Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Ethan

Salgo de la oficina de la rubia sin mirar atrás y con mi abogado pisándome los talones. No para de balbucear gilipolleces. Al llegar a mi coche, me detengo de golpe y me giro, provocando que Anthony casi choque contra mí. Cruzo los brazos por delante del pecho y espero a que acierte a decir algo.

—Señor… señor Davenport, no entiendo que haya rechazado la propuesta de la parte contraria. Era inmejorable y nos evitaba ir a juicio y tener a la policía rondando por la zona.

—Sí, era una buena oferta —coincido con él, que me mira confundido—. Vas a llamar a la abogada dentro de diez minutos y le vas a decir que, tras una profunda reflexión, he decidido concederle el capricho y aceptar todas sus condiciones.

—Pe… pero… —tartamudea—. No entiendo. Allí dentro ha dicho que antes quemaba el bar que aceptar sus condiciones y ahora…

—Tú llama y no hagas más preguntas.

—¿Y la indemnización? —Su voz es cautelosa.

—Todo. —Este hombre es idiota—. He dicho que lo acepto todo. ¿Tengo que repetírtelo?

—No, no, señor.

—Y dile también que prepare el contrato, pero aclárale que no pienso volver a su despacho. Si quiere la firma, tendrá que venir a mi bar. Mañana a las diez de la mañana.

—Señor, pero ella…

Ignoro a Anthony, dejándolo en la acera secándose el sudor de la frente. Me subo al coche para ir al club y disfruto pensando en la furia que sentirá ella cuando reciba la llamada. Sonrío para mí mismo: el cebo está echado.

Llego al club y bajo directamente al sótano, a la sala de interrogatorios en la que tenemos al tipo que nos la intentó jugar. Bob y Anya ya están allí divirtiéndose.

—Ruso —saluda Bob—, no hay manera de hacerle hablar, se niega a darnos el nombre del cabrón que le pasa la droga.

Dirijo la mirada al chico que está en la silla con las manos atadas a los reposabrazos. Su cabeza cuelga hacia un lado, inerte. Se habrá mareado del dolor.

—Le he cortado un par de dedos, pero nada. —Anya se encoje de hombros.

Suspiro y me acerco a él. Le agarro del pelo con fuerza para hacerle levantar la cabeza y él parece reaccionar, aunque le cuesta enfocar la mirada.

—¿Tanto te paga tu jefe para no querer decirnos quién es? —El hombre tose, pero no dice nada—. Se me está agotando la paciencia. Anya, Bob, tendréis que tomar medidas más drásticas para hacerle hablar.

—¿Lo matamos?

—Todavía no. Usad vuestra imaginación, aquí tenéis herramientas de sobra. Que desee estar muerto antes de que yo vuelva.

—¿Dónde vas? —pregunta Bob.

—Imagínatelo… —responde Anya.

—No es de vuestra incumbencia. Tengo otros asuntos de los que ocuparme. Volveré luego.

Siento la vibración del móvil en el bolsillo y un espasmo de satisfacción recorre mi columna. Saco el teléfono mientras me alejo por el pasillo, dejando atrás los gritos que salen de la sala de interrogatorios. Miro la pantalla y sonrío. Ha picado.