CAPÍTULO 5
Erin
Me despierto entusiasmada y con unas ganas terribles de poner en orden mi vida.
Primero voy a ir con Caroline a tomar un café antes de ir al trabajo; la oficina que he alquilado está muy cerca de su librería y del bar de Joe, lugar de reunión matutino de los habitantes de este pueblo.
Después del café, he quedado con Minerva en la oficina para ir colocando las cosas en su sitio y mirar si nos hace falta comprar algo.
Necesito terminar con eso cuanto antes y empezar a trabajar.
Me doy una ducha y me pongo unas mallas y una sudadera, es lo más cómodo para una mudanza.
Me miro al espejo mientras me recojo el pelo en una coleta alta.
Estuve a punto de cortármelo después de aquel episodio en mi vida que no quiero recordar, pero me arrepentí en el último momento: a Ethan le gusta largo.
Joder, Erin, basta ya. Llevas media hora despierta y ya estás pensando en él.
¿Qué más te da lo que le guste? En realidad, no me importa, pero aquella vez que me deshizo el moño, metió sus dedos en mi pelo y me lo agarró con fuerza…
¡Basta! Ya es suficiente. No he vuelto por él, no quiero volver a verlo.
Por Dios, lo he visto cuatro veces en mi vida, no puedo estar tan obsesionada.
¿Es guapísimo? Sí. ¿Altísimo? También. ¿El mejor amante que he tenido?
Por supuesto. ¿Es un criminal? Sí. Y un asesino. Madura, Erin, no vives en un cuento.
Salgo de casa muy enfadada conmigo misma y decidida a no pensar nunca más en este señor.
Abro con demasiada fuerza la puerta del bar de Joe y busco a Caroline con la mirada.
No ha llegado todavía, pero quien sí está es Dorothy, una de las ancianas cotillas del pueblo y líder indiscutible del Club de Investigadores de Heatherville, menuda gilipollez.
Junto a ella está su mejor amiga Anne, otra anciana aburrida y maruja.
—Vaya, vaya… Mira quién ha vuelto —le comenta Dorothy con malicia a Anne—. Ya sabía yo que no podías pasar tanto tiempo alejada de cierto muchacho.
—Buenos días, Dorothy —respondo con sequedad—. Necesitaba un cambio de aires y he vuelto. Ese hombre no tiene nada que ver con mi decisión; de hecho, si estuvieses bien informada, sabrías que le dije que no quiero volver a verle.
—Una cosa es lo que se dice y otra, lo que se siente. Deberías saberlo. Ethan tiene sus cosas, pero es buen chico.
—Seguro.
Me siento dándole la espalda, no quiero que me dirija la palabra. Le pido dos cafés a Joe y saco el móvil para distraerme. Por fin llega Caroline, sonrojada y con el pelo más alborotado de lo normal.
—No me lo puedo creer, tía. Contrólate, que no tienes quince años.
—Lo siento, lo siento, lo siento —se disculpa—. Creo que estoy ovulando y ya sabes.
—Ya, ovulando —me río—. He pensado que podríamos cenar en mi casa hoy. Necesito distraerme.
—Me encanta la idea. Oye, Erin —Caroline me agarra una mano por encima de la mesa—, ayer estaba Jackson en casa y entiendo que no quisieras hablar, pero ¿estás bien?
Siempre hemos hablado mucho por teléfono y, cuando volviste de las cabañas, pasaste varios días sin dar señales de vida.
—Intento intervenir, pero me hace un gesto para que me calle—.
Entiendo que para ti fuese duro darte cuenta de lo del Ruso, pero no sé…
Que no seré yo quien lo defienda, mató al sinvergüenza infiel de mi marido en mi cara, pero te veía tan feliz… y él te miraba de una manera…
—Caroline, basta, por favor. Reconozco que tuve un flechazo, me lo pasé muy bien y él siempre me trató con respeto y educación, pero aquellos días en las cabañas fueron una especie de burbuja paralela a la realidad.
Ahora quiero centrarme en mi trabajo y, si surge, conocer a un buen hombre. Con un trabajo respetable.
—¡Qué aburrida! —chilla Dorothy desde la mesa de al lado.
—¡No cotillees! —grita de vuelta Caroline y me mira con ojos de pena—. Entiendo todo lo que dices, pero ¿piensas en él? ¿Te gusta? ¿Serías feliz con un aburrido contable medio calvo?
No puedo evitar echarme a reír, pero las preguntas de mi amiga me hacen pensar: ¿Sería feliz con un hombre normal?
Antes de que la conversación se ponga más intensa, voy a la oficina. Minerva ya está allí esperándome.
—He venido antes y he empezado a colocar las cosas en las estanterías, menos mal que lo tienes todo ordenado por fechas.
—Es que, si no, no sería capaz de encontrar nada. Tengo muchísimos papeles.
—He dejado sobre la mesa varios cuadros, pero no tenemos nada para colgarlos de la pared. ¿Te parece que salga a la ferretería? —pregunta.
—No te preocupes —le digo—. Tú sigue colocando las carpetas y ya salgo yo. Vuelvo enseguida.
Salgo del edificio y una corriente de aire frío me da la bienvenida.
Parece que el invierno va a llegar antes de lo esperado.
Pongo rumbo a la ferretería del pueblo, que no está a más de diez minutos de la oficina.
Fue una suerte encontrar un local a tan buen precio en el centro del pueblo.
En el establecimiento casi no hay nadie, así que compro todo lo necesario con bastante rapidez y vuelvo a la oficina dando un paseo.
Camino distraída por la acera de enfrente del ayuntamiento cuando veo un coche negro aparcado.
De pie junto a él y hablando con el alcalde está…
No, no puede ser. Mi corazón se acelera, las manos me tiemblan y soy incapaz de dar un paso más.
Él no me ve, así que me permito el lujo de observar con detenimiento al hombre que lleva robándome el sueño dos meses: tiene el pelo rubio más corto que la última vez que lo vi, muy rapado en los laterales y algo más largo en la parte de arriba, sigue llevando esa barba descuidada que me vuelve loca y unos vaqueros que se ajustan a su culo a la perfección.
La cazadora de cuero le da un aspecto de malo que, la verdad, no necesita resaltar.
Joder… es mucho más todo de lo que recordaba: más guapo, más alto, más fuerte, más peligroso.
Empiezo a sudar y, cuando veo que se despide del alcalde con un apretón de manos, intento retomar el paso, aunque mis pies se niegan a moverse.
Antes de subirse al coche, se gira y me mira.
Me atraviesa con esos ojos azules gélidos y me hace un gesto apenas perceptible con la cabeza.
Yo soy incapaz de reaccionar, así que me quedo plantada en medio de la acera hasta que arranca el coche y se marcha. Estoy más jodida de lo que pensaba.