Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Ethan

El incesante sonido de unos timbrazos me despierta.

Voy a matar a quien se haya atrevido a molestarme e interrumpir mi sueño: tenía a la rubia abierta de piernas en la mesa de mi despacho y estaba a punto de metérsela, joder.

Los timbrazos no paran, así que me levanto en calzoncillos y abro la puerta de casa.

—Vístete. Estas no son formas de recibir a una mujer soltera. Y a ver cuándo cambias de piso, es horrible para mí subir tantas escaleras.

—Dorothy, ¿a qué debo este honor?

Me aparto de la puerta para dejar entrar a la anciana, que me pasa de largo y va directa a la cocina. Deja el bolso en la encimera y se gira a mirarme.

—Voy a hacer café. Tengo algo que comentarte.

Suspiro y voy a mi habitación a vestirme algo. Se me acabó la tranquilidad. Me pongo una camiseta de manga corta y unos pantalones de chándal y vuelvo a la cocina. Dorothy ha puesto en marcha la cafetera y está sacando dos tazas del armario.

—Como si estuvieras en tu casa —comento con ironía—. La próxima vez intenta avisar, que igual no me pillas solo.

Dorothy se acerca a la mesa de la cocina y deja las dos tazas de café, también saca de su bolso una tartera con un bizcocho casero. Me hace un gesto para que me siente.

—¿Que igual no estabas solo? Por favor, si últimamente pareces un monje.

Le doy un trago al café y cojo un trozo de bizcocho.

—Vete al grano —pido.

—No sé qué pasó con la abogada cuando fue a tu bar.

—Estoy a punto de decirle que no se meta, pero me hace un gesto con la mano para que me calle—.

Estos últimos días la veo muy cabreada y tú tampoco es que estés de mejor humor.

Estoy harta, Ethan. Vengo a decirte que estará hoy por la noche en la fiesta de Halloween del bar de Joe.

—Me parece muy bien. Que se divierta.

—Seguro que lo hace. —Dorothy clava en mí sus maliciosos ojos—. Caroline le ha organizado una cita con un compañero de trabajo de Jackson.

Trato de disimular, pero aprieto tanto la taza que creo que voy a partirla.

—¿Una cita? ¿Con un puto poli?

—Sí. —Dorothy sonríe y sé que va a seguir hurgando en la herida—. Sus amigas dicen que está muy tensa y que necesita, perdón por la vulgaridad, echar un polvo.

—¿Echar un polvo? Me cago en la puta, Dorothy.

—¡Esa boca! —me riñe—. Tú verás lo que haces, ya te dije que aparecería otro si no espabilabas. Ahora me marcho a hacer la compra y te dejo hacer tus cosas de… de empresario. Por cierto, desenchufa los aparatos antes de irte, se avecina una tormenta eléctrica.

Acompaño a la mujer a la puerta y la escucho protestar mientras baja las escaleras.

—Parece mentira, con el dinero que tiene y no se compra una casa con ascensor.

—¿Y dejar de oír como te quejas cada vez que vienes?

Cierro la puerta y vuelvo a mi habitación. ¿Una cita? ¿Echar un polvo? Por encima de mi puta calavera.

Me pongo las zapatillas y salgo a correr. Necesito aclarar las ideas. No soy ningún acosador, si creyese que la rubia no está interesada en mí, la dejaría en paz; sin embargo, sé que le gusto y que solo se resiste por sus putos dilemas morales, dilemas que voy a aniquilar hoy mismo.

Tras una carrera de una hora, regreso a mi casa. Tengo que ducharme e ir al club; además, Dorothy parecía tener razón porque el cielo se está poniendo muy negro. El idiota del camello sigue sin decir nada y ya me ha hinchado las pelotas.

Detengo los pasos al llegar a mi portal.

—Miller —saludo al policía.

—Ruso. El tipo que te comenté sigue sin aparecer.

El policía está apoyado en la fachada de mi edificio, quiere aparentar una tranquilidad que sé que no siente.

—Si no ha aparecido su cadáver, este asunto no tiene nada que ver con tu departamento. No te metas.

—Solo he venido a advertirte de que sospechan de ti. En cuanto consigan una orden de registro van a entrar a tu club.

—Que entren —respondo. Han intentado joderme más de una vez y no han podido acusarme nunca de nada—. Sabes que no van a encontrar una mierda.

—No hagas ninguna gilipollez, Ruso.

—Tú tampoco. —Me refiero, obviamente, a la cita que le tienen organizada a la rubia.

—No es nada tuyo.

Suelto una carcajada seca y entro al portal. Tengo que solucionar ya lo de nuestro huésped. Miller es un buen tío.

Me doy una ducha mientras el agua para cocer los espaguetis se calienta. No es lo que más me apetece comer ahora, pero me tengo un largo día por delante. Como sin ni siquiera sentarme, cojo la cazadora y la pistola y salgo de casa.

Llego al club y me reúno con Anya y Bob en mi despacho.

—He estado con Miller —les anuncio—. Me ha dicho que siguen buscando al pringado ese y que sospechan que puede estar aquí. En cuanto consigan una orden de registro van a entrar.

—Nos tenemos que deshacer de él hoy mismo —sentencia Bob—. Hasta ahora hemos sido bastante delicados con él, pero se acabó.

—Está a punto de hablar, Ruso —añade Anya.

—Pues tiene que hablar como sea. Es inútil matarlo sin que nos diga el nombre de su jefe.

Entramos al sótano y el aspecto del camello es lamentable. Lo tenemos colgado de unas cadenas y está medio desnudo. Bajo él, un charco de sangre se está quedando ya reseco.

Cuando escucha abrirse la puerta, levanta la cabeza y, al fijar sus hinchados ojos en mí, se retuerce del terror.

—¿Te alegras de verme? —pregunto con fingida amabilidad.

—Le hemos arrancado varios dientes y ya ves que le faltan más dedos que la última vez —explica Anya—, lleva ahí colgado unos días. Si no lo hemos matado aún es porque nos dijiste que esperásemos a que tomases una decisión.

Saco la navaja del bolsillo y avanzo hacia él a paso lento. Vamos a terminar ya con este circo.

—Supongo que querrás que esto acabe. Yo también, así que habla. ¿Para quién trabajas?

El tío me mira, pero sigue sin hablar. Debo reconocer que tiene huevos. Sobreactúo un suspiro, le clavo la navaja en el abdomen y la retuerzo. Él chilla. La saco y hago el amago de volver a metérsela.

—¡Para, por favor! ¡No puedo más! —grita con dificultad—. La droga me la pasa Walters.

—¿Walters? —exclama Bob—. ¿La mano derecha de Ferraro?

—Me cago en todo. Ni muerto me deja en paz.

Limpio la navaja en la camiseta, saco la pistola, apunto al camello a la cabeza y disparo.

—Deshaceos de esto —ordeno a Anya y Bob—. Me tengo que ir.