Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Erin

Recuerdo lo que le confesé ayer a Caroline en pleno ataque de histeria y me muero de la vergüenza: Le deseo tanto que me duele . Por Dios, me he acostado con muchos hombres y los he olvidado a los dos días. ¿Qué me ocurre?

Paso por el bar de Joe de camino al parque y veo un cartel que anuncia la celebración de una fiesta de Halloween.

Voy a hablar con mis amigas para venir: será el momento ideal de conocer a algún chico normal, o quizá echo un polvo y me olvido de…

Me detengo de golpe al llegar al parque, me falta el aire.

Ethan, en pantalón corto y camiseta de tirantes parece haber decidido salir a correr.

Qué mala suerte la mía. Me giro porque no quiero cruzarme con él y pongo rumbo a casa.

Por el camino recuerdo la primera vez que hablamos en las cabañas:

Huyendo del extraño ambiente de ese lugar, me fui a dar un paseo por el bosque y vi a Ethan a lo lejos, hablando por teléfono en el exterior de una casita de piedra.

Juro que tuve un flechazo, sentí la necesidad de conocerlo, así que, al día siguiente, me puse ropa de deporte y salí a correr, para ver si podía hacerme la encontradiza.

No sé si fue cosa del destino o pura casualidad, pero nos encontramos frente a frente y él me habló:

—Rubia, ¿eres de por aquí? —Su voz ronca viajó directa a mi entrepierna.

—Vivo en la ciudad, ¿tú?

—En vario sitios, pero sobre todo en Heatherville. Soy Ethan.

Estoy segura de que él también sintió algo parecido a lo que sentí yo, porque no dejamos de vernos durante esos días que duró el retiro. Su sonrisa, las miradas que me dedicaba, su aura de peligro… Todo me volvía loca.

Sonrío con nostalgia al recordar lo fácil que fue todo allí, lo feliz que fui. ¿No podría ser igual ahora? Él lo intentó y yo…

Alejo esos pensamientos, que no llevan a ningún sitio, y entro en la ducha.

Mientras me lavo el pelo decido qué me vestiré hoy para mi encuentro con Ethan.

No quiero ir demasiado arreglada, ayer ya cometí ese error y no pienso repetirlo, así que al final me pongo unos vaqueros ajustados, un jersey que deja mis hombros al descubierto y unas botas de tacón.

Después de secarme el pelo, me lo dejo suelto.

Es una manera de recordarme que soy la misma Erin que la de las cabañas.

Y, bueno, ¿para qué negarlo? Sé que a Ethan le encanta mi pelo suelto y por alguna extraña razón quiero gustarle. Soy boba.

Salgo demasiado pronto de casa, así que me paso por el bar de Joe para ver si, por casualidad, está Caroline. Dos de las mesas están ocupadas: una de ellas por Dorothy y Anne y la otra por Caroline. Me acerco a la mesa de mi amiga, sin molestarme en saludar a las viejas.

—Tenemos que venir a la fiesta de Halloween —suelto nada más llegar.

—Justo iba a llamarte —responde mi amiga—. Jackson, Gates y Minerva también vienen.

—Vaya planazo, rodeada de parejitas —me quejo.

—Si no fueses tan terca… —comenta, maliciosa, Dorothy.

—¿De qué hablas? —me dirijo a ella.

Dorothy se levanta y viene a nuestra mesa.

—Voy a decírtelo muy claro: estás sola porque eres una terca. Podrías estar feliz con Ethan, es un buen chico.

—Me estoy hartando del tema, Dorothy. Paso de escuchar más tonterías, me voy a trabajar.

—¿A trabajar? Dejad el orgullo de lado. ¡Los años pasan y pronto serás una vieja arrugada!

Ignoro a la anciana y salgo del bar, aunque antes de que la puerta se cierre del todo alcanzo a escuchar a Caroline.

—Te pasas, Dorothy.

***

En pocos minutos estoy frente la puerta del bar de Ethan.

Respiro hondo y entro. Cuelgo mi abrigo en un perchero que hay en la entrada y estudio el interior del bar.

Es un local bastante amplio, recubierto de madera y con una fila de mesas en el lado izquierdo; el lado derecho lo ocupa una larguísima barra tras la que un camarero limpia vasos sin parar.

A esta hora no hay apenas nadie, pero reconozco de las cabañas a un par de hombres de Ethan y a Anya, la que fue cocinera infiltrada en las Cabañas Burrows.

Fijo mi mirada en la mesa del fondo y el corazón me da un vuelco.

