Cuentas negras Veintisiete
55%

Veintisiete

Matteo

Gio se me adelanta, viene a verme antes de que yo vaya a por él, y solo eso tendría que haberme puesto en guardia.

Llevo semanas observándolo, con cuidado, con paciencia, cerrando la red despacio, y estoy tan seguro de que no se da cuenta de nada como lo estuve con Tommaso.

Ya de noche llama a la puerta de mi despacho, con las gafas empañadas por la nieve de fuera, una carpeta bajo el brazo, y en la cara lleva la expresión de un hombre que arrastra algo pesado y por fin tiene que soltarlo.

—Matteo —dice—. Tengo que hablar contigo. De la mujer.

Se me cierra el estómago, y no dejo que se me note en la cara.

—Siéntate, Gio.

Lo leo entero mientras se sienta, y encuentro lo que encuentro siempre: un hombre cansado y decente que carga con un peso.

Ni un parpadeo, ni doble fondo, ninguna de las mil gotas pequeñas por las que reconozco a un mentiroso.

Pero eso ya no demuestra nada, desde que sé que mi don solo vale mientras el otro no sea mejor que yo.

Deja la carpeta sobre la mesa, no la abre enseguida, cruza las manos encima como si necesitara un momento de valor.

—He encontrado algo —dice—. No quería. Me cae bien, es buena, pero llevo treinta años con los libros y reconozco un patrón cuando lo veo.

He revisado sus accesos. Lo que mira cuando cree que no la ve nadie.

No son nuestras fugas, Matteo. Son nuestras heridas.

No está buscando al ladrón. Está buscando por dónde somos vulnerables, igual que el que nos está robando el mapa. Creo que trabaja para Marchetti.

Lo despliega delante de mí, hoja a hoja, y es bueno.

Es tan bueno que se me hiela la sangre. Los accesos de Joan Keller, registrados con limpieza.

Cuentas que abrió sin que su trabajo lo pidiera.

Las partidas viejas y cerradas, los papeles de la fundación, los nombres.

Desde donde mira Gio, todo eso compone una imagen, y la imagen es la de una espía que cartografía el Outfit desde dentro, para alguien de fuera.

Cada hoja es cierta, una por una. Lo sé porque yo he visto esos mismos accesos, en las horas más negras, antes de espantarlos con una sonrisa.

Y mientras paso las hojas me sube el segundo pensamiento, más frío que el primero, y no lo aparto.

¿Por qué ahora? ¿Por qué me trae Gio esto justo en la semana en que mi atención empieza a girar hacia él?

Un hombre culpable que nota cómo se le cierran los libros alrededor hace justo eso: me pone otro nombre sobre la mesa.

Si Gio es el que mete la mano, esta carpeta no es preocupación.

Es una jugada. La jugada de Marchetti, por la mano de Gio, apuntada a mi herida más honda: la desconfianza, el miedo a estar ciego otra vez.

O Gio es inocente y tiene razón, y la que me entierra es Juno.

—Deja aquí la carpeta —digo, y la voz me sale tranquila, porque siempre me sale tranquila—. Has hecho bien. No se lo digas a nadie. Yo me ocupo.

Observo lo que le hacen mis palabras. Si es culpable, ya tiene lo que quería. Si es inocente, ha cumplido con un deber pesado. Las dos cosas se verían igual: un alivio mínimo, escondido deprisa. Veo el alivio. Y me dice, como todo este invierno, exactamente nada.

Se va, y yo me quedo sentado con la carpeta en el despacho a oscuras, y fuera la nieve va tapando la ventana.

---

A las dos de la madrugada, esa misma noche, mi maquinaria encuentra el punto de entrega, y detrás del punto de entrega está quién es ella en realidad.

No es mucho. Nunca es mucho, con una leyenda de esta calidad.

Pero basta. Una foto de hace quince años, de un periódico local de Oklahoma, un mercadillo benéfico, y al fondo un hombre de cara estrecha con arrugas de tanto reír, anotado con tres nombres distintos en mis otros expedientes, un timador de la vieja escuela, desaparecido hace tres años.

A su lado, una cría de catorce, quizá, que mira a la cámara como si ya estuviera planeando robarla.

Reconocería esa cara entre mil. La he visto dormida, a tres pasos de mí.

Miro largo rato a la cría. Catorce años, delgada, la barbilla ya entonces un punto demasiado alta para una niña en un mercadillo, y en los ojos esa cosa despierta y tasadora que sabe demasiado para su edad.

Busco en la cría a la mujer que duerme a mi lado.

