Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Ethan

Me dejo arrastrar por ella, me encanta que no me tenga miedo y que lleve la iniciativa.

Entramos en su habitación, ella me suelta y sigue andando hasta llegar a la enorme cama situada en el centro de la estancia.

La luz que se cuela por las persianas me permite ver su figura y el pelo rubio que le llega hasta la cintura.

Me aproximo hasta ella y se gira al notar mi presencia a su espalda.

No la toco, dejo los brazos laxos a ambos lados de mi cuerpo.

—Todo tuyo —susurro—. Haz conmigo lo que quieras, rubia.

Su respiración se acelera y se muerde el labio inferior mientras me mira.

Sube sus manos por mi abdomen hasta llegar a mis hombros, agarra mi cazadora y me la quita.

El golpe seco de la prenda al caer al suelo rompe el silencio que reina en la habitación.

Yo no puedo dejar de mirarla, es preciosa.

De pronto, ella esboza una sonrisa y me observa con picardía.

—Dime, Ethan —dice mientras desliza sus manos por mi camiseta—. ¿Siempre te muestras tan dócil después de que te peguen?

Suelto una risa seca y me inclino hacia ella, hasta que nuestras narices se tocan.

—Muy poca gente ha vivido después de golpearme, rubia.

—Hago una pausa para que mis palabras calen en ella y siento que sus manos tiemblan ligeramente, aunque sigue sosteniéndome la mirada—.

Y ahora, termina lo que has empezado. Me has cruzado la cara hace diez minutos, no me digas que vas a ponerte tímida ahora.

Me sonríe y se quita las bragas, quedándose totalmente desnuda frente a mí. Aprieto las manos, obligándome a no tocarla, y exhalo una bocanada de aire.

—Tienes a una mujer desnuda y deseando que te la folles justo aquí y no has sido capaz de tocarla. Creo que no soy yo la que está tímida, Ruso.

—No sabes lo que acabas de hacer.

El tono de provocación que ha utilizado y la mención a mi apodo, acaban con mi resistencia y mi voluntad de cederle el control esta noche.

Me quito la camiseta en un movimiento rápido, agarro de las caderas a la abogada y la lanzo sobre la cama.

Con mis manos sostengo las suyas sobre su cabeza con fuerza y me inclino hasta casi besarla.

Ella intenta incorporarse, pero yo no se lo permito.

Me levanto para quitarme los pantalones y calzoncillos y vuelvo a subirme a la cama para colocarme entre sus piernas.

La abogada me agarra de la nuca para no dejar que vuelva a irme y yo la beso con intensidad, colando mi lengua en el interior de su boca.

—¿Tienes condones? —le suelto, rompiendo momentáneamente el contacto.

—Tomo la píldora —responde con voz entrecortada.

Yo sonrío y me entretengo besando y dando pequeños mordiscos en su cuello. Una parte de mí quiere marcarla, que todo el mundo sepa que es mía. Mientras tanto, mi mano acaricia uno de sus pechos y ella araña mi espalda.

—Ethan… —jadea—. Hazlo de una vez.

Vuelvo a sostener sus manos a ambos lados de su cabeza y me coloco para entrar en ella.

—Tus deseos son órdenes, rubia.

Me hundo en ella de forma lenta, deteniéndome un instante para dejar que se acostumbre a mí. Ella mueve su cadera y esa es la señal que necesito para comenzar a moverme con fuerza.

No dejamos de mirarnos ni un segundo, hasta que decido girarnos y colocarla sobre mí.

Ella apoya sus manos en mis hombros sin parar de moverse; el pelo alborotado le tapa los pechos y yo extiendo una de mis manos para enredar los dedos en varios de sus mechones, tirando de ellos con suavidad, mientras aprovecho para rozarle un pezón con el pulgar. Siento cómo se estremece sobre mí.

—Dios, rubia, tu pelo me vuelve loco —suelto con voz ronca.

—¿Solo el pelo?

Sonrío y la agarro de la nuca para acercarla a mí y besarla.

—Sabes de sobra que toda tú eres mi puta perdición —confieso. Me arrepiento de las palabras en cuanto salen de mi boca; en mi mundo, confesar una debilidad es firmar tu sentencia de muerte.

Ella se detiene y me mira con los ojos muy abiertos.

Su expresión cambia a una mucho más oscura y me agarra del cuello apretando un poco antes de volver a besarme.

Menos mal que no ha hecho ningún comentario, no quiero que piense que soy un puto hortera.

Poco después jadea con más intensidad y se desploma sobre mí.

Yo alcanzo el orgasmo con un par de sacudidas más.

Le aparto el pelo de la cara y la beso antes de salir de su interior y tumbarme junto a ella en la cama.

Pasamos varios minutos en silencio. Ella tiene la cabeza apoyada en mi pecho y me acaricia el abdomen con delicadeza; yo mantengo un brazo bajo la cabeza y la otra mano enredada en su pelo.

Joder, podría quedarme a vivir en este momento.

Una risa ronca sale de mi pecho cuando recuerdo el golpe que me ha propinado.

—¿De qué te ríes? —pregunta incorporándose.

—Pegas bien, rubia, y tengo que reconocer que tienes huevos. Si te cansas de tu trabajo, puedes ir a poner orden entre mis hombres.

—Te lo merecías —responde y pasa sus uñas por mi mejilla—. Volvería a hacerlo.

—No juegues con fuego —la advierto.

—¿Qué vas a hacer? ¿Pegarme?

—Conozco otras formas de castigarte.

La agarro con firmeza, inmovilizándola contra el colchón, mientras cuelo mi otra mano entre sus piernas.

Ella se retuerce, pero no tratando de huir; busca mi boca con desesperación.

Hundo mis dedos en su interior y ella comienza a recorrer mi espalda con su mano.

Nos besamos mientras sigo acariciándola, pero, de pronto, ella detiene su mano en la cicatriz que tengo en el omóplato.

—¿Qué es esto? —susurra.

Suspiro y la suelto para volver a colocarme boca arriba. Prefiero no recordar ese día y no quiero contarle que todavía sigo pagando por lo que ocurrió en aquella nave.

—Heridas de guerra —respondo, escueto.

Ella no insiste, se da cuenta de que no voy a decir nada más, así que se acurruca junto a mí y me abraza. Yo cierro los ojos y las imágenes de aquel día vuelven a mí. Qué puta pesadilla.

Sé que es hora de marcharme cuando siento que empieza a amanecer, no puedo arriesgarme a que alguien me vea salir de aquí.