Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Ethan

Me levanto temprano como todos los días, me pongo el chándal y salgo a correr.

Necesito descargar de alguna manera la adrenalina si no quiero lanzarme sobre la mesa del despacho de la rubia y follármela delante del inútil de mi abogado y del viejo pesado.

Anthony me dijo que acudiría él solo a la reunión, que era un asunto sin importancia y que no fuese.

¿No ir y perderme a la rubia en acción? Ni de coña.

Ese abogado me tiene hasta los cojones, quizá sea hora de que acabe como el anterior.

Esta es mi oportunidad de tantear a la abogada en su terreno y demostrarle que no va a poder esconderse de mí para siempre.

Además, encontrarme cara a cara con ella y obligarla a interactuar conmigo me servirá para ver si sus palabras por teléfono fueron sinceras o si todavía la atraigo tanto como en las cabañas.

El aire en el parque es helado, parece que alguien está lanzando miles de cuchillas contra mi rostro.

Corro hasta que los gemelos me duelen, tratando de anestesiar lo que me provoca acudir a la maldita conciliación.

Me detengo para llenar de aire mis pulmones y el móvil prepago vibra en mi bolsillo.

Callejón de la lavandería. 15 minutos .

El puto poli otra vez. ¿Qué querrá ahora? Doy media vuelta y me dirijo al callejón. Él ya está allí fumando un cigarro.

—Miller —lo saludo deteniéndome frente a él.

—Ruso, veo que te pillo haciendo deporte. ¿Quieres impresionar a alguna mujer?

Como si necesitase hacer deporte para eso. Suelto una risotada y voy al grano. No me gusta perder el tiempo.

—Dime qué quieres. Tengo cosas que hacer.

—Han denunciado la desaparición de John Walters, un joven de unos veinticinco años que se dedica a vender droga. Lleva algunos días sin aparecer por casa.

—No me suena.

Él saca el móvil y me muestra una foto del hombre al que tengo encerrado en el sótano.

—¿Ahora? —pregunta.

—Ni puta idea. —Me encojo de hombros—. Quizá ha decidido irse y vender su mierda en otra parte.

El poli suspira porque sabe que le miento, pero no puede demostrarlo. Guarda el móvil y tira el cigarro al suelo.

—Intenta no matarlo, Ruso.

—Ya veremos —respondo y salgo del callejón.

Si no me doy prisa voy a llegar tarde a la cita con la única mujer capaz de nublarme el juicio.

Llego a casa con el tiempo justo para darme una ducha y vestirme.

Apoyo las manos en los azulejos y agacho la cabeza, dejando que el agua hirviendo caiga por mi espalda y golpee mis tensos músculos.

Me miro las manos, los tatuajes no pueden disimular las heridas que me hice pegando a ese desgraciado.

La rubia se va a dar cuenta, pero ¿por qué me importa tanto?

Ella ya sabe a qué me dedico. Es lo que hay.

Suspiro y salgo de la ducha. Me anudo una toalla a la cintura y voy a mi habitación; sobre la cama he dejado un traje preparado.

Lo odio. Odio la sensación de asfixia que me produce, cómo la tela de la camisa tira de mis hombros.

Me hace sentir enjaulado. Domesticado. En un arrebato de gilipollez he sacado una corbata también.

La agarro y la lanzo dentro del armario.

Me niego a sentirme como si tuviera una soga en el cuello.

Al terminar de vestirme me miro al espejo: los tatuajes asoman por el cuello de la camisa, por lo menos no parezco uno de esos gilipollas que revolotean alrededor de la abogada.

Cojo el móvil y las llaves del mueble de la entrada.

Si la rubia quiere una puta reunión de conciliación, se la voy a dar.

Supongo que podré fingir ser un empresario respetable durante una hora y ya solucionaremos toda nuestra mierda pendiente fuera de su despacho.

O quizá no. Depende de qué humor me pille.

Aparco cerca de la oficina de la abogada. Anthony está plantado en la puerta con su maletín en las manos, parece nervioso y se apresura a correr hacia mí cuando me ve acercarme.

—Señor Davenport, tengo la estrategia perfectamente planeada. Déjeme a mí y saldremos indemnes de este desagradable trance.

—Para eso te pago, Anthony.

Paso de largo sin apenas mirarle. Él me sigue, explicando su mierda de estrategia, pero ya no le escucho. Solo puedo pensar en una melena rubia larguísima y unos ojos de brillo salvaje que me esperan en el interior del edificio.