Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Erin

Hemos acordado juntarnos en mi casa para ir las tres juntas a la fiesta.

Mis amigas dicen que es porque soy la que vive más cerca del bar, pero yo sé que la realidad es que quieren asegurarse de que vaya.

Desde mi último encuentro con Ethan hace unos días, no estoy de humor y me encantaría ponerme el pijama y meterme en la cama.

Para colmo, diluvia y me han organizado una cita con un compañero de trabajo de Gates y Jackson. Lo que me faltaba.

—Tía, estás guapísima —me dice Caroline al entrar en mi casa—. A Toby le vas a encantar.

—¿En serio se llama Toby? ¿Es un cachorrito? —Qué horror—. Paso de ir.

—Que no, mujer —me anima Minerva—. Es un encanto y no está nada mal. Es muy mono. A ver… no es como…

—Calla, Minerva. Es muy mono.

—¿Mono? Peor me lo ponéis. Ya os he dicho que no quiero conocer a nadie.

—Llevas muy rara desde la firma del acuerdo en el bar del Ruso —dice Caroline—. ¿Pasó algo y no nos lo has contado?

—¡No pasó nada! —chillo—. ¡Nada de nada!

—Una que yo me sé necesita desfogar… —murmura Minerva—. Venga, vamos, que estos estarán esperándonos.

Decido no comentar nada y me miro en el espejo antes de salir de casa: me he puesto un vestido negro ajustado que me llega hasta las rodillas y unos tacones.

—¿No te pones medias? —pregunta Caroline.

—Ni bragas. No me quedan bien con el vestido —explico—. Encima, estamos a cinco minutos del bar de Joe y allí seguro que hace calor.

Cogemos los abrigos y caminamos hasta el bar. La temperatura del interior es muy cálida, algo que agradezco ya que el tiempo es horrible.

En la barra del bar nos aguardan Jackson, Gates y otro chico que, deduzco, será Toby. Por Dios, ¿quién se deja llamar así?

Yo sigo a mis amigas, que se muestran entusiasmadas, y, mientras tanto, hago un barrido visual del bar buscando a alguien que sé que no va a estar en un lugar como este.

—Toby, esta es Erin —nos presenta Jackson.

Es un hombre de unos cuarenta años, bastante apañado. Me dedica una sonrisa sincera que lo hace parecer una buena persona.

—¿Quieres tomar algo? —me pregunta.

—Algo fuerte, Toby —respondo forzando una sonrisa.

Nos acercamos a una zona libre de la barra, un poco alejados de nuestros amigos, que ya están metiéndose mano.

—Bueno, Erin, ¿a qué te dedicas? ¿Tienes pareja? Me han dicho Gates y Jackson que acabas de mudarte al pueblo.

—Eres directo, ¿eh?

—Disculpa, no quería ofenderte. Estoy un poco nervioso. —Juraría que hasta se ha sonrojado—. No hace falta que me respondas.

Odio los tíos así, pero tendré que hacer el esfuerzo.

—No te preocupes. Soy abogada y no tengo pareja. He dejado mi bufete en la ciudad para volver aquí.

—¡Abogada! Qué trabajo más emocionante. Mi trabajo es mucho más aburrido: soy el informático de la comisaría.

—Parece interesante —le digo—. ¿Eres de esos que en alguna investigación accede al ordenador de los sospechosos?

—No, no. —Toby se ríe, incómodo—. Resuelvo pequeños problemas informáticos que van surgiendo en la comisaría: contraseñas que se olvidan, algún virus… Esas cosas.

—¡Ah! Bueno… no está mal tampoco.

—No, no me disgusta mi trabajo, pero me apetece cambiar un poco y hacer alguna labor de campo. Ya sabes, resolver algún crimen, encarcelar a algún delincuente…

—Hacer todo el tiempo lo mismo es aburrido—respondo. Vaya rollo. Entre los dos se instala un silencio incómodo—. Y en tus ratos libres, ¿qué haces?

—Me gusta mucho cocinar y soy miembro de una asociación de juegos de mesa.

Estoy sin palabras. Me quiero ir. Una cosa es decir que no quiero liarme con un criminal, pero que me organicen una cita con un hombre con aficiones de anciano…

Toby sigue hablando sin parar, pero ya no le escucho; la puerta del bar se ha abierto a mi espalda y el ambiente ha cambiado. Siento un escalofrío en la nuca y juraría que la gente habla más bajo. Es él. Lo sé incluso sin verlo.

Toby se calla de pronto y apoya su mano en mi brazo.

—Erin, no te gires. Es mejor no hacer contacto visual con él.

Si hubiese sabido que iba a venir… es peligroso.

—¿Qué dice este tío? Yo intento disimular—.

Acaba de entrar el Ruso, no sé si lo conoces.

Es quien mueve todos los hilos del pueblo y a nadie parece importarle.

He oído cosas terribles sobre él, me han dicho que asesina a gente a sangre fría después de torturarla.

¡Oh, perdón! No quiero asustarte. Espero que pronto acabe entre rejas.

—Sí, claro. Es lo que todos queremos. —Tengo que cambiar de tema, las manos me sudan—. ¿Cuál es tu comida favorita?

—Te juro, Erin, que voy a hacer todo lo posible por acabar con el reinado de este asesino y librar al pueblo de su yugo —promete con rabia—. No entiendo cómo se atreve a venir a un bar lleno de policías y comportarse como un ciudadano ejemplar.

Parece empeñado en seguir hablando del mismo tema y yo cada vez me encuentro peor.

