Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Erin

Me miro al espejo e intento disimular con algo de maquillaje mi mala cara.

No he pegado ojo. Cada vez que me dormía, se me aparecía la imagen de Ethan irrumpiendo en mi despacho.

He pasado la noche repitiéndole a mi cabeza que no va a acudir al acto de conciliación, que seguro que tiene cosas mejores que hacer que discutir sobre la falta de sueño de un anciano.

Además, la mirada que me dedicó el otro día me dejó claro que ha superado lo nuestro. Mejor para mí.

Antes de salir de casa vuelvo a repasar mi aspecto: el traje azul cielo me sienta muy bien y el moño tirante en el que me he recogido el pelo me da un aspecto profesional. El móvil empieza a sonarme y descuelgo sin mirar quién llama.

—Erin. —La voz de Minerva suena preocupada—. No quiero agobiarte, pero acaba de llamarme el abogado de… del Ruso y ha confirmado su asistencia.

—Ya la confirmó ayer —respondo mientras saco mi abrigo del armario.

—La asistencia del Ruso —suelta ella.

—¿Qué? —chillo. No puede ser—. Voy a tardar un poco más en llegar.

Abro el armario de los vestidos después de colgar el teléfono y meto a toda prisa varios en una maleta. Salgo de casa lo más rápido que mis tacones me lo permiten, me monto en el coche y pongo rumbo a casa de Caroline.

Toco el timbre de forma insistente y, poco después, me abre Jackson en calzoncillos y con aspecto somnoliento.

—Vaya, el recibimiento que quería. —Le doy un empujón y entro en la casa—. ¡Caroline! ¡Una urgencia! ¡Ayuda!

Mi amiga aparece en el salón, con el pelo revuelto y el pánico reflejado en su cara.

—¿Qué ha pasado? ¿Te ha hecho algo?

—Acaba de confirmar su asistencia a la reunión.

Caroline suspira aliviada y me lanza un cojín.

—Por Dios, pensaba que te había amenazado de muerte. No veo el problema de que acuda.

—¿No ves el problema? —Señalo mi ropa—. Parezco una institutriz frígida.

—Más morbo, ¿no?

—Déjate de morbo y ayúdame a elegir un vestido. ¡Jackson! —grito—. ¡Colabora!

Siento a los dos en el sofá y saco los tres vestidos que he traído para mostrárselos a mis asesores de imagen improvisados.

—El negro es muy serio —opina Caroline—. Parece más de funeral que de otra cosa.

—Descarto el negro —digo y lo lanzo junto a la maleta.

—Me gusta el granate. Es serio, pero parece que pides guerra.

—Además no es muy corto —participa a regañadientes Jackson después de recibir un codazo de Caroline—. Es mejor insinuar. Con eso y los tacones, lo tienes de rodillas frente a ti.

—No quiero eso. Solo quiero que vea lo que se pierde.

Intento mantener la compostura, pero la imagen de Ethan arrodillado frente a mí en mi despacho me provoca un cosquilleo que va a conseguir que pierda el caso.

—Pensaba que no te importaba lo que pensase de ti —me ataca la librera.

—Es que no me importa.

—Claro que no, Erin. No te importa en absoluto.

—¿Me suelto el pelo? —decido ignorar el comentario de mi amiga porque no hacerlo me supondría ponerme a pensar por qué quiero que el mafioso se quede con la boca abierta al verme—. ¿Lo dejo así? ¡¿Qué hago?!

—Déjatelo así —me aconseja Jackson—. Pareces más… más inalcanzable.

Justo lo que quiero: impresionarlo, pero marcando las distancias.

Que no se piense que voy a caer rendida a sus innumerables encantos a la primera de cambio.

Que se lo curre un poco. O no. Dios mío, estoy histérica.

Termino de arreglarme y me despido de ellos.

Justo cuando estoy empezando a bajar las escaleras, Caroline me grita:

—Al Ruso no sé, pero al señor Johnson va a darle algo cuando te vea.