La encuentro enseguida. No en los rasgos.

En la mirada. En algún punto entre ese mercadillo y mi cama perdió al hombre de las arrugas de tanto reír y se arrastró de un extremo a otro del país, por una docena de nombres, hasta mis libros.

Pongo el índice en el borde de la foto, junto a su hombro de catorce años, y me quedo así más tiempo del que debería un hombre que calcula.

El hombre del puchero, el que le hablaba al agua de la pasta.

El hombre que le enseñó todo. No es contable ni es espía.

Es la hija que crio un timador, criada dentro del engaño, y ha entrado en mi casa con uno de sus muchos nombres a buscar algo que tiene que ver con un desaparecido y con nuestro dinero.

No es la historia de una agente. Es la historia de una mujer de luto.

Y sé mejor que nadie que, desde fuera, una mujer de luto y una espía hacen exactamente lo mismo, y que la diferencia no la puedo demostrar.

Solo verla. La veo. La veo con todo lo que soy.

La jugada limpia está ahí, a la vista. Llevarle la foto a Cesare, ponerla al lado de la carpeta de Gio, decir: mira, no es lo que dice ser. El Outfit sabe qué se hace con las mentirosas que tocan la caja. Sería la jugada del hombre que era yo antes de este invierno.

Me quedo mucho rato quieto, con la foto bajo la luz de la lámpara, y después hago lo otro.

No se lo digo a nadie. Guardo la foto con la carpeta de Gio, en el sitio donde están las cosas que pueden destruirme, y cierro con llave.

Las razones se cuentan con los dedos de una mano, y las cuento con honradez, también las que me avergüenzan.

La primera es el amor. No puedo entregar a la mujer con cuyo latido me he dormido; así de sencillo, así de miserable, así de cierto.

La segunda es más fría y me salva el orgullo: lo que ella busca en mis libros lleva al mismo hombre al que persigo yo.

Una mujer desenmascarada no vale nada. Una que no sabe que lo está escarba para mí, derecha hasta Marchetti, y a mí solo me toca estar a su lado y mirar.

Es una buena cuenta. Tiene un defecto: la hago para no tener que mirar la primera razón. Uso la estrategia como excusa para el sentimiento, igual que durante semanas he usado el sentimiento como excusa para no ver la estrategia.

Y esta noche hago otra cosa más, y es la más insensata de todas.

En el bolsillo interior llevo, doblada, la hoja con la llave de la capa más honda de la caja, la línea a la que no llegan ni siquiera los siete hombres con acceso total.

Todas las reglas del oficio dicen que su sitio es la caja fuerte, con doble vuelta, lejos de una mujer con una identidad construida.

La dejo donde está. Sigo llevándola encima, cada día, en cada hora que paso con ella, y sé perfectamente lo que estoy haciendo: me estoy poniendo a prueba.

No a ella. A mí. Mientras la hoja siga conmigo y yo no la compruebe, existe una versión del mundo en la que me fío de ella, y quiero habitar esa versión mientras pueda.

No voy a mirar si alguna vez la han movido.

Un hombre que mira quiere saber. Yo quiero creer.

Sé que un día una de las dos me pasará factura, la hoja o la fe, o las dos.

---

Cuando cierro, fuera la nieve ha tapado los patios, y me quedo todavía un momento en la ventana de mi despacho a oscuras.

Ella juega conmigo. Esta noche he decidido jugar yo con ella, y ninguno de los dos sabe que el otro lo sabe.

En algún momento uno encontrará lo que busca, o Marchetti tirará del hilo que lo hace saltar todo, y entonces estaremos el uno frente al otro, cada uno con lo que sabe como con un arma cargada, y tendremos que decidir si disparamos.

No sé qué haré ese día. Después de dos años, por fin vuelvo a no saber cómo termina mi propia historia.

La pantalla del móvil se ilumina sobre la mesa.

Una línea de Dell'Oro: La Banque du Nord ha pedido documentación del puerto.

Con carácter provisional. Ya te digo algo.

Marchetti mueve una carta en algún sitio, detrás del horizonte, con la paciencia con que lo mueve todo.

Debería despertar a mi hermano. Debería ponerme a calcular.

Contesto: Mañana por la mañana. Guárdatelo. Después dejo el móvil boca abajo sobre la mesa, un gesto infantil que no cambia nada y que aun así me gana una noche, y pienso en que en una sola noche he aprendido cuántas cosas puede poner un hombre boca abajo.

Me pongo el abrigo, con la hoja doblada en el bolsillo interior, y me voy a casa, con ella.