Treinta y seis
Juno
Matteo viene por la mañana a interrogarme, y le dejo creer que él es el cazador hasta que estoy lista para enseñarle que no lo ha sido nunca.
Se sienta enfrente de mí, a la mesa de acero, y dos de los hombres de Cesare están de pie junto a la pared, y esa es la razón por la que los dos tenemos que interpretar un papel.
Para los hombres de la pared, él es el consigliere que interroga a una espía, y yo la desconocida que habla por su vida.
Lo que estamos haciendo de verdad no lo ve ninguno de ellos, porque ocurre en un idioma que solo hablamos él y yo, el idioma de las señales y de los huecos.
La sala está fría y no tiene ventanas, con azulejos blancos hasta el techo, una sala construida para exactamente un tipo de conversación, y el frío se me pone en la espalda, ahí donde las bridas me atan las muñecas al respaldo.
He estado sentada en salas así, en otras ciudades, bajo otros nombres, y conozco la regla que rige dentro: el primero que pierde la compostura, pierde.
Me la enseñó Auggie en una mesa de cocina de Tulsa, con una baraja y un cronómetro.
Una cara es una caja fuerte, niña. No entran si no les enseñas la combinación.
Yo no se la enseño a nadie. Llevo tres años sin enseñársela a nadie.
Pero hoy se la voy a enseñar a él. Por voluntad propia. Trozo a trozo. Ese es el plan que tracé anoche, y es tan peligroso que me da escalofríos solo de pensarlo.
—Joan Keller —dice, y deja una carpeta sobre la mesa, la carpeta de Sarti, las pruebas contra mí—. Explíquemelo.
Lo miro, y veo lo que no ven los hombres de la pared.
Tiene los ojos de quien no ha dormido, llenos hasta el borde de algo que delante de ellos tiene que esconder y delante de mí no puede.
No ha dormido en toda la noche, y no la ha pasado preparando un interrogatorio.
La ha pasado buscando una manera de sacarme de aquí, y no la ha encontrado.
Hay una señal que no puede controlar, y tardé semanas en encontrarla, porque Matteo Lombardi es el hombre más disciplinado que he tenido nunca enfrente.
Cuando quiere algo de verdad y no puede tenerlo, el músculo de debajo de su ojo derecho se queda quieto una fracción de segundo.
No tenso: quieto. Como si aguantara el aliento en un solo punto de la cara.
Lo veo ahora, mientras abre la carpeta, y sé que eso que no puede tener soy yo.
—Usted sabe que es una falsificación —digo bajito, demasiado bajo para la pared.
—Demuéstrelo.
Y debajo de la mesa, donde no lo ve nadie, noto cómo algo se me encoge en el pecho, una reacción que no tenía prevista, porque tiene cara de no haber dormido y es por mi culpa, y no me la puedo permitir.
La aparto, como se descarta una carta boca abajo, alineada con las demás, y mantengo la cara lisa.
La frialdad no es un sentimiento. La frialdad es el trabajo que hago para que el sentimiento no me delate.
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Y ese es el momento en que me adueño de la sala.
Me echo hacia atrás, despacio, y dejo de interpretar a la contable asustada, un grado detrás de otro, justo lo suficiente para que lo note solo él.
Dejo que Joan Keller se me caiga de encima como un abrigo, aquí, en una sala de azulejos blancos, bajo la mirada de Matteo, que va palpando cada costura, y lo veo registrar lo que está pasando, lo veo entender que dejo de defenderme y empiezo a hacer otra cosa.
—Usted me ha estado observando —digo, y mi voz ya no es la de Joan—.
Desde el primer día. Me puso el café al alcance de la mano para ver si lo cogía.
Hizo que a Bruno le colaran un siete falsificado para probarme los ojos.
Me inventó una cuenta en Wilmette para ver si la pasaba adelante.
Me puso de cebo a un chaval que se llama Sal.
Me verificó, en secreto, con su propia maquinaria, y encontró una foto de Oklahoma que no le ha enseñado a nadie.
Nombro cada trampa una por una, y las nombro en el orden en que me las puso, porque el orden es la prueba de que no estoy adivinando.
El café del tercer día. El siete falso en la columna de Bruno, la segunda semana.
La cuenta inventada que le hizo colar a Dell'Oro en un asiento, convencido de que yo se la llevaría a Sarti.
