CAPÍTULO 23
Ethan
Aparco en la parte trasera del aserradero. Es una zona bastante discreta que no se ve desde la carretera principal. Lo más importante ahora es que nadie nos vea juntos a Miller y a mí.
Bajo del coche y me enciendo un cigarro, todavía no me creo estar en esta situación. Y todo por dejar que dos putos inútiles se deshiciesen de los cuerpos. Me estoy comportando como un principiante.
Escucho el crujido de las ruedas de un coche sobre el mojado camino de piedras que une el aserradero con la carretera general, saco la pistola del coche y la mantengo pegada al muslo, oculta por mi cuerpo, listo para apretar el gatillo si el que asoma no es quien espero.
Tal y como están las cosas, la confianza es un lujo que no puedo permitirme.
Solo cuando reconozco el coche gris de Miller guardo el arma en la cintura y aplasto con la bota el cigarro contra el suelo.
Jackson aparca y baja del coche. No trae buena cara.
—Tú no haces las cosas así, Ruso —suelta en cuanto cierra la puerta—. ¿Qué coño ha pasado?
—Un fallo de cálculo. Confié en imbéciles que no sabían usar una pala, pero ya he solucionado ese asunto —respondo intentando aparentar calma—. ¿Quién iba a prever que un puto árbol decidiría caerse justo ahí?
—Joder, es que parece la maniobra de un principiante.
Me encojo de hombros, aunque me encantaría partirle la cara por tener razón: me dejé llevar por la ira, no tenía la cabeza donde la tenía que tener… Cometí errores que pueden costarme todo por lo que tanto he luchado.
—Lo hecho, hecho está —digo—. Ahora vamos a solucionarlo. Tengo en nómina al forense, solo necesito que tú gestiones el papeleo.
—No va a ser tan fácil —explica—. El hombre que encontró los cuerpos llamó a comisaría y habló con Toby.
—¿Toby? ¿Ese no es el idiota con el que queríais emparejar a mi rubia?
—Seguramente ese idiota no haga que Erin acabe en la cárcel.
—No me jodas, Miller. Con ese tío se va a morir del asco y lo sabes tan bien como yo. En fin, da igual, no hemos venido a hablar de mujeres. ¿Qué ha hecho el idiota?
—Siempre ha querido ser policía de campo, resolver algún caso…
pero por su tipo de personalidad nunca le han ofrecido un puesto así y supongo que habrá querido hacerse el héroe.
Cuando ha recibido la llamada del paseante, este le ha dicho que uno de los cuerpos estaba desfigurado y que le faltaba una mano, así que Toby se ha saltado el protocolo y ha llamado directamente a la central de homicidios.
Van a enviar a un inspector experto en crimen organizado, ya que las muertes tienen toda la pinta de haber sido un ajuste de cuentas.
—Lo de Fred no, pero no podía soportar más a ese hombre —me justifico.
—Podrías haberte limitado a matar así a Leonardo. Te has pasado con lo de la mano.
—Era una advertencia para sus hombres, que ahora trabajan para mí. Si no sabes cómo funciona el negocio, no opines.
—No jodas que enviaste la mano de Leonardo.
—No, claro que no. —Sonrío—. La llevé yo mismo.
—Joder, Ruso… —Jackson se pasa las manos por la cara—. Las cosas pintan mal.
—Ya las solucionaremos. ¿Sabemos a quién mandan?
Jackson se apoya en el capó de su coche, con la mirada perdida en los troncos apilados.
—Sí. —Saca un cigarro y se lo enciende. Las manos le tiemblan ligeramente—. Envían a Hatman.
—¿Qué? —Este giro no me lo esperaba, aunque tenía que habérmelo imaginado. Estoy lento, hostia—. Ese me la tiene jurada, Miller. Los cadáveres se la sudan.
—Ya lo sé, pero todavía no tiene pruebas de que estuvieses en las cabañas ni en aquel pabellón cuando pasó lo de su hijo. Jugamos con algo de ventaja, aunque, por jerarquía, me va a tocar estar bajo sus órdenes. No voy a poder ayudarte.
—Saldremos de esta. Seguimos en contacto.
Miller asiente y se sube al coche, pero, antes de arrancar, baja la ventanilla para darme un último consejo:
—Ruso, mantén a Erin fuera de esto. Si Hatman descubre lo que hay entre vosotros, la usará para llegar hasta ti y hundirte.
Veo alejarse su coche, pero yo me quedo un rato más en el aserradero. Me enciendo otro cigarro y mi mente viaja a aquella nave.
Fue hace casi dos años, época en la que pasaba la mayor parte del año en la ciudad, gestionando mi discoteca Ignis.
Quise diversificar, moverme hacia el tráfico de armas.
Era el siguiente paso lógico después de los locales y la droga.
Carlton, líder de un grupo que se encargaba de mover las armas, era mi enlace.
Habíamos quedado en aquel pabellón para cerrar el trato.
Recuerdo que Carlton me hablaba de rutas de transporte, señalándolas en un mapa que había colocado sobre una mesa metálica.
Mi instinto me advertía de algo, así que repasé con la mirada a sus hombres.
Había dos tipos que no encajaban. No tenían la mirada relajada del resto de hombres, estaban demasiado tensos y atentos a las salidas.
Entonces, bajo la sombra de una gorra, reconocí a Jackson Miller.
Mi sangre se congeló. Sabía a ciencia cierta que Jackson trabajaba para el FBI. ¿Me la quería jugar Carlton? ¿Se la querían jugar a él? Advertí a Bob con una mirada y este se puso alerta.
—Necesito un par de días más, Carlton —dije cuando sacó los contratos y los puso sobre la mesa—. El negocio es grande y no quiero precipitarme.
—Todo el tiempo que necesites, Ruso —respondió él—. Entiendo que necesites darle vueltas al asunto.
Carlton y yo nos estrechamos las manos antes de despedirnos y su abogado comenzó a recoger los planos y los documentos que teníamos que haber firmado en el caso de haber llegado a algún acuerdo.
Cuando estábamos a punto de irnos, el compañero de Miller, joven e inexperto, actuó por instinto y cometió un grave error.
—¡Alto! ¡FBI! —gritó, sacando el arma.
Los hombres de Carlton abrieron fuego y el aire se llenó de gritos. A Jackson todo esto lo pilló por sorpresa y lo vi atrapado tras unos bidones. Tuve que decidir en una fracción de segundo: salvar mi pellejo o arriesgarlo todo por mi amigo de la infancia.
No lo dudé. Fui hacia él deshaciéndome de varios hombres en el trayecto, lo agarré por el chaleco y lo arrastré hacia la salida trasera, mientras su compañero, el hijo de Hatman, se quedaba atrás.
No volví la vista cuando escuché un último disparo.
Salvé a Miller, pero dejé que el otro policía muriera acribillado.
Jackson cumplió su parte; nunca dio mi nombre en ninguno de los interrogatorios a los que lo sometieron.
Sin embargo, la policía encontró entre los cadáveres los documentos del contrato.
No fue suficiente para un juez, ya que no había más pruebas de que yo estuve allí, pero sí fue suficiente para un padre que buscaba venganza.