CAPÍTULO 6
Ethan
No he tenido tiempo ni de darme una ducha y el móvil ya está sonando de forma insistente. Es mi nuevo abogado.
—¿Qué quieres ahora? —suelto de malas maneras.
—Señor Davenport, disculpe que lo moleste tan temprano, pero he recibido una llamada de Christopher Johnson quejándose de nuevo de los ruidos de su bar del centro.
El puto viejo me está amargando la existencia.
—¿Y qué quieres que haga? Soluciónalo tú.
—Sí… lo he intentado, señor… pero… está muy enfadado y ha dicho que quiere hablar con usted personalmente o que le va a poner una demanda.
—No me jodas, Anthony. Si no puedes con un viejo pesado, no sé cómo pretendes trabajar para mí. Hemos adelantado el horario de cierre, hemos bajado el volumen de la música y ayer Bob le dijo que íbamos a cambiarle sus putas ventanas.
—Usted lo ha hecho todo bien, señor. —Empiezo a perder la paciencia, me pone enfermo el tono con el que me habla este gilipollas—. No se me ocurre qué decirle.
—Déjalo. Dile al viejo que me paso ahora por su casa.
Le cuelgo el teléfono antes de darle tiempo a disculparse una vez más.
Me doy una ducha rápida y me pongo unos vaqueros, una camiseta gris y la cazadora de cuero.
Me monto en el coche y poco después aparco delante del ayuntamiento, mi bar está justo al lado.
El insoportable anciano está en la acera, enfurruñado y con sus diminutos brazos cruzados por delante del pecho.
Cuando me ve acercarme percibo inquietud en sus ojos, pero no se mueve del sitio.
—Buenos días, Christopher. ¿Qué pasa ahora? —Me planto frente a él y se encoge aún más. Le saco dos cabezas por lo menos y podría noquearlo de un tortazo, aunque me contengo—. ¿Te sigue molestando el ruido?
Christopher me mira con mala cara y gruñe.
—Ethan, estoy viviendo un auténtico calvario desde que abriste este dichoso bar —protesta el hombre—. No pego ojo.
—La música está más baja y ya te dijo Bob que cambiaríamos tus ventanas.
—¡No quiero tu caridad, joven! Solo quiero que cese este ruido para que pueda pasar mis últimos años en paz.
Yo mantengo la compostura, aunque debo reconocer que me hace gracia ver a este hombrecito tan enfadado. Menos mal que no tengo por costumbre torturar ancianos.
—No me da la gana cerrar el bar —explico—. Tengo todos los permisos en regla.
—¿A quién has sobornado? Si te viesen tus padres… Los pobres Davenport… Toda la vida trabajando para que el hijo sea un delincuente y un matón.
La mención a mis padres me ha dolido. Se marcharon del pueblo cuando empecé a ascender entre los hombres de Dimitri y desde hace casi dieciséis años no sé nada de ellos.
—Veo que no quieres entrar en razón y yo tengo muchas cosas que hacer. Que tengas un buen día.
Me giro y dejo a Christopher quejándose. Mejor eso que sacar el arma y liquidarlo ahí mismo.
He llegado a mi coche cuando veo acercarse a paso ligero al alcalde Mozart. Lo que me faltaba.
—¡Señor Davenport! ¡Qué alegría verlo! Iba a llamarle hoy mismo. —Le dedico una sonrisa tensa y él se coloca frente a mí—. Gracias a su generoso donativo hemos podido reparar las goteras de la iglesia.
—Lo he hecho por Dorothy. No ha parado de insistir hasta que he aceptado.
—Sea como sea, muchas gracias. Y ya que le veo quería comentarle…
Pierdo el hilo de lo que me está pidiendo este pesado al sentir unos ojos observándome con intensidad. Me pongo tenso porque sé que es la rubia, puedo detectarla incluso si no la veo, como ahora: el aire ha cambiado, es más eléctrico y mis sentidos solo pueden centrarse en ella.
—Muy bien, pues vamos hablando —le corto.
—Pero ¿le parece bien?
—Claro —miento. Le doy un apretón de manos y el alcalde se larga, por fin.
Me dispongo a subir al coche, aunque, primero, me giro y miro a la rubia.
No iba a hacerlo, pero quiero que sepa que me he percatado de su presencia.
Ella me está observando fijamente, con la boca entreabierta.
La saludo con un ligero movimiento de cabeza, me subo al coche y arranco.
He tenido que contenerme más que en toda mi vida para no cruzar de acera y comerle la boca allí mismo.
Estoy más jodido de lo que pensaba.