El chaval, Sal, al que dejó parecer lo bastante nervioso como para que un espía tuviera que abordarlo.
Con cada nombre la sala se queda más callada, y veo que los dos hombres de la pared empiezan a dudar, porque esto suena a alguien que lee un inventario, no a alguien que suplica por su vida.
Su cara se queda quieta, completamente quieta, pero veo aterrizar el golpe, veo abrirse detrás de sus ojos la única pregunta que yo quería.
—Se está preguntando de dónde sé todo esto —sigo, y ahora hay en mi voz una sonrisa pequeña y fría que me asusta a mí misma—.
La foto me la confesó usted mismo esta noche, en mi puerta.
Pero lo que estaba escarbando lo supe semanas antes, por cómo cambiaron sus preguntas en cuanto su maquinaria se puso en marcha.
La respuesta es sencilla, Matteo. Mientras usted me leía a mí, yo lo leía a usted.
Cada trampa que me puso me dijo más de usted que de mí.
Creía estar observando una anomalía. Se le pasó que la anomalía devuelve la mirada.
Ya está fuera. El primer trozo de mi cara verdadera, puesto encima de la mesa por voluntad propia, en una sala de interrogatorios, delante de dos testigos que no entienden lo que están oyendo.
Lo hago porque es la única jugada que me queda, y porque una parte de mí, la más peligrosa, disfruta enseñándole por fin la verdad después de habérsela negado tanto tiempo.
Matteo se calla largo rato. Después se inclina hacia delante, justo lo suficiente para que los hombres de la pared lo tomen por presión, y dice, muy bajo, solo para mí:
—Me la has estado jugando todo este tiempo.
—Igual que tú a mí.
—No. —Algo se le mueve en la mandíbula—. Yo te observaba para protegerte, al final. Tú me observabas para usarme.
—Sí —digo, y admitirlo me cuesta más de lo que él se imagina—. Al principio. Y después, en algún momento, dejé de saber dónde acaba el uso y empieza lo otro. Igual que tú.
Pasa algo entre los dos, por encima de esta mesa, que no había planeado y no puedo parar.
No es el odio, que me vendría bien, ni el miedo, que me mantendría viva.
Es reconocerse el uno al otro, eso que deja fuera a todos los demás.
Me he pasado la vida entre personas que solo veían la mitad de mí, la mitad que yo les tendía, y me he estado diciendo que basta con eso, que más es peligroso.
Y ahora tengo enfrente a un hombre que ha visto la otra mitad, la escondida, y no ha retrocedido, y mi cuerpo comete el error que mi cabeza se prohíbe: se relaja un grado, en la sala más peligrosa de la ciudad, porque cree que por fin lo conocen aquí.
Recupero ese grado. Me cuesta más que ninguna otra cosa en esta mesa.
Nos miramos, por encima de la mesa de acero, en la sala donde muere la gente, y por un momento desaparece todo, los hombres, la carpeta, el plazo, y solo quedan dos jugadores que por fin ponen las cartas boca arriba y descubren que han estado jugando la misma partida desde dos lados, todo este tiempo.
—¿Quién eres de verdad? —pregunta, por segunda vez en dos días, y esta vez, aquí, en esta mesa, con la muerte apoyada en la pared, estoy a punto de decirlo.
En vez de eso me levanto, hasta donde me dejan las bridas, y digo, lo bastante alto para los testigos, con la voz de Joan, que recupero a duras penas:
—Soy la mujer que va a demostrarle quién le roba de verdad de la caja. Deme acceso a los libros, vigilada, y le encuentro a su traidor en un día. Si miento, máteme. Si tengo razón, me debe la vida.
Uno de los hombres de la pared cambia el peso de un pie a otro, incómodo, porque una detenida no debería hablar así, y Matteo levanta dos dedos, de forma casi imperceptible, y el hombre se queda quieto.
Es un gesto pequeño, y me dice más que ninguna otra cosa de esta sala: que sigue teniendo el control, que lo está usando por mí, que haga lo que haga a continuación, delante de estos testigos tendrá que hacer como si lo hiciera por cálculo y no por eso que ninguno de los dos llama por su nombre.
Es un farol y no es un farol. Y veo en la cara de Matteo que él sabe que tengo la prueba, que la he tenido todo este tiempo, y que la única pregunta que sigue abierta entre los dos es cuánto me va a costar entregarla.