

Cuando cuelgo, tengo dos pares de ojos mirándome fijamente.

—Vas a acabar mandando todo a tomar por culo por una tía a la que apenas conoces.

—Cállate, Bob. —Tiene razón. Ese puto error va a costarme caro—. No podía saber que el poli iba a estar espiándola.

—Nunca te había pasado algo así; todos sabemos que es mala idea mezclarse con gente que no pertenece a esto —prosigue—. Céntrate.

—Si sigues así, Ruso, vamos a tener que atarte en el sótano para asegurarnos de que mantienes la polla dentro de los pantalones —me amenaza Anya.

—No me toques los cojones y déjame pensar; además, cuando sacaba la polla de los pantalones para metértela a ti, no te parecía tan mal.

—Anya está a punto de saltarme encima como un gato, pero Bob la detiene—.

Toby la está chantajeando con un audio que nos grabó la noche de Halloween, tiene que ir a cenar a su casa si no quiere que mañana se lo enseñe a Hatman y hunda su carrera.

—Solo tenemos que asegurarnos de que la abogada no hable si Hatman la detiene. Lo que pase con su carrera no es nuestro problema, Ruso, y lo sabes.

—Anya, joder, no entiendes nada. En este momento la rubia es nuestra prioridad. La única. Y no te atrevas a cuestionarme.

—Sí, Ruso —asiente con tono falsamente complaciente—. Protegeremos a tu… muñeca con nuestra vida.

—No te doy una hostia porque no tengo tiempo —bramo y me pongo a pensar con rapidez.

Marco el número de mi abogado—. Anthony, deja lo que estés haciendo, vete a la oficina de Peterson y preparad algún documento legal.

Tráela aquí por la tarde. Si Hatman pregunta, le enseñáis el papel y le decís que es algún acuerdo que tengo que firmar por la mierda esa de los ruidos de aquel viejo.

—Pero mentir así a la policía… —balbucea.

—Menos mal que te conozco desde hace años y eres un buen abogado —lo interrumpo—, si no, me hubiese deshecho ya de ti. ¡Haz lo que te digo!

—Sí, sí, señor —responde y le cuelgo.

—¿Vas a traerla aquí? —protesta Anya—. Lo que nos faltaba. Estás mal, Ruso, muy mal. Y lo peor es que nos vas a arrastrar a todos.

—No he pedido tu opinión. Y ahora, id a mirar que todo esté en orden en el bar.

—Como desees, jefe —me dice con burla Anya.

Ambos salen del despacho y yo me sirvo una copa. Anya me tiene hasta los cojones.

Paso el resto de la mañana gestionando envíos y hablando con clientes, menos mal que por lo menos eso sigue en orden.

***

Me reúno con Anya y Bob de nuevo en el despacho justo antes de la llegada de Anthony. Quiero que estén presentes en la reunión y que vean que sigo siendo el de siempre y que no me he debilitado.

Anya está de morros, con los brazos cruzados y apoyada en el mueble.

—Sé que la rubia no te cae bien —le digo, girando mi silla hacia ella—, pero compórtate.

—Haré lo que me dé la gana, pero si lo que te preocupa es que vaya a matarla, puedes estar tranquilo —responde y se pasa la mano por su cabeza rapada—. Aunque tampoco pienso ponerle una alfombra roja a tu novia.

—¿Celosa? —la provoco con media sonrisa.

—No te emociones, Ruso —responde—. Eres agua pasada y tampoco eres para tanto. Lo que me jode es que, desde que apareció, estás distraído. Y ya sabes lo que pasa en nuestro mundo si te distraes.

—Cometes errores —termina por ella Bob.

—Y te liquidan —añade Anya.

—Que sí, que ya lo sé —zanjo el tema.

Pasos que se aproximan por el pasillo interrumpen esta animada charla.

—Míralo —se burla Anya—, si en cualquier momento va a ponerse a babear. ¿Vas a regalarle unas flores cuando entre por la puerta?

—Déjate de hostias si no quieres ser tú la que acabes en el sótano hasta que aprendas a estar callada.

Anya me sostiene la mirada llena de furia un par de segundos, pero, al final, retrocede y vuelve a apoyarse en el mueble.

La puerta se abre, dando paso a Anthony y a la rubia.

—Nos ha costado un poco llegar —comenta el abogado—. Tenías razón. Nos ha parado el policía y hemos tenido que enseñarle los documentos que traíamos.

—Muy bien —digo y recorro a la abogada con la mirada. Lleva unos vaqueros y un jersey y se ha recogido el pelo en una trenza que le cae sobre un hombro—. Siéntate.

Ella mira a Anya y Bob antes de tomar asiento.

—Ethan —me dice—, voy a ir a casa de Toby y voy a convencerle de que borre ese audio.

Anya suelta una carcajada y se acerca a la mesa. Me reclino en la silla y la observo, sé que está buscando sangre.