¿Dejaré de ponerme así algún día? Me acerco a él, fingiendo una seguridad que obviamente no siento y aprovecho para estudiarlo.

No me ha quitado los ojos de encima y, a medida que me voy acercando, siento que me mira con más deseo y su mirada se oscurece.

Hace que me sienta desnuda, pero, lejos de molestarme, despierta en mí algo primitivo.

No sé hasta cuándo podré o querré resistirme.

—El pelo te queda mucho mejor así, rubia —Casi murmura cuando llego a su altura—. Ese moño de estirada no te pega nada.

—¿Tú qué sabrás? —reacciono brusca. Él sonríe y apoya los antebrazos sobre la mesa. La camiseta blanca que lleva se le tensa en los hombros y yo tengo que reunir toda mi fuerza de voluntad para dejar de mirar sus brazos tatuados—. A ti el traje tampoco te pega, que lo sepas.

—No me pareció ir vestido de cualquier manera a una reunión tan importante —responde con un ligero tono de burla.

—Una reunión en la que te comportaste como un capullo. Me dejaste en ridículo delante de todo el mundo. ¿Te lo pasaste bien a mi costa? —No quiero enzarzarme en una discusión, así que cambio de tema—. Mira, ni me respondas. No tengo tiempo para estúpidas peleas. Firma esto y me largo.

—No tan rápido. —Ethan se pone en pie y rodea la mesa con una lentitud que me produce escalofríos y alguna otra cosa que no pienso reconocer—. Tenemos que hablar.

—¿Hablar? No tengo nada que hablar contigo. —Lo tengo cada vez más cerca y la voz apenas me sale. Hasta puedo oler el aroma de su gel de ducha.

—¿No? Pues yo creo que sí. —Ethan me quita los papeles de las manos para dejarlos sobre la mesa. Yo retrocedo hasta chocar contra la pared. Él sonríe como un depredador que ha atrapado a su presa y se dispone a comérsela—. De las cabañas.

—Ya te dije que aquello fue un error. Fui víctima de algún tipo de encantamiento —me justifico sin ser capaz de mirarle a la cara.

Ethan suelta una carcajada ronca, coloca una mano justo al lado de mi cabeza y, con la otra, me sujeta la barbilla con firmeza, obligándome a mirarlo.

—¿Un encantamiento? —pregunta. Yo trago saliva y él se aproxima aún más. Tengo su boca tan cerca que, si estirase un poco la cabeza, podría besarlo—. Entonces, ¿no te gusto ni un poco? ¿No te mueres de ganas de que te bese?

—No —consigo responder. Él me suelta la barbilla para enredar, con esa brusquedad que tanto me pone, sus dedos en mi pelo. Soy incapaz de moverme—. Ethan, firma el papel.

—Firmaré tu puto papel cuando me crea que no sientes nada por mí.

La mano que sujeta mi pelo tira con más fuerza de él y, aunque no llega a hacerme daño, sí me obliga a alzar la cabeza.

Su nariz roza la mía ahora. Coloco mis manos sobre su pecho, para intentar alejarlo, pero lo único que consigo es notar los latidos acelerados de su corazón y sentir el calor que atraviesa su camiseta.

Entreabro los labios, estoy a punto de caer.

—Firma. El. Papel —casi suplico contra su boca con el último resquicio de voluntad que me queda.

Ethan me mira, intentando encontrar alguna grieta, pero no le doy ese gusto, así que le da un último apretón a mi pelo y lo suelta para, acto seguido, alejarse de mí con un gruñido.

Siento frío, echo de menos su cuerpo apretándose contra mí.

Tengo la respiración entrecortada y creo que voy a marearme en cualquier momento.

Él sonríe, sabe que me he resistido a duras penas.

Firma el acuerdo con rapidez, cierra la carpeta y me la tiende.

Yo la cojo, pero él no la suelta, lo que me obliga a volver a mirarle.

—Aquí tienes tu victoria. —Su sonrisa se ensancha de forma peligrosa—. Vete a tu despacho, llama a tu cliente y cuéntale que has ganado el caso. Pero los dos sabemos la verdad.

—¿Qué verdad?

Aprieto la carpeta contra el pecho. Ethan se inclina y me susurra al oído.

—Que hoy te has ido porque me ha dado la gana a mí. Disfrútalo, rubia, porque la próxima vez que estemos así de cerca no habrá nada que te sirva de excusa. Tú misma me pedirás que te bese y que no me detenga.

Tras decir eso, se separa de mí y me hace un gesto señalando la puerta. Soy incapaz de decirle nada, así que me apresuro a coger mi abrigo y salgo del bar. Necesito aire.