—Toby, perdona, pero tengo mucho calor. Voy a ir al baño a refrescarme.

—¿Te acompaño? —Niego con la cabeza. Solo quiero irme de aquí—. Te espero allí con el grupo. Procura no cruzarte con ese loco, puedes tener problemas.

Sin responderle, voy al servicio lo más rápido posible, El baño del bar de Joe es bastante amplio: tiene una zona con lavabo y un pequeño cubículo donde se ubica el retrete y donde Caroline se quedó atascada una vez.

Abro el grifo y apoyo las manos en la encimera. Intento concentrarme en el sonido del agua, pero solo consigo escuchar mi pulso acelerado. Necesito tranquilizarme.

El clic de la puerta al cerrarse, pocos segundos después, me sobresalta, aunque ya sé quién ha entrado.

—No sabía que ahora buscabas la compañía de un policía aburrido —suelta, burlón.

—No deberías estar aquí.

Por fin me atrevo a mirarlo a través del espejo. Ethan ha cruzado los brazos por delante del pecho y tiene el hombro apoyado en la puerta. Viste unos vaqueros y una sudadera negra remangada, que deja a la vista sus fuertes antebrazos. Dios. Está guapísimo.

—¿Quieres que me vaya? —pregunta con voz ronca.

Yo no respondo, pero sigo mirándolo y veo cómo se separa de la puerta con una lentitud exasperante.

Las luces del baño parpadean a causa de la tormenta.

Comienza a acercarse y no se detiene hasta que su pecho roza mi espalda.

Apoya sus manos tatuadas en la encimera, una a cada lado de mi cuerpo.

Mi respiración se acelera y soy incapaz de apartar la mirada de sus letales ojos azules.

Ethan, con una calma absoluta, estira una de sus manos y cierra el grifo.

Ahora solo se escuchan la tormenta y nuestras respiraciones aceleradas.

Aprovecha para apartarme el pelo y despejar mi cuello, y yo, inconscientemente, inclino la cabeza hacia un lado. Él sonríe.

—No me has respondido —susurra.

—Si no te vas tú, me iré yo.

Reúno la poca fuerza de voluntad que me queda y le doy un golpe con el hombro para apartarlo de mí y así poder salir del baño; sin embargo, él me agarra con firmeza de la cintura, me gira con brusquedad y me estampa contra la puerta del baño.

Sin darme tiempo a protestar, apoya sus manos a ambos lados de mi cabeza y se inclina hasta que sus labios casi rozan los míos.

—Antes de irte, mírame a los ojos y dime que no quieres volver a verme, que no te gusto, que no sueñas conmigo. Dímelo y te dejo volver con el idiota del policía.

—Te odio —escupo, agarrando su sudadera con mis manos—. Te odio tanto que creo que voy a morirme.

Ethan esboza una sonrisa ladeada y se aprieta más contra mí.

—No me odias. Odias que un tipo como yo haya sido el único que te ha hecho sentir de verdad y, sobre todo, odias que no te haya besado todavía.

Abro la boca para decirle algo que salve el poco orgullo que me queda, pero tres golpes en la puerta me dejan paralizada.

—¿Erin? —Es Toby—. Llevas mucho tiempo aquí… ¿Estás bien?

El pánico me recorre y me quedo rígida sin saber qué hacer.

¿Respondo a Toby? ¿Aprovecho para irme? Ethan ni cambia de cara, pero sus ojos brillan con diversión.

Con una mano me sujeta la cintura y me pega más contra la puerta, usando su peso para que nadie pueda abrirla; con la otra, me tapa la boca y se inclina para susurrarme. Dios, este hombre está loco.

—Cuidadito con lo que le dices. Una palabra fuera de lugar y el pobre poli no va a poder salir del bar por su propio pie.

Retira su mano de mi boca y sus dedos se deslizan por mis labios con delicadeza. Ahogo un suspiro antes de hablar.

—Estoy bien. —Mi voz suena más segura de lo que pensaba y un cosquilleo se instala entre mis piernas al sentir la erección de Ethan. Algo que me pone de peor humor—. Vuelve donde estos. Enseguida voy.

Me quedo quieta, sin poder apartar mi mirada de la del mafioso.

—Te doy diez minutos —responde el policía.

Por fin escuchamos los pasos de Toby alejarse, pero Ethan no me suelta de inmediato, sabe que estoy furiosa.

—¡Eres un animal! —Lo empujo con rabia.

—Te he hecho un favor, el poli no te gusta. No provoca nada en ti, aparte de aburrimiento.

—Te crees con el derecho de comportarte así por lo que pasó en las cabañas —ataco con dureza, pero a punto de romperme—. Estás acostumbrado a coger lo que se te antoja, pero yo no soy una de tus propiedades ni uno de tus empleados. No soy tuya, Ethan.

—Entonces, vete —me reta—. La puerta no tiene el pestillo echado y yo no voy a detenerte. Si es lo que quieres, vete. Lárgate.

Me quedo sin aire. Es mi oportunidad: me está dando vía libre para irme. Pero ¿quiero hacerlo?

—Te odio, te odio tanto…

Me paso las manos por la cara y, en un ataque de rabia y deseo, le agarro de la sudadera y lo atraigo hacia mí.

Nuestros labios se unen en un choque violento, hambriento, desesperado.

Ethan me levanta el vestido y me alza, pegándome contra la puerta y obligándome a enredar mis piernas en su cintura.

Lleva su mano a mi nuca y me agarra del pelo con fuerza, aunque sin llegar a hacerme daño. Se separa de mí apenas un centímetro.

—Te he echado de menos, rubia.