CAPÍTULO 13
Erin
Estoy tan nerviosa que creo que voy a vomitar en cualquier momento. Los insistentes golpecitos que me propina en el brazo el señor Johnson y sus incesantes quejas tampoco ayudan.
—Te juro que ayer por la noche me vibraba la cama.
¡El vaso de agua de mi mesilla estuvo a punto de caerse y romperse contra el suelo!
¿Y si me llego a clavar un cristal en el pie?
¿Qué hubiese pasado entonces? ¡Ese hombre atenta contra mi integridad física!
—Me da otro golpecito en el brazo—. ¿Me estás escuchando?
—Cómo no escucharlo, señor Johnson —mascullo.
—¡Estás distraída! —me grita.
No puedo parar de mirar a la puerta, Ethan tiene que estar al caer. Me aliso por enésima vez el vestido y me paso las manos por el pelo, asegurando que el moño siga intacto.
—Si no da su brazo a torcer —prosigue el anciano—, nos veremos en los tribunales.
—No creo que lleguemos a eso —respondo, impaciente—, me he enfrentado a casos peores.
—Lo dudo, señorita —comenta con superioridad.
Oigo el ruido de la puerta de entrada y varias voces, aunque no alcanzo a escuchar lo que dicen.
Unos pasos firmes se aproximan a mi despacho por el pasillo y el estómago se me encoje.
Trato de mantener la compostura y que el nerviosismo no se me note.
No soy una novata en esto, he ganado casos mucho más complicados contra gente mucho más poderosa.
Me pongo en pie justo cuando la puerta se abre y dejo de respirar.
Tengo que sujetarme a la mesa porque las piernas me fallan.
Ethan irrumpe en mi despacho, que ahora parece diminuto, y el aire se carga de una electricidad insoportable.
Su delicioso olor a hombre, sexo y algo más peligroso llena la sala.
Se queda quieto, solo la mesa nos separa, y me recorre con esos gélidos ojos azules.
Se detiene en mi boca y después en mi pelo; esboza una sonrisa ladeada, conocedor del poder que tiene sobre mí.
—Me alegro de volver a verte —casi susurra y deja, con brusquedad, el móvil y las llaves del coche sobre la mesa. Acto seguido, se sienta, como si el despacho y lo que hay en él le pertenecieran.
—¿Os conocéis? —pregunta, confuso, el señor Johnson.
—Apenas —consigo responder sin que me tiemble la voz.
Ethan suelta una carcajada sexy y ronca. Yo lo miro. Él se recuesta en la silla y me sonríe malicioso.
La entrada del abogado, seguido de Minerva, rompe nuestro contacto visual.
—Perdón por hacerles esperar, he tenido que rellenar algún documento.
¿Ha ocurrido algo en mi ausencia? Noto el ambiente cargado.
—Nadie le responde, pero Ethan vuelve a mirarme.
Le hago un gesto a Minerva para que se marche, ya que se ha quedado paralizada junto a la puerta—.
Mi cliente, el señor Davenport, está dispuesto a llegar a un acuerdo con el señor Johnson.
—Yo no he dicho eso, Anthony —lo corta Ethan. El abogado traga saliva y comienza a sacar papeles de su maletín—. Primero tengo que escuchar la propuesta de la abogada.
Me aclaro la garganta y comienzo a hablar mirando al abogado.
—El señor Johnson se queja del ruido insoportable que produce el bar del señor Davenport.
Afirma llevar meses sin dormir, lo que afecta a su calidad de vida.
Se ha reunido en varias ocasiones con su cliente para tratar de llegar a algún acuerdo y no tener que optar por la vía legal; sin embargo, sus quejas han sido ignoradas.
—Ethan bufa—. Esta citación es para ver si logramos alcanzar un acuerdo y evitar llegar a los tribunales.
