Treinta y cuatro
Juno
Tres hombres en el pasillo, y los cuento antes de que el corazón me haya saltado un solo latido, porque contar es lo primero que hice, mucho antes de aprender a querer.
Son educados, y eso es lo más amenazador que tienen. Renzo no está; son tres a los que conozco y que me han traído café, y uno dice:
—Señorita Keller, va a venir con nosotros. Hay preguntas. —Ni una mano encima, ni un arma desenfundada, solo tres cuerpos que llenan la única puerta, y sé que en esta casa la educación solo significa que la decisión sobre mí ya está tomada en otro sitio.
Matteo está a mi lado, todavía con el teléfono en la mano, y lo veo pelear, veo la palabra «alto» atascada en su garganta, y lo veo tragársela, porque sabe lo que sé yo: una palabra suya y cae conmigo.
Le quito la decisión de encima. Hago lo que haría una buena empleada que no tiene nada que esconder.
Asiento, tranquila, desconcertada, y digo:
—Por supuesto. —Y me voy pasillo abajo con los tres hombres, por delante de Matteo, sin mirarlo, porque mirarlo nos delataría a los dos.
En el ascensor, entre los tres hombres, empiezo a calcular, más rápido que en toda mi vida.
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No me llevan a la oficina. Me llevan al almacén de Bridgeport, el reformado, el de los azulejos blancos, donde sé que pasan cosas a las que no sobrevive nadie, y me sientan en una sala con una silla y una mesa y me dejan sola, y dejarme sola es parte de esto, lo sé, es para ablandarme.
La sala huele a lejía y a hormigón frío, y por debajo de la lejía, muy flojo, a algo más viejo que la lejía tiene que tapar y no tapa nunca del todo.
Los azulejos llegan hasta el techo, blancos e impecables, con un desagüe en el centro del suelo, y no necesito que nadie me explique el desagüe.
Un solo fluorescente zumba encima de mí, un tono tan fino que solo se oye cuando todo lo demás calla, y aquí todo lo demás calla.
La silla que tengo debajo es de metal, fría a través de la tela del pantalón, con las patas desiguales sobre el suelo, así que baila en cuanto me muevo.
También eso es a propósito. En una sala donde nada está quieto, tampoco se queda quieta la persona.
No me ablanda. Me da tiempo, y el tiempo es todo lo que necesita una timadora.
Conozco estas salas. Esta no, pero sí a sus hermanas, en una docena de ciudades, los cuartos traseros y los sótanos y los almacenes reformados donde hombres como estos hacen preguntas que no tienen respuestas correctas, solo respuestas sobrevividas y no sobrevividas.
Auggie me preparó para esto cuando yo tenía doce años.
Me encerró en un armario a oscuras y dijo: Ahora sal, pequeña, y si lloras te dejo ahí dentro.
No lloré. Estudié la cerradura hasta que la entendí, y salí, y él me sonrió como si acabara de aprender a andar.
Así estoy hecha. Salir de habitaciones de las que no se debe salir no es una capacidad mía. Es lo que soy.
Recorro la sala sin levantarme, solo con los ojos, como me enseñó Auggie.
Una ventana, con reja, pero la reja es vieja.
Una puerta, vigilada. Una segunda puerta, una ventilación, un conducto por el que cabría una persona delgada.
Llevo tres años saliendo de sitios peores. También podría salir de este.
Y lo tendría todo. Esa es la ironía amarga que solo ahora veo entera.
Tengo la prueba contra Sarti, tengo el número de la caja de seguridad, tengo la palanca de Auggie casi en la mano.
Si huyo, me lo llevo todo. Podría acabar con el Notario desde fuera, en el anonimato, con paciencia, con su propio papel, tal como lo tenía planeado antes de cometer el error de querer una cara.
Huir significa: vengar a Auggie, sobrevivir, ganar.
Todo aquello para lo que Auggie me construyó.
Veo el camino delante de mí, claro como un asiento contable.
Por la ventilación, tres minutos. Por el tejado del edificio de al lado, que medí el primer día, porque mido todos los edificios.
Un coche que dejé aparcado en Cicero, a un nombre que no conoce nadie.
Una mujer nueva en una bolsa dentro del maletero: papeles, tinte, una persona entera lista para ponérsela.
En seis horas estaría al otro lado de la frontera del estado, en dos días en una ciudad en la que no ha existido nunca ninguna Juno, con un nombre que todavía huele a tinta de imprenta.