—Ruso, ¿de verdad vas a dejar en manos de esta algo tan importante?

Mírala, por Dios. Puedo entender que te divierta este juego del gato y el ratón que te traes con ella, pero una cosa es que te sirva para que te corras después de un día de mierda y otra muy diferente es que le des semejante responsabilidad.

—Yo me tenso, pero no intervengo. Anya se gira hacia ella—.

Supongo que ya sabrás que no eres más que un capricho pasajero, ¿no?

En cuanto se aburra de ti, que será pronto, te va a despachar sin ningún miramiento.

Conozco al Ruso desde hace años y sé que el sexo romántico no le gusta nada, prefiere algo más salvaje y sucio.

La abogada se gira lentamente y mira a Anya con calma. Me dispongo a intervenir, pero Erin me hace un gesto para que me detenga.

—No he venido aquí a hablar sobre cómo folla tu jefe, Anya —pronuncia cada sílaba como si estuviese tratando con un niño pequeño—. Estoy aquí para solucionar un error que él cometió y que vosotros no habéis podido arreglar.

—El mayor error lo cometió al fijarse en ti en las cabañas —escupe con odio Anya.

—Puede ser —responde ella—. Por cierto, te noto despechada. ¿Tanto te ha dolido que tu jefe ya no te necesite para calentar su cama o para correrse tras un día de mierda?

Anya trata de encajar el golpe, pero se queda callada unos instantes. Yo esbozo una sonrisa. Joder, qué cachondo me pone ver así a la rubia.

—¿Despechada? —Anya se inclina y mira con asco a la abogada—.

Al contrario que tú, yo tengo demasiado trabajo como para andar perdiendo el tiempo llorando por un hombre.

Y déjame darte un consejo: no te encariñes con el Ruso.

Le gustas porque eres la novedad, pero, no te confundas, en cuanto ese audio desaparezca vas a convertirte en un cabo suelto, en una carga, y el Ruso es experto en hacer desaparecer estorbos.

La rubia palidece ligeramente y me siento tentado de intervenir; sin embargo, ella sonríe y se levanta para quedar frente a Anya.

—Te agradezco el consejo. De verdad. —Utiliza un tono tranquilo—. Aunque quizá sea yo la que me aburra de él y de toda la mierda que lo rodea.

Vaya huevos tiene. Anya me observa de reojo, esperando a que salte y Anthony carraspea incómodo.

—¿Que tú te vas a aburrir de él? —ríe Anya—.

Qué tierna. Parece que todavía no te has enterado; nadie se «aburre» del Ruso y sigue con su vida como si nada.

Vámonos, Bob, no quiero estar presente cuando el jefe ponga en su lugar a su capricho.

—Se dirige a la puerta, pero se gira antes de salir—.

Ruso, el sótano está vacío. Por si lo necesitas.

El aire del despacho puede cortarse con un cuchillo y, aunque la rubia sigue observando a Anya, no se ha atrevido a fijar su mirada en mí.

—Será mejor que vayamos a organizar lo de esta noche —comenta Bob.

Ambos salen dando un portazo y Anthony aprovecha para marcharse también, balbuceando alguna excusa sobre tener sed.

Por fin nos quedamos solos. Puedo sentir el nerviosismo de la abogada, que no ha despegado la vista de la puerta que acaba de cerrar Anthony.

Rodeo mi mesa con lentitud, disfrutando del momento y de ponerla aún más nerviosa.

Me coloco a su espalda y me inclino para hablarle al oído. Ella se estremece.

—Así que te aburro —susurro—. Es una pena, rubia, porque tengo unas ganas locas de echarte un polvo. Me has puesto muy cachondo.

Puedo sentir que se le acelera la respiración, pero se mantiene quieta. De pronto, suspira y se recuesta sobre mi pecho.

—Todavía no me has aburrido lo suficiente —dice.

—No quiero arriesgarme —respondo y le doy un ligero mordisco en el lóbulo de la oreja.

Ella coloca una mano detrás de su cuerpo y busca mi entrepierna; aprieta por encima de mis vaqueros con una firmeza que me nubla la vista y me hace apretar los dientes. No quiero perder el control.

—Qué considerado por tu parte —comenta con malicia—, pero espero que, si lo de hoy sale bien, seas capaz de terminar lo que estás dejando a medias.

Desliza su mano una última vez, dejándome al borde del abismo, y se separa de golpe.

Se gira y me mira con sus grandes ojos azules y, con cara de no haber roto un plato en su vida, se coloca un mechón que se le ha escapado de la trenza.

—Me voy, que tengo una misión que cumplir y no puedo distraerme más tiempo —dice con voz profesional.

—Este plan no me gusta una mierda, pero recuerda que estaremos fuera de la casa de ese gilipollas, rubia.

Sin añadir nada más abandona mi despacho y me deja solo y con un calentón de cojones.