—¿Y qué propones? —La voz de Ethan es profunda y me lleva directa a aquellos días en las cabañas, a cuando me susurraba guarradas al oído. Me decido por fin a mirarle, pero las palabras se niegan a salir.
—Yo había pensado… —El abogado trata de intervenir, pero Ethan le hace un gesto con la mano sin dejar de mirarme.
—Cállate.
El muy gilipollas se lo está pasando en grande a mi costa.
Se ha puesto un traje negro sin corbata y solo puedo pensar en arrancárselo y montármelo con él aquí mismo.
El mafioso alza las cejas y sonríe, como si me hubiera leído el pensamiento.
Dios, qué sonrisa tan bonita. Se inclina y apoya las manos sobre la mesa; mis ojos descienden y miran sus tatuajes.
Se le notan pequeñas heridas en los nudillos.
¿Qué habrá estado haciendo? No se me tiene que olvidar que, por muy irresistible que me resulte, es un criminal.
Tengo que centrarme o voy a perder el caso.
—Tengo varias propuestas —comienzo en tono profesional—. En primer lugar, hay que recubrir el techo del local con paneles de aislamiento acústico. Por otro lado, se conectará un dispositivo al equipo de música para evitar que esta suba de ciertos decibelios.
—¿Algo más? —se burla Ethan—. La gente viene a divertirse a mi bar, no a morirse del asco.
Yo clavo mi mirada en él. El señor Johnson me da otro golpecito en el brazo y me susurra.
—No olvides mi indemnización.
—¿Indemnización? Lo que me faltaba —bufa Ethan.
—Sí —respondo, seria—. Exigimos una indemnización por las molestias causadas.
—¿Molestias? Pero si me ofrecí a cambiarle las putas ventanas de casa y no quiso.
—Porque la solución es aislar el local —respondo.
—Es un trato razonable —comenta el abogado, quizá queriendo relajar la tensión entre nosotros—. Creo, señor Davenport, que deberíamos aceptar.
—No. —La negativa de Ethan es rotunda.
—Pero, señor… —El abogado comienza a tartamudear y yo a sentir una rabia incontrolable bullendo en mi interior—. La propuesta es inmej…
—He dicho que no. No voy a aislar el bar, y antes le doy fuego al local que poner un puto dispositivo que controle el volumen de la música. Nadie va a decirme cómo llevar mis negocios.
—¿Y la indemnización? —pregunta Johnson—. Ya que voy a seguir sin dormir…
Ignoramos al pobre hombre, que al final agacha la cabeza y se lamenta. Yo me pongo en pie y miro amenazadora al mafioso.
—¿A qué crees que estás jugando? ¡Deja de comportarte como un niñato caprichoso! —Casi chillo y el abogado pone cara de espanto—. Si todo iba a parecerte mal, ¿por qué has venido?
Él sigue tan tranquilo sentado en la silla y un brillo de diversión atraviesa su mirada.
—¿Por qué he venido? —repite poniéndose en pie y recogiendo sus cosas—.
Es una buena pregunta. Pensaba que me había levantado generoso, pero parece que no.
Llámame si se te ocurre alguna idea coherente en la que mi bar no se tenga que convertir en un puto centro para ancianos. Nos largamos, Anthony.
Ethan me da la espalda y abandona el despacho con pasos seguros, arrogantes y endiabladamente sexys. El abogado murmura alguna disculpa y se marcha tras él.
Me dejo caer en la silla con una mezcla de furia e impotencia y me quedo callada. El señor Johnson no tarda en abandonar el despacho entre quejas y la promesa de buscarse una abogada que sepa hacer su trabajo.
El silencio que reina aquí, en lugar de calmarme, hace crecer mi rabia.
Cojo la carpeta de mi mesa y la lanzo contra la pared.
Los papeles se desparraman por el suelo.
Maldigo a Ethan, a su voz, a su prepotencia, a su cuerpo perfecto, a sus ojos, pero, sobre todo, maldigo el efecto que sigue teniendo sobre mí.