Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Ethan

El mensaje es breve, escueto. No sé qué coño querrá ahora el puto poli, pero lleva casi dos meses sin utilizar este método de comunicación que acordamos, así que lo que quiera decirme debe de ser importante.

Un móvil prepago que solo usamos en caso de emergencia es la mejor manera de mantener en secreto nuestra «relación».

Mientras pienso en razones por las que pueda querer reunirse conmigo, no puedo evitar acordarme de cierta abogada rubia que conocí en verano en las Cabañas Burrows, cuando intentaba averiguar qué había hecho con mi droga Donald Burrows, el hijo de los propietarios del complejo de cabañas.

Aquello acabó con varios muertos y el mejor sexo que he tenido en mi vida.

¿Qué pasó después? Que a la rubia le entraron dilemas morales y decidió volver a su bufete en la ciudad.

Desde entonces no he vuelto a saber de ella y me jode como nada me ha jodido en la vida.

—Ruso —mi mano derecha, Bob, entra a mi despacho del Club Urano—, el viejo que vive encima del bar ha ido a la policía a quejarse del ruido. ¿Qué hago con él?

Me recuesto en mi silla y me enciendo un cigarro. Ese viejo me está tocando las pelotas, desde que abrí el bar del centro del pueblo no para de quejarse.

—¿Cómo que qué haces con él? —pregunto—. No se te ocurra tocarle un pelo, que te conozco. Ya adelantamos la hora del cierre y bajamos el volumen de la música. ¿Qué más quiere?

—No lo sé, pero dice que el ruido le molesta muchísimo y que nos va a demandar.

—Joder… —Le doy una larga calada al cigarro mientras pienso cómo tener contento al viejo—. Vete a su casa y dile que le pondremos unas ventanas aislantes, que los gastos corren a mi cuenta. No podemos cerrar ese bar, nos aporta muchos beneficios y el material se vende muy bien allí.

—Entendido. Pues me voy a solucionar ese tema.

—Bob —le llamo—. Hoy por la tarde tengo un asunto que atender y no llegaré hasta la noche. Encárgate del club.

Bob asiente y se marcha. Es mi mejor hombre, llevamos trabajando codo con codo desde antes del fallecimiento de mi jefe Dimitri Petrov, para quien empecé a hacer recados a los quince años. Él era el verdadero Ruso y, cuando murió, me lo dejó todo. Incluso su apodo.

***

A las 15:25 estoy en el aserradero, apoyado en mi coche y esperando a Miller. Llega puntual, como siempre, y detiene su vehículo junto al mío. Ni siquiera sale, se limita a bajar la ventanilla.

—Miller —lo saludo—, ¿problemas?

—Solo una advertencia —responde—: ella vuelve hoy. Mantente alejado.

Suelto una risa ronca y le respondo intentando aparentar que la noticia que me ha dado no me afecta.

—¿Para qué me lo cuentas entonces?

—Para que no te enteres por ahí y me vengas lloriqueando y protestando porque no te lo he dicho.

Quizá debería partirle las piernas a Miller.

—Si ella quiere que me mantenga alejado, lo haré. ¿Quieres algo más?

—Nada más, Ruso.

El policía arranca el coche y me deja solo con mis pensamientos. Llevaba dos meses esperando este momento y, ahora que ha llegado, no sé cómo actuar.