Cuentas pendientes (Misterio en Heatherville: Spin off)
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CAPÍTULO 1
Erin
Cierro la caja de cartón y la llevo junto al resto.
Ya casi he terminado de recogerlo todo y el despacho en el que he pasado tantas horas estos últimos años es ahora una sala fría e impersonal.
No sé si ha sido buena idea abandonar el bufete en la ciudad para abrir una pequeña oficina en Heatherville, el pueblo en el que nací y he pasado la mayor parte de mi vida.
De hecho, ni siquiera tengo clara la razón por la que lo hago.
Me intento convencer a mí misma de que es para estar más cerca de los míos ya que, tras dejarlo con Josh, nada me retiene aquí.
Además, necesito enfrentarme a casos laborales más sencillos.
Sí, eso es. Nada tiene que ver cierto hombre que lleva quitándome el sueño dos meses y del que debería mantenerme alejada.
No tengo nada claro, lo único que sé es que, desde que volví de aquel retiro en las Cabañas Burrows hace un par de meses, mi vida no ha sido la misma. Yo no soy la misma.
Tengo que centrarme en el presente y terminar de llenar la última caja, no quiero que mis pensamientos tomen, una vez más, derroteros indeseados.
No me queda nada: vaciar el escritorio y bajar las cajas a mi coche.
En uno de los cajones encuentro una foto en la que salgo con mi mejor amiga Caroline y no puedo evitar que mi mente vuele al verano y a aquella llamada que lo cambió todo.
Acababa de romper con Josh, mi novio más serio hasta la fecha, y me había refugiado en el trabajo.
Caroline, que en aquella época ocupaba sus ratos libres resolviendo crímenes que ocurrían en Heatherville, me llamó una mañana para invitarme a un retiro en unas cabañas de madera situadas en un bosque cercano al pueblo.
Yo no quería ir, pero ella me convenció y tengo que reconocer que al final acudí al viaje con ganas.
Va en contra de mi personalidad rechazar una propuesta que incluya unos días de relax, alcohol y piscina.
Sobra decir que el lugar no era nada idílico y que la compañía dejaba bastante que desear: el alcalde, varias viejas cotillas, un escritor loco y una anciana en silla de ruedas.
En cuanto organizaron una reunión de urgencia para investigar otro estúpido misterio, decidí largarme a dar un paseo por la zona.
Y entonces lo vi: rubio, mirada letal, guapísimo, brazos musculosos llenos de tatuajes, manos rudas, fuertes, voz profunda y ronca…
Un par de golpes suaves en la puerta de mi despacho me hacen volver al presente.
—¡Adelante! —digo intentando sonar alegre.
—No pensarías irte sin decir adiós, ¿no?
Lucy, mi secretaria, entra con una tarta en las manos seguida por mis dos socios, Arnold y Fritz.
—No, claro que no —miento—. No se me ocurriría hacer tal cosa.
—Termina de vaciar tu mesa y vamos a comernos esa tarta —propone Arnold. Su mujer lo tiene a dieta, seguro que ha venido solo por el dulce.
Lleno la última caja y nos sentamos alrededor del escritorio. Confieso que voy a echarlos de menos.
—Cuéntanos, Erin, ¿ya tienes todo preparado en el pueblo? —se interesa Fritz.
—Quiero saber todos los detalles —añade Lucy.
—Tengo ya alquilada la oficina para el nuevo bufete —explico—. Es pequeña, pero me servirá. Estoy cansada de casos tan mediáticos y complicados, necesito un descanso. Mi amiga Minerva, que también vive allí, se ha ofrecido a hacerme las labores administrativas.
—No es mala idea —comenta Lucy—. Últimamente no te veía muy bien. Desde tu ruptura con Josh…
—Eh, sí, Josh… claro —disimulo—. Desde que lo dejé con él no hay nada que me ate a la ciudad. Quiero estar más cerca de mi familia.
—¿Josh? —dice extrañado Fritz—. Yo la vi muy bien cuando lo dejó con él. Se puso rara al volver de la excursión esa a las cabañas.
Me atraganto con la tarta y empiezo a toser. Lucy se apresura a traerme un vaso de agua.
—Nada que ver con las cabañas —acierto a decir.
Un rato después me despido de ellos y consigo echarles del despacho. Paso la siguiente hora bajando cajas a mi coche y pensando en mi futuro libre de hombres y problemas. Por fin apago la luz del despacho y digo adiós a la que ha sido mi vida hasta ahora.
Me subo al coche y llamo con el manos libres a Caroline, necesito hablar con ella o voy a volverme loca.
—¡Erin! —me saluda entusiasmada—. Dime que ya estás de camino.
—Acabo de salir. En un par de horas como mucho, estoy en Heatherville.
—¡Me muero de la emoción! Tía, volvemos a estar las dos juntas en el pueblo como cuando éramos dos adolescentes y salíamos a ligar. Bueno, yo ahora estoy con Jackson y tú…
—Yo, nada —la corto—. ¿Has estado con los de la mudanza?
Voy a instalarme en mi casa de la infancia, que está vacía desde que mis padres se jubilaron y se fueron a vivir a Portsmouth.
—Sí, claro. Ya han dejado las cosas en tu piso, pero lo que no entiendo es por qué no han traído ellos los papeles que tenías en tu oficina.
—Ya te dije que tengo documentos confidenciales y que no quiero que anden por ahí sin mi supervisión.
—Vale, vale, como quieras. ¿Te esperamos para cenar en casa?
—Sí, gracias. Y dile al tío bueno de tu novio que me haga un regalo de bienvenida y me reciba en calzoncillos —bromeo.
—¡Ni loca! —Se ríe mi amiga.
—Tía, ya sabes que me pone cachonda que sea poli. Concédeme ese capricho.
—Pensaba que te ponían cachonda otro tipo de hombres —responde con malicia.
—Lo que pasó en las cabañas, se queda en las cabañas —zanjo el tema—. Dile, por lo menos, que saque el vino bueno.
—Se lo diré. Conduce con cuidado.
Cuelgo el teléfono y respiro hondo. A medida que voy acercándome al pueblo, la presión que llevo sintiendo todo el día en el pecho se hace más pesada. ¿Volveré a verlo? ¿Se acordará de mí? ¿Y si tiene novia? Si tiene novia, mejor. Ese tío no me conviene.