CAPÍTULO 26
Erin
—Erin —responde al segundo tono—, te he estado llamando. Estaba preocupada.
—Tenía el móvil en silencio y acabo de despertarme. ¿Pasa algo?
—No, solo te llamaba para preguntarte si te apetecía desayunar e ir juntas al ayuntamiento.
—Sí, claro. ¿Nos vemos en una hora en el bar de Joe?
—Perfecto.
Colgamos y me levanto para ir a la ducha.
Me noto un poco dolorida y fogonazos de lo que ocurrió ayer pasan por mi mente.
Abro la ducha para que el agua se vaya calentando y me miro al espejo: tengo el pelo despeinado y casi puedo sentir los dedos de Ethan tirando de él.
Dios, rubia, tu pelo me vuelve loco . Sus palabras resuenan en mi mente una y otra vez.
Acerco un poco la cara al espejo: mis ojos brillan y tengo las mejillas sonrojadas.
Voy bajando la mirada y, mierda, tengo una marca violácea en mi cuello.
Llevo mis dedos hasta ella y la acaricio, voy a tener que taparla cuando salga a la calle.
Entro en la ducha y me froto el cuerpo y el cuero cabelludo casi con rabia, no quiero que nadie pueda notar u oler que he pasado la noche con Ethan. Dios, estoy paranoica; es imposible que alguien sepa que ha estado aquí. Tengo que mantener la calma si no quiero que el inspector descubra la verdad.
Vuelvo a mi habitación y me pongo unos vaqueros y un jersey de cuello alto.
Salgo de casa y me dirijo a paso ligero al bar de Joe. Cuando entro, Caroline ya está allí, así que me acerco a su mesa y me quito el abrigo antes de sentarme.
—Tía, qué abrigada vienes —me dice.
—Hace frío. Voy a pedir un café.
Vuelvo a levantarme para ver si durante el trayecto reúno el valor para contárselo todo a mi amiga.
Cuando me siento con ella, sostengo la taza de café con las dos manos y me lanzo a hablar.
A estas alturas tampoco merece la pena callarme nada; además, peores cosas le habré contado a la pobre Caroline.
—He pasado parte de la noche con Ethan.
—¿Qué? —chilla mi amiga, aunque pronto baja la voz—. ¿Dónde? ¿Haciendo qué?
—En mi casa. Apareció a las tres de la mañana, discutimos, le pegué un tortazo y bueno…
—¿Le pegaste? Dios mío, Erin…
—Por haberme tratado como a un monigote, se lo merecía.
—Vaya huevos tienes —se ríe—. ¿Y qué pasó después?
—No voy a contarte todos los detalles en este momento, pero mira. —Me bajo el cuello del jersey y Caroline ahoga un grito—. Fue increíble. Alucinante. No te lo puedes ni imaginar.
—Madre mía. Espero que nadie se haya enterado.
—No creo, para cuando me he despertado él ya no estaba y a esas horas no hay nadie por la calle.
—Ten cuidado —me aconseja—. Con la policía rondando por aquí, nunca se sabe.
—Tienes razón, pero no creo que haya ninguna patrulla vigilando mi casa. Bueno, vamos al ayuntamiento —propongo.
Salimos juntas del bar y recorremos en pocos minutos la distancia que nos separa del edificio.
En el salón de actos ya hay algunos asientos ocupados por quienes asistieron con nosotras a las cabañas.
Caroline y yo nos sentamos un poco apartadas, no queremos llamar la atención ni que las viejas nos den el coñazo.
En la larga mesa del escenario están el alcalde, Jackson, el idiota de Toby con su uniforme recién planchado y otro hombre de unos sesenta años que viste un traje algo antiguo. Supongo que será el nuevo inspector.
—Ese debe de ser Hatman —susurra Caroline.
—Tiene cara de malo —respondo—. Y mira Toby qué orgulloso está. Maldito idiota.
—Normal, el pobre llevaba años queriendo participar en algo así. De todas formas, el que está guapísimo es Jackson, mira qué brazos tiene, por Dios.
Yo empiezo a reírme y atraigo la atención de Dorothy, que se gira para aniquilarme con la mirada, y la de Toby, que me saluda desde el escenario. Le devuelvo el saludo con educación, pero decido no volver a mirarle más, a ver si se olvida de que estoy aquí.
El alcalde da unos toquecitos al micrófono que tiene delante, carraspea y comienza a hablar.
