Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Erin

Caroline descuelga el teléfono con manos temblorosas.

—Estoy en casa de Erin —dice—. Vale, sí.

Activa el manos libres y coloca el móvil en el centro de la isla de mi cocina. Nos inclinamos sobre la mesa para escuchar mejor.

—No he podido llamar hasta ahora, voy conduciendo hacia el lugar en el que he quedado con el Ruso.

El estómago me da un vuelco al escuchar su nombre y mis nervios aumentan. Voy a vomitar en cualquier momento.

—¿Sabes algo más? —pregunto tras aclararme la garganta—. ¿Ethan te ha comentado algo?

—Solo me ha enviado un mensaje para reunirnos.

Sobre lo otro… no tengo noticias, aunque me imagino que estará muy cabreado y poniendo orden entre sus hombres—.

¿Poniendo orden? ¿Se referirá a lo que me estoy imaginando?

El tono de voz de Jackson es serio, parece preocupado—.

Los cuerpos son los de Fred y Leonardo Ferraro.

El cadáver de este último está irreconocible, fue torturado antes de morir.

Por eso se ha considerado un ajuste de cuentas entre mafias.

—¿Cómo que torturado?

La realidad de lo que hace Ethan me cae encima como un jarro de agua fría. A ver, no puedo decir que no lo supiera, pero una cosa es un disparo y otra, torturar a alguien durante días.

—Erin, tía, ¿estás bien? —pregunta Caroline—. Jackson, quizá deberías ahorrarte los detalles.

—No —niego, rotunda—. Quiero saberlo todo.

—Tenemos que esperar a lo que diga el forense, pero he visto los suficientes cadáveres como para saber que no lo torturaron solo un par de días. Le faltaba una mano.

—Bueno, quizá se la haya comido un animal —comenta Caroline.

—¿Un animal?

—Habrá que esperar al informe del forense.

—Jackson informa con un tono frío e impersonal y yo sé que la amputación no es fruto del ataque de ningún animal—.

Vosotras actuad con normalidad. En cualquier momento va a llegar un inspector experto en crimen organizado y las cosas van a ponerse difíciles.

Dorothy sabe qué hacer. Reuníos con ella y sed discretas.

Nos despedimos de él y el silencio se apodera de la estancia. Soy la primera en romperlo, una vez más.

—Voy a tomarme una manzanilla y después me visto para irnos.

—Erin —Caroline me persigue por la cocina, pero yo no quiero hablar del tema. Necesito procesarlo todo—. Cálmate. Seguro que todo se soluciona.

—Soy una hipócrita, Caroline.

—No sabías los detalles.

—Pero sabía quién es Ethan, a qué se dedica. Puede que en las cabañas no quisiera creerlo porque conmigo era diferente, pero vi cómo mataba a Fred. Y, aun así, ayer me volví a acostar con él. Y lo volvería hacer mil veces.

—Una cosa es disparar a alguien y otra torturar durante días a una persona. Y eso tú no lo has sabido hasta ahora, no te martirices más.

—Sí me martirizo porque ¿sabes qué es lo peor? Que no quiero que lo atrapen, que haría cualquier cosa para que no lo pillen. Me da igual lo que haya hecho porque solo puedo pensar en volver a verlo. ¿No te parece asqueroso?

Caroline me observa con cara de pena y sin saber qué decir para aligerar esta culpa que siento.

—El amor es una mierda, Erin —acaba diciendo mientras aprieta mi mano—. A lo mejor no tortura por gusto sino por supervivencia, ¿no?

—Voy a vestirme —cambio de tema—. Avisa a Dorothy y a los que estuvimos en las cabañas. Podemos reunirnos en tu librería y pensar qué hacer.

Me visto de forma automática, conmocionada y sorprendida con esta nueva faceta de mi personalidad.

En las cabañas achaqué al supuesto encantamiento mi fascinación por Ethan.

Pasé dos meses tratando de olvidarme de él, pero sentí la absurda necesidad de volver al pueblo.

Por Dios, estoy enferma. Yo misma vi en la reunión de conciliación las heridas que tenía en los nudillos y preferí obviar el asunto.

Si es que hasta es posible que ayer, antes de aparecer en el bar de Joe, matase a alguien.

Mi estómago no lo puede soportar más y corro al baño a vomitar lo poco que he ingerido durante la mañana.

Escucho los pasos apresurados de Caroline acercándose al baño.

—¿Estás bien? —Se asoma—. ¿Necesitas ayuda?

Me levanto del suelo y me enjuago la boca en el lavabo. Me miro al espejo y este me devuelve una imagen demacrada de mí misma.

—Necesito tiempo para asimilar la verdadera naturaleza de Ethan y el hecho de que no me importe lo más mínimo lo que haga. En fin, una nunca deja de conocerse, pero volvamos a lo importante.

—Ya he llamado a Dorothy, van rumbo a la librería.

***

Llegamos a la tienda de Caroline y entramos. Poco después aparecen Dorothy, Anne, Abigail y su madre. Pasamos a la trastienda, donde Caroline tiene una gran mesa de madera y varias sillas. La situación es realmente tensa y es Dorothy quien se atreve a empezar a hablar.

—Faltan algunas personas que estuvieron presentes en la cabaña cuando Ethan acabó con la vida de Fred y se llevó a Donald para reunirse con el otro fallecido. Yo los pondré al día de todo.

Abigail, una mujer de sesenta años que se dedica a cuidar de su madre impedida, parece realmente asustada.

—Nos van a interrogar a todos y van a descubrir que sabemos lo que pasó. No sé si me da más miedo la cárcel o la ira de ese hombre que casi me cortó un dedo y acabó con la vida del exmarido de Caroline.

—Nadie va a descubrir nada porque ninguno de los que fuimos a pasar unos días a las cabañas coincidimos con Ethan —explica Dorothy.

—¿Perdona? —Anne se ha puesto en pie—. ¿Cómo vamos a sostener esa mentira?

—Muy simple: diciendo que nadie lo vio por allí.

—El tono de Dorothy no admite réplica. No me sorprendería enterarme de que ella es la verdadera cabecilla de la organización criminal de Ethan—.

Es nuestra obligación protegerlo, pues es él quien mantiene la armonía del pueblo y acaba con los maleantes; eso por no hablar de las abundantes donaciones que hace a causas nobles.

En definitiva, no podemos consentir que un forastero venga y nos arrebate eso.

Estamos en silencio, mirándonos entre nosotras. Sospecho que estos son los últimos momentos de tranquilidad que nos quedan hasta que todo salte por los aires.

—Ninguna de las que estamos aquí vamos a decir nada —comenta Abigail—, pero ¿el resto?

—Ethan hace donaciones al ayuntamiento y, además, el alcalde le tiene miedo.

Respecto a los de las cabañas… Cuando ocurrió todo lo de Donald, las cabañas estaban en horas bajas y Ethan, para compensar de alguna manera el lío que había montado, se está encargando de las tareas de restauración del lugar.

Ellos tampoco van a hablar. No les interesa.

—Entonces solo nos queda aparentar normalidad —digo.

—Eso es —coincide conmigo Dorothy—. Por mi parte, disuelvo esta reunión.

Nos levantamos en silencio y vamos saliendo de la librería, evitando mirarnos a los ojos.

El sonido de unas sirenas lejanas rasga el aire, recordándome que el peligro sobrevuela el pueblo.

Cada segundo que pasa soy más consciente del riesgo que corremos si descubren que estuvimos con Ethan en las cabañas.