Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 9
16%

CAPÍTULO 9

Erin

Los siguientes días transcurren con una tranquilidad que me pone los pelos de punta. Temo volver a encontrarme con Ethan, pero, a medida que pasa el tiempo y no lo veo, la angustia se apodera de mí y me cuesta hasta conciliar el sueño.

Mi parte racional sabe que es mejor así, que, si no lo veo en una larga temporada, acabaré superando lo que sea que haya entre nosotros; sin embargo, mi parte más inconsciente desea encontrárselo en cualquier esquina.

Para evitar volverme loca y conservar mi salud mental, decido refugiarme en el trabajo, ya que la oficina está operativa.

Llevo un rato preparando unos documentos para que la gata de Anne herede todas sus propiedades cuando la anciana fallezca. Unos suaves golpes en la puerta hacen que levante la cabeza de los papeles.

—Erin, está aquí el señor Christopher Johnson. Está muy nervioso.

Le digo que lo haga pasar y entra a mi despacho un hombrecillo pequeño con unas profundas ojeras y puños apretados.

—¡O solucionas mi problema o voy a fallecer en cualquier momento! —protesta dejándose caer en una silla.

—Tranquilícese y cuénteme qué le ocurre —pido en tono profesional—. Minerva le traerá una infusión.

Hago un gesto con la cabeza a mi secretaria, que mira muy preocupada al anciano. Ella sale del despacho y me quedo a solas con el cabreado hombre.

—Vivo justo encima del bar nuevo de la plaza —explica—. Desde que abrió, hace unos meses, no consigo pegar ojo: la música está altísima hasta muy tarde y el ruido es insoportable.

—¿Ha hablado con el encargado del local?

—¡Por supuesto! Varias veces: dicen que ya han adelantado la hora de cierre y han bajado el volumen. ¡Todo mentira!

—No se preocupe, solucionaremos su problema.

—No creo que lo consiga. Esa gente solo entra en razón por las malas. Fíjese que se han ofrecido a cambiarme las ventanas de casa —chilla, ofendido—. ¡Yo no quiero eso! Solo quiero pasar en paz los años que me queden.

Minerva entra con la infusión y mira con tristeza al hombre.

—Yo hablaré con el encargado y trataré de llegar a algún acuerdo para evitar ir a juicio. Deme algún día y me pongo en contacto con usted. Ahora, Minerva cogerá sus datos.

—Si no le importa, me llevo la infusión.

—Faltaría más —respondo con una sonrisa tranquilizadora.

El hombre se despide de mí y vuelvo a quedarme sola. Voy a redactar el acuerdo al que quiero llegar y le diré a Minerva que llame al encargado del bar para concertar una cita.

—Salgo a comer un momento. Localiza al encargado del bar y cítalo aquí mañana. Luego ya te puedes ir a casa.

Llego en poco más de cinco minutos a la librería de Caroline y empujo la puerta para entrar al establecimiento. Mi amiga está leyendo en el sofá que tiene en una esquina de la tienda.

—Caaaroliiiineeee. —Pega semejante brinco que el libro se le cae al suelo—. Vengo a sacarte a comer.

—Madre mía, vas a matarme. —Se levanta, recoge el libro y se pone el abrigo—. ¿Dónde vamos?

—¿Donde Joe?

El bar de Joe está justo al lado de su librería, así que no tardamos en estar sentadas en una mesa con sendas hamburguesas a nuestra disposición.

—¿Qué tal estás? —me pregunta—. Te veo contenta.

—Sí. Tengo mi primer caso medio importante. Ha venido el señor Johnson porque quiere poner una demanda: el ruido del nuevo bar de la plaza no le deja dormir. He redactado un acuerdo y le he dicho a Minerva que se ponga en contacto con el encargado para llegar a un acuerdo extrajudicial.

—¿El bar del centro? —Caroline me mira con una cara muy rara y se apresura a tomar un trago de su bebida.

—Uno que ha abierto hace poco. Parece ser que el hombre se ha quejado al dueño varias veces, pero no le hace caso. Voy a intentar que… —El timbre del teléfono me interrumpe. Es Minerva—. Dime.

—Hola… —Su voz es cautelosa. Caroline también me mira con una sonrisa muy falsa y yo empiezo a temerme lo peor—. He llamado al encargado del bar y me ha dicho que hablemos con el dueño del local.

—Muy bien. ¿Le has llamado?

—Eh… bueno… Eso quería preguntarte… Iba a mandarle una citación a través de su abogado, pero… Esto no va a gustarte.

—No puede ser. —Un peso se asienta en mi estómago. Caroline sigue comiendo sin mirarme a la cara—. Dime que el dueño no es él.

—Lo siento mucho, Erin.

—Vale. No pasa nada. No hables con él, habla solo con el abogado. Cítalo mañana en el despacho. Haz lo que te pido, por favor. Y cita también al señor Johnson.

Cuelgo y miro con asco a mi hamburguesa.

—Tú lo sabías, ¿no? —acuso a mi amiga.

—Lo sabe todo el mundo, tía. Pensaba que tú también. Estabas tan tranquila que creía que habías cambiado de opinión después de la conversación de la otra noche.

—Por Dios, que no venga él. No puedo tener peor suerte —me lamento escondiendo la cara entre las manos.

—Igual es el destino.

La miro con mala cara, pero no respondo. ¿A quién quiero engañar? Hay una parte de mí que se muere por verlo.