—Buenos días, estimados vecinos. Recordaréis que en verano pasamos unos agradables días en la naturaleza realizando actividades deportivas, viendo películas…
Fueron días tranquilos en los que nadie vio ni escuchó nada fuera de lo normal.
—Vaya, Dorothy tenía razón. El alcalde tampoco va a confesar que estuvimos con Ethan—.
El problema ha surgido cuando, a causa de la tormenta eléctrica, un árbol cayó en el bosque desenterrando así un par de cadáveres que, según los forenses, pueden ser de aquellas fechas.
—La gente comienza a murmurar—. No estáis aquí porque creamos que sois sospechosos, de hecho…
—Déjeme a mí, alcalde —lo interrumpe el nuevo inspector—.
Soy Sebastian Hatman, inspector del departamento contra el crimen organizado y me encargaré de aclarar este feo asunto.
Para ello contaré con la ayuda de mi nueva mano derecha, el agente Toby Walsh, quien se puso en contacto conmigo al sospechar que las muertes podrían deberse a un ajuste de cuentas entre bandas rivales.
También colaborará con nosotros el inspector Jackson Miller, aunque de forma menos directa y siempre bajo mis órdenes.
—Jackson sacude la cabeza y bufa—. ¿Decías algo, Miller?
—No, inspector —responde y aprieta la mandíbula.
—Aquellos días todos estuvisteis en las cabañas y quizá recordéis haber visto algo extraño o haber coincidido allí con alguien.
Dorothy se pone en pie.
—Bienvenido, inspector. Cuente conmigo para lo que necesite, pero hablo en nombre de todos cuando digo que nadie vio nada fuera de lo normal aquellos días.
—Uno de los fallecidos murió a causa de un disparo en la frente —interviene Toby—. ¿Nadie escuchó nada?
—Hemos dicho que no —responde Anne.
—Aquellos días se produjo la detención de Donald Burrows, que confesó haber asesinado a sus padres. ¿Tuvisteis algo que ver con eso? —insiste el pesado de Toby.
—Por supuesto que no —responde Dorothy—. Esa fue una intervención magistral del inspector Jackson Miller, a quien habéis relegado de forma vergonzosa en este caso.
—Tenemos motivos para sospechar que el inspector Miller hace la vista gorda a algunos asuntos, dado que el crimen campa a sus anchas en este pueblo —añade Hatman.
—Sospecha usted mal —ataca Dorothy—, pero no estamos aquí para cuestionar a Jackson.
—Tienes razón —coincide Toby—. El otro fallecido, que lleva muerto menos tiempo, presentaba signos de tortura y, además, alguien le había amputado una mano. Eso nos lleva directamente a relacionar el crimen con la mafia y más teniendo en cuenta su identidad.
Toby no ha parado de mirarme mientras decía estas palabras. Empiezo a sudar, pero trato de mantener la compostura para que nadie note nada.
Miro a Jackson, que tiene los brazos cruzados delante del pecho y que observa algún punto del salón de actos. Hatman vuelve a la carga.
—Bien dicho, Toby. —Lo felicita y le da unas palmadas en la espalda—.
Mi objetivo en la vida es acabar con las mafias y encarcelar a todo el que se dedique a ello o colabore con la causa.
—Su tono es amenazante—. Espero que, si recordáis algo, no dudéis en comunicárnoslo. Por mi parte, podéis marcharos.
Los asistentes nos levantamos en silencio para abandonar la sala.
—Erin —me dice Caroline—, voy a saludar un momento a Jackson, que parece bastante cabreado.
—Sí, tranquila, voy a la oficina, que tengo muchísimo trabajo atrasado.
Recorro el largo pasillo del ayuntamiento, deseando llegar a la calle para respirar aire fresco. Escucho unos pasos acercarse a mí.
—¡Erin! ¡Hola! —Es Toby—. No he podido saludarte antes de la reunión, estoy muy liado con este nuevo cargo.
—Sí, ya veo. —Fuerzo una sonrisa—. Por fin has conseguido tu ascenso.
—Es algo temporal —explica—, aunque si consigo resolver el caso… Quién sabe.
—Pues mucha suerte, Toby. Me marcho a trabajar.
Me giro para irme de allí y dejar de ver su cara de idiota, pero este me agarra del brazo.
—Quería… Yo querría invitarte a cenar para celebrar todo esto —tartamudea.
—Lo siento, pero no puedo.
—Ah, claro, perdona. Estás viéndote con alguien —dice con calma, aunque juraría que su voz ha adoptado un tono más turbio.
—¿Qué? No sé de qué me hablas.
