CAPÍTULO 4
Ethan
La noche acaba de empezar y el Club Urano, mi club, está casi lleno.
Desde la enorme cristalera de mi despacho puedo ver toda la planta baja, en la que están la pista de baile y la barra del bar.
Atravesando la cortina del fondo están los reservados, aquellos en los que se grabaron los vídeos eróticos del anterior alcalde con su mujer y el secretario.
Situado en el polígono del pueblo, el club es uno de los lugares de fiesta más populares de la zona.
La gente acude a divertirse, a celebrar despedidas de soltero o a dar rienda suelta a sus fantasías eróticas, pero también se cierran acuerdos muy importantes entre políticos, empresarios o narcotraficantes.
Debería estar trabajando y solucionando problemas, pero mi mente está muy lejos de aquí, en el mensaje que me ha transmitido por la tarde Miller: Ella vuelve hoy.
Sus palabras se repiten una y otra vez en mi cabeza.
La llamé un par de veces cuando terminó lo de las cabañas y ella me dejó muy claro que no quería volver a verme.
Yo decidí respetarla y seguir con mi vida, pero llevo dos meses soñando con su pelo rubio y su expresión cuando se corría entre mis brazos.
Le he prometido no acercarme a ella si así lo desea, pero no he podido evitar ir a verla cuando ha llegado al pueblo.
La he observado de lejos y, joder, es mucho más perfecta de lo que recordaba: llevaba el pelo recogido en un moño del que escapaban varios mechones y unos vaqueros que acentuaban su perfecto culo.
Tengo que llevar mi mano a la entrepierna y recolocármela, creo que voy a volverme loco si sigo así.
Unos golpes en la puerta me hacen girarme de golpe y adoptar una postura profesional.
—Adelante.
Bob entra seguido de Anya, otra de mis trabajadoras de confianza.
—Hemos ido a la cabaña de piedra a limpiarlo todo —explica ella—. La habitación en la que tuvimos a Leonardo estaba llena de mierda, pero no habíamos podido ir antes porque vi a la policía merodear por allí.
Hace dos meses, cuando conseguí hacer hablar a Donald Burrows, me confesó que había quedado con mi enemigo Leonardo Ferraro en el claro del bosque para entregarle mi droga.
El muy hijo de puta me la quería jugar, así que no tuve más remedio que tenderle una trampa.
Digamos que lo he tenido alojado en mi casita de piedra durante mes y medio.
—Bien —respondo—. ¿Los cuerpos están escondidos?
—Sí, los enterramos hace semanas y hoy, cuando he ido, no se veía ninguna alteración en la tierra.
—¿Y el abogado? —No tuve más remedio que acabar con mi abogado también. Me tenía hasta las pelotas.
—Todo solucionado. Denunciaron su desaparición, pero no están ni medio cerca de descubrir la verdad.
—Perfecto —respondo y me enciendo un cigarro porque veo a Bob con ganas de decirme algo—. ¿Pasa algo?
—Sí, Ruso. —La voz le tiembla un poco y se retuerce las manos antes de hablar—. Anya y yo creemos que últimamente estás un poco… ausente y eso puede perjudicar al buen funcionamiento del negocio.
Lo que me faltaba por oír.
—¿Ausente? —Apago el cigarro en el cenicero y llevo mi mano a la parte trasera de los pantalones para sacar mi pistola. Me acerco a Bob y lo agarro del cuello, estampándolo contra la pared—. No me toques los cojones, Bob, que te vuelo la cabeza aquí mismo. ¿Qué coño dices?
Bob traga saliva y mira a Anya pidiendo ayuda. La chica se acerca a paso lento y se coloca junto a él.
—Lo que Bob quiere decir es que antes te encargabas tú de estar presente en ese tipo de tareas y que ahora… bueno… ahora dejas que otros las hagan y creemos que…
—¿Creéis qué, Anya? —Aprieto con más fuerza el cuello de Bob y coloco la pistola en su sien—. ¿Qué cojones creéis?
—Que deberías volver a ocuparte tú de esos temas. Estamos preocupados por ti. —Anya mira al suelo y, tras unos segundos, vuelve a alzar la cabeza—. Nos hemos enterado de que la abogada ha vuelto.
—Ese es problema mío. No se os ocurra acercaros a ella —ordeno—. Y ahora, fuera de aquí y largaos a hacer vuestro puto trabajo, que, desde luego, no es venir a tocarme los cojones con gilipolleces.
Los dos asienten y se marchan. Parece que los problemas se me multiplican.