Construí esta salida antes de ver a Matteo por primera vez, porque siempre construyo una salida; es lo primero que hago en cada sitio nuevo.
El camino está ahí. Funciona. Solo tendría que levantarme.
Quedarme significa morir. Así de sencillo.
Si me quedo, la trampa de Sarti me cuelga, y no va a salvarme nadie, y menos que nadie Matteo, que no puede salvarme sin destruirse a sí mismo.
Quedarme es la decisión más tonta que puede tomar una persona en mi situación, y Auggie me estaría gritando que me metiera por la ventilación, ya, antes de que a la razón la desautorice el corazón.
Y el corazón, y esto casi no me atrevo a admitírmelo, no es en absoluto el problema que yo creía.
Siempre tuve el corazón por la debilidad que te mata, el punto blando por el que te agarra el mundo.
Pero ahora mismo el corazón grita lo mismo que la razón.
Corre. Sobrevive. Lo dicen los dos. Lo que me retiene en esta silla es una tercera cosa, algo para lo que no tengo palabra, que no es ni cabeza ni sentimiento, sino una especie de lealtad que nunca tuve y que no debería tener, una negativa a ser la persona que le abre a otro justo la herida que lo hizo como es.
Estoy sentada en la silla, en la sala fría de los azulejos blancos, y noto la corriente de la ventilación en el tobillo, fina y constante, el camino de salida, la vida, y no me muevo.
Tengo los dedos planos sobre el metal frío de la mesa, tranquilos, como me enseñó Auggie, y los miro, estos dedos tranquilos que han abierto una docena de cerraduras y han robado a una docena de hombres, y les ordeno quedarse quietos aunque cada tendón que hay en ellos tira hacia la ventilación.
Porque hay algo más, algo que no aparecía en ninguna de las cuentas de Auggie.
Si huyo, Matteo vive, sí. Pero vive como el hombre cuya familia tuvo una espía en su cama, al que mintieron y robaron, que le entregó el corazón a una mujer que desapareció de noche por una ventilación y no miró atrás ni una vez.
Le haría lo mismo que le hizo Tommaso. Volvería a abrirle la herida que lo hizo como es, más honda, y esta vez sería yo.
El hombre que me creyó sin una sola prueba, contra todas las pruebas, el que esta noche me ha puesto la vida entre las manos, acabaría teniendo razón en todo lo que se ha prohibido sentir en su vida: que la confianza es un error de cálculo y la cercanía la puerta por la que entra la traición.
No es noble, lo que hago. No quiero que suene noble, porque la nobleza es una mentira con la que la gente se adorna la estupidez.
Es sencillamente lo único que puedo soportar.
Puedo morirme; aprendí a soportarlo hace mucho.
No puedo ser la prueba de que Matteo tenía razón, toda su vida, de que no hay que fiarse de nadie.
Prefiero morir como la mujer que lo quiso y se quedó, a seguir viviendo como la que lo dejó y le dio la razón.
Auggie me enseñó todo. Nunca me enseñó qué se hace cuando la jugada limpia es la que destruye a una persona a la que quieres. Se pasó la vida entera esperando, de ciudad en ciudad, de piel en piel, y al final se murió solo. Yo no quiero morirme así.
La ventilación respira su aliento frío dentro de la sala, y ya no lo noto como una tentación, solo como un hecho.
La puerta está vigilada. En algún sitio de esta casa Cesare Lombardi está decidiendo ahora mismo sobre mi vida, y en algún sitio Matteo pelea por ella sin delatarse, y en algún sitio Gio Sarti sonríe y le lleva algo a su hija.
Tres destinos, en tres sitios, y los tres se juntan dentro de mí, en esta silla. Estoy cansada de fingir que todavía puedo cambiar la cuenta.
Y entonces pasa algo que no me pasaba desde hace tres años.
Mi corazón, al que Auggie adiestró hasta convertirlo en una herramienta tranquila que no se acelera cuando debería acelerarse, empieza a latir, más rápido, fuerte contra las costillas.
No por miedo a morirme. A morirme ya no le tengo miedo, eso lo dejé a un lado hace mucho.
Late por otra cosa, algo vivo que yo daba por muerto, y me pongo la mano plana en el pecho, encima del corazón que late, y lo noto contra la palma, y por un momento casi lloro, por primera vez en años.
Precisamente aquí, en una sala en la que voy a morir, vuelvo a sentir que estoy viva.
Cierro los ojos. Y tomo la decisión que no tomaría ninguna timadora.