—Perdona, habré visto mal entonces.
—Seguramente hayas visto mal. Llevo sin pareja algunos meses ya.
—Qué raro… Me ha tocado patrullar de noche, ya sabes que ahora no soy un simple informático, y justo he pasado por tu casa sobre las 6:30 de la mañana. Cuál ha sido mi sorpresa cuando he visto salir a un hombre de tu portal.
Hijo de puta.
—¿Me estabas acosando, Toby? Creo que ya sabes que eso es un delito.
—¿Un delito? Solo me he preocupado por la seguridad de una chica joven que vive sola. —No va a dejarme en paz—. No había mucha luz y no podía distinguir bien quién era, pero juraría que se parecía mucho al Ruso.
—Ni idea, Toby. De verdad. —Trago saliva.
—¿Qué pensará Hatman de una abogada que espera a que la ciudad duerma para dejarse follar por un criminal?
—No voy a consentir que insinúes eso.
—No estoy insinuando nada, Erin. Tengo pruebas de que te acuestas con ese hombre.
—Es imposible.
Toby esboza una sonrisa maligna y saca el móvil de su bolsillo. Tras unos segundos que se me hacen eternos, comienza a reproducirse una grabación de audio que me deja paralizada:
—Te odio, te odio tanto…
—Te he echado de menos, rubia. No me jodas que no lleva s bragas .
—Se marcan con este vestido.
—Joder… ¿Quieres que siga?
—Fóllame, Ethan. Dios, qué ganas tenía.
—No tantas como yo, rubia.
—Eres… —comienzo a decir.
—¿Vas a seguir negando que te acostaste con él la noche de Halloween?
—Esa prueba no vale nada.
—Te mando la ubicación y te espero a las ocho en punto. Que tengas un buen día.
—Maldito hijo de puta —murmuro.
Lo veo alejarse, alisándose la camisa, con paso orgulloso. ¿Qué puedo hacer? Si voy a la cena, estaré indefensa en su terreno y él aprovechará para chantajearme de todas las maneras posibles; si aviso a Ethan… Toby no va a llegar vivo al mediodía.
No sé cuánto tiempo llevo ahí parada, pero veo aparecer en mi campo de visión a Caroline y Jackson.
—Tía, ¿estás bien? —Menos mal que Caroline me sostiene de los brazos, de lo contrario me hubiese caído al suelo—. Tienes muy mala cara.
—Es Toby… —acierto a decir—. Lo sabe todo.
—¿Saber qué? —pregunta Jackson.
—Ayer… —comienzo a decir.
—Calla, no hables aquí —me pide Caroline—. Vamos a la librería.
No sé ni cómo consigo llegar hasta allí, pero lo siguiente que recuerdo es estar sentada en el sofá de la tienda de Caroline con una taza de té entre mis manos.
Jackson se apoya en la mesa y me anima a hablar.
—Toby ha venido a pavonearse por su nuevo puesto y me ha invitado a cenar a su casa. Le he dicho que estoy muy ocupada y entonces… entonces me ha dicho que ha visto a Ethan salir de mi casa hoy temprano.
—¿Qué? —chilla Caroline.
—No jodas que el muy idiota se ha presentado en tu casa de madrugada. —Jackson se pasa las manos por el pelo—. Esto es peor de lo que pensaba. Él nunca se arriesga así por nada ni nadie.
—Por lo menos ahora sabes que le gustas de verdad… —intenta buscar el lado positivo de todo Caroline.
—Eso no es lo peor… —Bajo el tono de voz porque me muero de la vergüenza—. La otra noche, en la fiesta de Halloween… Yo… Puede que mantuviese relaciones con Ethan en el baño del bar y… Puede que Toby tenga una grabación que quiera enseñarle a Hatman.
—¿QUÉ? —grita, desesperado, Jackson—. ¿Cómo se os ocurre follar estando Toby fuera del baño?
—Se supone que se había ido. Ay, Dios —me lamento—. ¿Qué voy a hacer?
—Vete a la cena, Erin. No te preocupes por nada más.
Jackson saca el móvil. Sé a quién va a llamar.
—Jackson, no… —le pido—. Si Ethan se entera de esto, Toby está muerto.
—Él sabe lo que hace—me tranquiliza Caroline
El policía hace caso omiso a mis palabras y se va a un rincón para hablar tranquilo.
Mientras tanto, yo tomo una decisión: voy a ir a esa cena y convencer a Toby de que borre ese audio, aunque sea lo último que haga en mi vida.