CAPÍTULO 15
Erin
El ruido que ha provocado la carpeta estrellándose contra la pared ha debido de alertar a Minerva, que abre con lentitud la puerta y asoma su cabeza repleta de rizos negros.
—¿Va todo bien? —pregunta, cautelosa.
—Nada va bien —respondo dejándome caer al suelo. Apoyo la espalda en la mesa, agotada, y miro a Minerva, que se ha agachado a recoger el desastre que yo misma he provocado—. No ha querido aceptar el trato y ahora el señor Johnson quiere cambiar de abogada.
—Bah, ni caso a ese señor, no hay mejor abogada que tú. Te vendrá bien tomar el aire, sal un poco donde Caroline, ya me quedo yo aquí.
Decido hacerle caso y voy a la librería. Me vendrá bien desahogarme con ella. Como es habitual, mi amiga tiene el establecimiento vació y ordena unos libros en la estantería del fondo.
—Ethan es gilipollas —suelto y me siento en el sofá.
Caroline se gira y, tras suspirar, viene a sentarse junto a mí.
—¿Qué ha hecho ahora? —pregunta con voz dulce.
—Se ha presentado en mi despacho como si fuera el dueño del mundo. Llevaba un traje negro que le quedaba como un guante. Por Dios, mira si estoy mal que no podía pensar en otra cosa que no fuera arrancárselo y dejar que me follara sobre la mesa.
Caroline se lleva las manos a la boca y ahoga un suspiro.
—Madre mía, Erin. Pero ¿ha aceptado el trato?
—¡Claro que no ha aceptado! —grito—. El muy idiota ha rechazado todas y cada una de mis propuestas.
Me ha dicho que antes quema el bar que colocar medidores acústicos y que no me meta en cómo lleva él sus negocios.
He perdido los nervios y le he dicho que se estaba comportando como un niñato caprichoso y ¿sabes qué ha hecho él?
—¿Qué ha hecho? —Mi amiga me mira horrorizada.
—¡Largarse! —Me pongo en pie, incapaz de controlar mi ira—. Me ha dicho que le llame si se me ocurre alguna idea coherente. ¿Te parece normal? ¡Humillarme de esa manera!
—Te está provocando —sentencia Caroline—. Le dijiste que no querías volver a verlo, has vuelto al pueblo y pasas de él… Está claro. No sabe qué hacer para llamar tu atención.
—No digas bobadas —me enfado aún más—. Solo quiere demostrar que él es dueño y señor de todo esto y que se pasa la ley por donde yo te diga.
—Que no, Erin, tiene algo contigo. Fred le aburría y le pegó un tiro. Tú le llamas «niñato caprichoso» en público y ¿qué hace? Nada. Más claro…
Aprieto los puños a ambos lados de mi cuerpo. Si yo le gustase no se comportaría como un cabronazo conmigo. El móvil empieza a sonarme, pero lo ignoro.
—Te llaman.
—Me da igual.
—Cógelo, puede ser importante.
—Que le den.
—Erin, tía, coge el teléfono —insiste.
—Qué pesada. —Descuelgo a regañadientes—. ¿Diga?
—Señorita Peterson, soy Anthony Marsh, el abogado del señor Davenport.
—¿Qué quiere ese idiota ahora?
—Mi cliente, tras una profunda reflexión, ha decidido aceptar todos los puntos del trato. —No doy crédito. Quiero matarlo con mis propias manos—. Dice que vaya preparando el contrato y que acuda mañana a las diez a su bar para que lo firme.
—¿A su bar? Dígale que lo espero en mi despacho, como a la gente normal.
—Eh… No va a ser posible. Él…
No dejo que termine y le cuelgo. Caroline me mira con aspecto preocupado, pero no dice nada, así que exploto.
—¡Maldito imbécil! ¡Se va a enterar! ¿Una profunda reflexión? ¿Que vaya a su bar? —Marco el número de Ethan con tanta fuerza que me hago daño en los dedos—. Te vas a cagar…
—Erin, cálmate. Ese hombre…
—Ese hombre no sabe a quién se está enfrentando.
Le lanzo una mirada letal y se calla. El mafioso de mierda no me da miedo. El teléfono da un toque, dos… Como no me coja, me presento en su bar y lo incendio.
—Vaya, qué sorpresa. No pensaba recibir tu llamada tan pronto —me dice con voz ronca—. ¿Algún problema con el acuerdo? ¿O llamas para darme las gracias?
—¿Las gracias? ¿A ti? —le grito—. ¿De qué vas, sinvergüenza? ¿Una profunda reflexión? ¿Te crees que soy idiota? Me has hecho quedar como una incompetente delante de mi cliente para acabar aceptando el trato diez minutos después. Yo no soy una de tus empleadas para que me manejes a tu antojo.
—Me consta que no eres una de mis empleadas, yo no me acuesto con mis trabajadoras.
Siento que me sonrojo. Menos mal que no estamos cara a cara. Qué vergüenza. Me quiero dar dos tortazos.
—Tampoco te acuestas conmigo —respondo intentando que no note lo nerviosa que me ha puesto.
Suelta una breve carcajada y tengo que sentarme porque me fallan las piernas.
—Pensaba que estarías contenta. Dime cuál es tu queja. ¿El viejo quiere más dinero? ¿Quieres que me acueste contigo?
—Déjate de gilipolleces. ¡Y no pienso ir a tu bar!
—Así que quieres que me acueste contigo.
—¡Antes muerta! —le grito.
—Mira, me pillas bastante liado, no tengo tiempo para negociar contigo. Te espero mañana.
Estoy a punto de rebatirle cuando me cuelga el teléfono y me deja con la palabra en la boca. Otra vez. Caroline me sigue mirando con los ojos como platos.
—Tía, ¿qué ha sido eso? He podido notar hasta yo la tensión sexual entre vosotros.
—¡Le odio! Odio su arrogancia, que se crea el amo del universo, que haga y deshaga a su antojo, odio cómo le queda el traje, su voz, sus ojos, su sonrisa, sus manos tatuadas.
Odio cómo me mira, como si yo… —me quiebro, no puedo continuar, no sé si voy a ser capaz de decir en voz alta lo que me hace sentir, pero necesito hacerlo.
—¿Como si tú…? —Caroline se ha acercado a mí y me pone una mano sobre el hombro.
—Como si yo… como si yo fuera algo para él.
Me hace sentir especial y yo… pues… Dios, cómo lo odio.
—Me levanto y me apoyo en el mostrador de la librería porque las piernas me fallan.
Cojo aire, preparándome para decir lo que voy a decir—.
Lo odio, odio que me encante. Desde la primera vez que lo vi.
Me encanta que me haga sentir viva, deseada. Le deseo tanto que me duele.
Todo esto es una mierda. Mi vida es penosa.
—Ay, cariño… —Caroline me coge de las manos y me lleva de nuevo al sofá.
Se queda unos segundos observándome y empieza a hablar—.
Sé quién es él, todo el pueblo lo sabe. Sabemos a qué se dedica y cómo resuelve sus problemas, pero yo estuve allí.
Estuve en las cabañas y hacía años que los ojos no te brillaban tanto.
Entiendo que tengas dudas, pero negando lo que sientes solo te haces daño a ti misma. Ve a ese bar y demuéstrale quién eres.
—No sé, Caroline… No sé qué puede pasar si nos encontramos los dos a solas.
—Bueno, pues vete a comprobarlo.