Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Ethan

No detengo el coche hasta llegar al club.

Necesito encerrarme a solas en mi despacho y ordenar mis ideas.

La expresión de la rubia observándome desde la acera de enfrente se ha repetido una y otra vez en mi cabeza durante el trayecto y he apretado tanto el volante que ahora siento un desagradable hormigueo en las manos.

La forma en la que me miraba, con deseo y algo más profundo, se contradecía con las palabras que me dedicó cuando la llamé días después de lo de las cabañas: Todo ha sido un error.

No quiero volver a verte. Déjame en paz .

¿Y qué hice yo? Respetar lo que me pedía, como un gilipollas. Esta mujer hace que me comporte como un blando. Yo cojo todo lo que se me antoja. Sin preguntar ni pedir permiso. ¿Qué coño me pasa?

Me froto la cara con las manos y me sirvo una copa. Recuerdo también las palabras de Anya y Bob. Tengo que centrarme, olvidar esa mirada, esas piernas, su pelo. ¡Joder! Lanzo el vaso contra la pared y se hace añicos.

El teléfono me vibra en el bolsillo, lo saco mientras me cago en quien se atreve a molestarme y miro quién es.

—Dorothy —respondo, seco.

—Ethan. —Su voz de sargento me indica que va a pedirme algo—. He hecho guiso para comer. Te espero a las dos en mi casa. No llegues tarde.

—Estoy muy liado —miento.

—Nada de excusas —me riñe—. Comes fatal y estás cada vez más flaco. Si no estás aquí a las dos en punto, voy a presentarme en ese antro del pecado que tienes para dejarte en ridículo delante de tus empleados.

No puedo evitar poner los ojos en blanco y esbozar una media sonrisa.

—Como usted ordene, señora.

Dorothy me cuelga sin despedirse. Esta mujer es como un grano en el culo, aunque es lo más parecido a una familia que tengo.

***

A la hora acordada llamo a la puerta de Dorothy. Paso de llegar tarde y soportar otra bronca de la anciana. La mujer me abre y clava sus acusadores ojos en mí. Sospecho que esta invitación no ha sido por pura cortesía.

—Entra, que se va el calor —me ordena.

He estado cientos de veces en esta casa desde que hace algunos años la muy cotilla apareció en mi puerta para decirme que uno de mis hombres iba a traicionarme.

Al principio no la creí, pero tenía razón.

Con los años hemos forjado una relación bastante peculiar: nos ayudamos mutuamente y colaboramos en asuntos que nos benefician a ambos.

Yo no dejo que le falte nada y ella es mis ojos y oídos en el pueblo.

Me siento en una de las sillas de su cocina y espero a que se decida a hablar. Deja el humeante plato de comida dando un golpe en la mesa. Yo la miro desafiante.

—¿Me vas a decir qué cojones quieres?

Está acabando con la poca paciencia que tengo.

—¡Esa boca! —me riñe—. Come y escucha. He pasado antes por la plaza y lo he visto todo.

—Vas a tener que ser más concreta —respondo y me meto una cucharada de guiso en la boca.

—No te hagas el loco, Ethan. Sabes perfectamente de lo que te hablo. Tan valiente para unas cosas y para otras… Pareces un adolescente inseguro y cobarde.

Suelto la cuchara en el plato y me echo hacia atrás en la silla, mirándola. Si cualquier otra persona me hablase en ese tono, no llegaría viva a la noche.

—Solo hago lo que me pidió.

—¿Y desde cuándo haces lo que te piden? —Dorothy me apunta con la cuchara—. Pensaba que los tenías mejor puestos.

—Ya ves que te equivocabas.

—Estuve ayer con ella y te digo que le sigues interesando. Haz algo.

Intento ocultar el efecto que sus palabras han provocado en mí y hago lo que mejor se me da: atacar.

—Si quisiera que alguien me dijese lo que tengo que hacer, seguiría hablándome con mi puta familia, Dorothy, así que no me toques más las pelotas, siéntate y come. A ver si así estás callada.

—A mí no me engañas. —Dorothy no se rinde, aunque me ha hecho caso y se ha sentado a comer—. Estás muy solo, necesitas a alguien a tu lado, alguien con quien poder ser Ethan y no el Ruso.

—¿No te tengo a ti para eso?

Dorothy sacude la cabeza y me mira con pena.

—Esa chica será lo que sea, sabe Dios que no me llevo bien con ella, pero he visto cómo os miráis y, déjame decirte que no tardará en aparecer otro que la conquiste.

Suelto una risa ronca, aunque me hierve la sangre solo de imaginármela con un gilipollas adulador. Por encima de mi puto cadáver.

Termino de comer y me levanto de la silla con un movimiento brusco; Dorothy ni se inmuta, aunque veo un brillo de satisfacción en su mirada: sabe que ha activado algo en mí.

—Gracias por la comida —digo antes de salir de la cocina y abandonar su casa.

—¡Llévate un túper ! —me grita, pero yo la ignoro.

Respiro hondo al llegar junto a mi coche y me enciendo un cigarro. La charla de la anciana me ha hecho sentirme un puto crío al que riñen por alguna trastada. Necesito volver a ser yo mismo otra vez. Saco el móvil del bolsillo y llamo a Bob.

—Busca al hijo de puta que quiere vender su mierda en mi zona.

—Ruso, pensaba que íbamos esperar a…

—¿No me has oído? —le corto—. Localízalo y adviértele de lo que va a pasar si intenta joderme.

Cuelgo y me subo al coche con ganas de quemarlo todo.