Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 24
44%

CAPÍTULO 24

Erin

El resto del domingo transcurre con una calma sorprendente, aunque la tensión de que en cualquier momento pueda aparecer el inspector que va a investigar el caso no me abandona.

Las ganas de coger el teléfono y llamar a Ethan o presentarme en su club son insoportables, pero me resisto a hacerlo.

Estoy enfadada con él por hacerme sentir como algo de lo que puede librarse con un simple SMS .

He sido una auténtica idiota al pensar que yo le importaba.

Lo único que quería demostrarse a sí mismo, y a mí ya de paso, era que podía venir y echarme un polvo en cuanto le apeteciera.

Caí como una tonta y sé que volvería a caer.

Termino de prepararme la cena y me siento en el sofá a ver alguna película, a ver si así consigo desconectar. El móvil me suena un par de horas después. Soy tan boba que una parte de mí alberga la esperanza de que sea Ethan, pero no. Es Caroline.

—¿Novedades? —pregunto al descolgar.

—Sí —responde ella—. Jackson ha llegado hace nada a casa. El inspector que va a investigar el caso les ha tenido reunidos hasta ahora, parece que se conocen de cuando Jackson estuvo en el FBI.

—Bien, ¿no? —Es una suerte que se conozcan de antes—. Así será más fácil zanjar todo esto.

—No te creas… Viene dispuesto a hacer justicia a cualquier precio. Vive para acabar con el crimen organizado y, como no tiene muy buena relación con Jackson y ostenta un cargo superior al de él… Se podría decir que lo ha rebajado a ser el chico del café.

—¡No te pases! —Escucho gritar a Jackson a través del teléfono.

—Era para que me entendiera —se justifica ella—. La cosa es que ahora su mano derecha es Toby, ya que fue él quien lo llamó.

Esto parece una broma de mal gusto.

—¿Toby? —casi chillo—. Me dijo que estaba deseando meter entre rejas a Ethan.

—Pues ya ves… así están las cosas —se lamenta—. De todas formas, te llamaba para decirte que el nuevo inspector nos ha convocado a quienes estuvimos en las cabañas para una reunión informativa mañana a las 11:00 en el salón de actos del ayuntamiento.

—¿Reunión informativa?

Ese inspector no va a dejarnos en paz hasta llegar al final de este asunto.

—Antes de que preguntes —dice mi amiga—, Ethan ya lo sabe.

—No me importa —miento.

—Te avisaba por si acaso.

—Pues me alegro por él, pero ya que yo he sido un cero a la izquierda en su vida y se ha deshecho de mí por mensaje, no me interesa lo que haga. —Antes de que diga algo, decido terminar la llamada—. Tengo sueño. Mañana estamos.

Volver a pensar en ese sinvergüenza de ojos increíbles y físico de supermodelo me pone de mal humor, así que hago mi rutina nocturna de cremas y me meto en la cama.

Estoy tan cabreada que podría matarlo con mis propias manos, aunque mi cuerpo no opina lo mismo.

No sé por qué quiero que aparezca en mi casa y eche la puerta abajo para follarme toda la noche. Soy idiota.

Me cuesta horrores dormirme; de hecho, creo que sigo medio despierta cuando unos golpes secos en la puerta de casa me hacen incorporarme asustada.

¿Será la policía? ¿Habrán descubierto lo de las cabañas y vienen a detenerme?

El corazón me late a toda velocidad. Estoy sentada en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero.

Sostengo las mantas con fuerza contra mi pecho.

Si no hago ruido seguro que quien sea piensa que no hay nadie en casa y se larga.

Entonces, los golpes se repiten. Esta vez más fuertes, más exigentes.

Miro el reloj: son las tres de la mañana.

Me obligo a salir de la cama y me pongo una ligera bata para que quien sea no me encuentre medio desnuda.

Recorro el pasillo tratando de no hacer ruido; creo que apenas respiro.

Los golpes se repiten de forma más insistente.

Apoyo las manos en la puerta y, con movimientos temblorosos, me asomo a la mirilla.

No hay policías al otro lado, solo una mirada azul gélida. Está ligeramente inclinado hacia la puerta, uno de sus brazos apoyado en el marco y la mandíbula apretada.

El miedo a ser detenida desaparece, sustituido por una ira inmensa. ¿Cómo se atreve a venir después del mensaje que me ha enviado?

Apoyo la mano en el pomo, decidiendo si dejarlo ahí fuera o abrirle para gritarle a gusto. Él vuelve a golpear la puerta.

—Abre —ordena con un susurro ronco—. Sé que estás ahí.

—Lárgate.

—No me obligues a entrar a la fuerza —amenaza—. Solo he tocado por educación.

—Vaya, qué considerado. Que te vayas —repito.

—No me jodas, rubia. No creo que quieras despertar a todos tus putos vecinos.

La sola mención al vecindario hace que me comporte de forma más racional y abro lentamente la puerta. Me quedo paralizada al verlo ahí plantado, tan alto, tan guapo, tan salvaje. Dios, si es que ya no sé si estoy cachonda o enfadada.

Doy un paso atrás cuando él cruza el umbral.

Tengo la respiración acelerada. Ethan me recorre con la mirada demorándose en mis piernas desnudas y siento cómo la temperatura del pasillo sube de golpe.

Cierra la puerta de una patada y sé que ya no tengo escapatoria. Aunque, en realidad, tampoco la quiero.

—¿A qué has venido? —Intento que la voz no me tiemble y cruzo los brazos por delante del pecho tratando de marcar una distancia entre los dos—. ¿No te ha parecido lo suficientemente humillante deshacerte de mí por mensaje?

Él me observa en silencio y parece querer atravesarme con la mirada. Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio vital, pero yo me niego a retroceder.

—Solo quería asegurarme de que estabas cumpliendo lo que te pedí.

—Su voz suena más oscura de lo normal y su mirada empieza a descender por mi cuerpo con una lentitud que me abrasa.

Se detiene en mi escote y sigue bajando por mis piernas desnudas—.

¿Te pones así de sugerente para esperar a la policía, o es que en el fondo sabías que no iba a ser capaz de pasar la noche sin venir a verte?

—¿Asegurarte? —la pregunta sale de mi boca cargada de ira y doy un paso más hacia él.

Estamos muy cerca, tanto que puedo oler su aroma—.

¿Me mandas un mensaje por la mañana como si yo fuera un monigote al que controlar y apareces a las tres de la mañana en mi casa para supervisar mi vestuario?

No te confundas, Ethan, el haberme echado un par de polvos no te convierte en mi dueño.

Y ahora, lárgate de aquí a seguir cortando manos o lo que sea que le hagas a la gente que te lleva la contraria y déjame dormir.

Ethan ha colocado los brazos en jarras y esboza una media sonrisa acercándose un poco más a mí.

—A juzgar por cómo respiras, rubia, creo que lo último que quieres es que me vaya de aquí.

Esto ya es el colmo. Sin pensármelo dos veces, le cruzo la cara de un tortazo que resuena por todo el pasillo. Él ladea un poco la cabeza por la fuerza del golpe, pero se queda inmóvil. Lentamente, vuelve a clavar sus ojos en los míos y se pasa la punta de la lengua por el labio.

—Ahora que ya hemos acabado con las cortesías —dice en voz baja y ronca—, vamos a lo importante.

Con un rápido movimiento, acorta la distancia que nos separa y, antes de que pueda procesar sus palabras, me agarra con firmeza de la nuca, enredando sus dedos en mi pelo. Su boca se estrella contra la mía sin pedir permiso.

Intento, más por dignidad que por otra cosa, apartarlo, pero ¿qué narices? Esto me apetece tanto como a él, así que agarro su cazadora para acercarlo más a mí. Con su mano libre suelta el nudo de mi bata y yo la dejo caer hasta el suelo.

Ethan se separa un poco, todavía con la mano enredada en mi pelo.

—Rubia —susurra mientras desliza su otra mano entre mis pechos—, ahora me alegro de que llevases tan poca ropa.

Le sostengo la mirada, intentando aparentar una calma que no siento.

—No te hagas ilusiones, no era por ti —suelto con rabia fingida—. Acostumbro a dormir solo con bragas.

—Me importa una mierda. —Suelta mi pelo para rodear mi cuello con su mano—. Lo único que sé es que nadie más va a volver a verte así.

—Eres un idiota, Ethan —digo y lo agarro con fuerza de la camiseta para guiarlo a mi habitación.